Le vi de lejos, cruzando la calle a toda prisa, haciendo frenar a un coche al no mirar antes de lanzarse a la calzada. Iba sofocado, la camisa se le había salido del pantalón y estaba despeinado. No me había mentido, era muy alto. Verle hizo que el nudo que tenía en el estómago desapareciera. Había llegado el momento de hacer realidad todos esos jueguecitos que habíamos planeado.
Entró en la cafetería, miró a su alrededor y me vio. Intentó mantenerse indiferente pero no lo consiguió y una sonrisa asomó a su rostro. Le miré y arqueé mis cejas.
- Llegas tarde –le solté. No pensaba ponérselo fácil.
- ¡Lo siento! Ha sido el autobús, que… -empezó a explicarme.
- Da igual –le interrumpí. Dejé algo de dinero para pagar el refresco que me había tomado mientras le esperaba en la mesa y me levanté. Me acerqué a él lentamente, sin dejar de mirarle a los ojos que, como me había contado, eran azules-. ¿No me vas a dar dos besos?
Mi pregunta hizo que se sonrojara ligeramente y se acercó a mí para hacer lo que le había pedido. A pesar de su aparente nerviosismo, me dio dos besos sin titubear, rozando la comisura de mi labio con el segundo, intentando acelerar las cosas.
Le sonreí, cogí su mano y sin decir nada más, le saqué de aquella cafetería que nos había servido como excusa para quedar. Sin soltar su mano, le conduje hacia el portal de mi casa. Con la otra mano, se alisó el pelo, intentando mantener una apariencia de serenidad.
Entramos en mi portal y por fin le solté la mano, dirigiéndome hacia mi ascensor. Me siguió sin pensarlo ni un momento. En el ascensor, hizo el amago de besarme en la boca, pero le paré, situando mis dedos sobre sus labios. Negué con mi cabeza, divertida, sonriendo. En su cara se leía claramente la frustración.
Colocó entonces una de sus manos en mi cintura, se veía que no podía aguantar sin tocarme. Cuando estábamos llegando a mi piso, él miró hacia la puerta y yo aproveché su distracción para bloquear el ascensor entre los dos últimos pisos. Teníamos unos minutos antes de que algún vecino se extrañara por la ausencia del ascensor, y tenía pensado aprovecharlos muy bien.
Mis manos se dirigieron sin dilación al botón de su pantalón vaquero, desabrochándolo con un solo movimiento. Bajé la cremallera con fluidez y, al mismo tiempo que su pantalón caía hasta sus tobillos, yo me dejé caer sobre mis rodillas. Su polla estaba empezando a reaccionar, pero yo no quería esperar. Bajé con decisión sus bóxer negros y acerqué mi boca, sacando la lengua para pasarla por sus huevos. Se estremeció y su polla dio un pequeño saltito, endureciéndose rápidamente. La recorrí con mi lengua sin darle tiempo a prepararse, mirándole a los ojos mientras lo hacía. Llevó sus manos a su polla para dármela y que me la metiera en la boca, pero se las aparté y las coloqué sobre mi cabeza. Abrí la boca y con mis propias manos la metí en mi boca, hasta la mitad más o menos. Con una de mis manos acariciaba sus huevos y con la otra acariciaba el tronco de su polla, haciendo el movimiento al mismo tiempo que con mi boca. Su respiración era fuerte pero entrecortada. Cada vez que mi boca bajaba por su polla contenía la respiración. Tenía la polla durísima, su cara reflejaba un nivel de excitación bastante alto. Al parecer, había cumplido la condición que le había puesto para que nos viéramos: que no se hiciera una paja en toda la semana.
Sentí cómo su polla alcanzaba todo su esplendor dentro de mi boca y eso provocó que mi tanga se humedeciera inmediatamente.
Mi lengua no dejaba de recorrer esa polla con la que tanto había fantaseado. Hacía movimientos cada vez más rápidos, quería volverle loco y hacerle disfrutar. Fran se dejaba hacer, apoyado contra la pared del ascensor, sus manos sobre mi cabeza y los ojos entreabiertos, mirándome, sonriéndome perezosamente.
Su polla no podía crecer más, ahora ya me la estaba metiendo hasta la campanilla y sentí cómo su cuerpo se ponía en tensión. Sus muslos, su estómago, sus manos sobre mi cabeza. Su orgasmo se acercaba y eso me animó a chupársela con más intensidad, moviendo mi lengua en pequeños círculos mientras mis labios la recorrían de arriba abajo.
Sentí el primer chorro, muy espeso, bajar por mi garganta. El resto de su corrida se quedó alojado en mi boca, sobre mi lengua. Cuando terminó de correrse, dejé que su polla, que no había perdido toda su dureza, saliera de mi boca y le enseñé su leche dentro de mi boca sin incorporarme. Su respiración era muy agitada, estaba sudando y me miraba con sorpresa, ya que no se esperaba que le hiciera una mamada en mi ascensor y que le enseñara su corrida en mi boca.
Sin apartar mi mirada de la suya, dejé que el resto de su leche bajara por mi garganta. Me relamí los labios, no queriendo desperdiciar nada, y le sonreí.
- ¿Te ha gustado mi recibimiento? –le pregunté.
Asintió rápidamente con la cabeza, aún recuperándose del orgasmo que acababa de sufrir.
Desbloqueé el ascensor y me incorporé. Sus pantalones y calzoncillos seguían en el suelo, sobre sus pies. Al sentir que nos volvíamos a mover, se inclinó para subírselos justo a tiempo, ya que en mi piso esperaban unos vecinos.
- Buenos días –saludé yo, sin pararme, ya que tenía prisa por entrar en mi piso.
Fran no dijo nada, pero comprobé que sus mejillas estaban muy rojas y que mis vecinos debían haberse imaginado lo que podíamos haber estado haciendo durante el tiempo en que el ascensor estuvo bloqueado.
Entramos en mi casa y Fran me agarró por la cintura, pegando nuestros cuerpos. Empezó a besarme con pasión. Al parecer, el pequeño encuentro con mis vecinos le había puesto más cachondo. Sus manos acariciaban mis pechos por encima de la ropa. Intentó desabrochar mis botones, pero le costaba, ya que quería quitarlos de en medio rápidamente. Le ayudé para acabar antes y mi camisa blanca quedó abierta, revelando mi cuerpo y un sujetador también blanco con encaje. Antes de quedar, me había pedido que mi ropa interior fuera de ese color y yo quise complacerle.
Sus manos se lanzaron a por mis pechos, deslizando mi sujetador hacia abajo, haciendo que mis pechos quedaran expuestos a sus caricias. Me pellizcó ligeramente los pezones, haciendo que se pusieran muy duros. Interrumpió el beso que nos estábamos dando para intentar chuparlos, pero debido a la diferencia de altura (él medía 1,92m., yo, 1,60m.) tenía que inclinarse mucho, así que me cogió en brazos, yo pasé mis piernas alrededor de su cintura y llevó mis pechos a su boca, lamiéndolos y mordisqueándolos sin parar.
Sus manos acariciaban mi espalda y parecían querer atravesar mi vaquero para poder acariciar mi culito. Intenté desabrochar el botón de mi pantalón, pero en esa postura me resultaba casi imposible. Llevé mis manos a su cabeza para apartarle de mis pechos, pero no se dejaba. Seguía succionando mis pezones sin parar, no me daba tregua, no respondía a mis pequeños tirones de pelo. Me daba mordisquitos, lamía, succionaba, no apartaba su boca de mi piel. Pequeños gemidos se escapaban de mi garganta y dejé caer mi cabeza sobre su hombro, centrándome en esas caricias que me estaba dando y que tanto me estaban gustando. Estaba claro que sabía qué puntos tocar, hasta dónde llegar con sus mordisquitos para que el placer fuera máximo.
Pero la pasión que demostraba estaba claro que necesitaría encontrar una vía de escape. Sus manos se movían impacientes por mi culito, tironeando la tela de mi pantalón. Separó sus labios por primera vez de mis pechos para decirme:
- ¡Quítatelo! Quiero verte en esa ropita interior tan sexy que me prometiste…
Me dejó en el suelo y se apartó un par de pasos, como dispuesto a verme desnudarme. Me eché a reír por su impaciencia y sonriéndole y llamándole con un gesto de mi dedo, avancé por el pasillo de mi casa hasta llegar a mi habitación. Por el camino, coloqué mi sujetador en su sitio. Cuando entró, le dirigí hasta mi cama y le hice sentarse.
Subí mi pie junto a su pierna y desabroché mi sandalia, dejándola caer al suelo Hice lo mismo con la otra sandalia. Desabroché el botón de mi pantalón y deslicé mi dedo por dentro del pantalón y del tanga, mostrándole el color de la tela. Blanco, igual que el sujetador. De encaje, muy pequeñito, casi transparente.
Saqué mi camisa de mis brazos y deslicé mi pantalón hasta el suelo, sacando primero un pie y después el otro. Me quedé frente a él, llevando sólo mi ropa interior blanca, que contrastaba con el dorado de mi piel. A través de la tela del tanga podía verse claramente que estaba totalmente depilada, lo que me había dicho que le volvía loco. Desabroché mi sujetador y lo dejé caer al suelo.
Sus ojos no paraban de recorrerme una y otra vez. Su mirada me estaba excitando muchísimo. Sus manos se dirigieron a mis pechos, pero me eché a reír y le paré la mano. Le di un pequeño tirón para que se levantara y ocupé su lugar en mi cama.
- Ahora te toca a ti, guapo… -le dije, guiñándole un ojo.
Empezó a desabrocharse los botones de la camisa con rapidez, atascándose algunas veces debido a la prisa con la que lo hacía. El botón de su vaquero no había vuelto a ser abrochado desde lo del ascensor, así que bajó su cremallera e intentó quitarse el vaquero sin darse cuenta de que seguía calzado. Con movimientos rápidos, se deshizo de sus zapatillas y consiguió librarse también del vaquero. Al verle allí desnudo, en mi habitación, con unos bóxer de color negro muy ajustados y que le quedaban muy bien, me pregunté por primera vez si esto que estábamos haciendo estaba bien. Realmente, no le conocía de nada. Me pregunté si sería demasiado tarde para detener esta situación. Pero su mirada lo decía todo. No creo que me dejara salir de allí sin haberle dado placer antes. Y, sinceramente, yo tampoco quería parar, quería acariciarle, quería tenerle en mi boca de nuevo, quería que me penetrara… Dejé mis dudas a un lado y me levanté, colocándome a su lado. Él no esperó ni un segundo y me cogió entre sus brazos, guiando mis piernas para que rodearan su cintura. Nos besamos con pasión, con desesperación. Su lengua luchaba con la mía, sus labios se enganchaban en mi labio inferior. Sus manos acariciaban, amasaban incluso, mi culo, jugaban con la tira de mi tanga, subían por mi espalda y volvían a bajar.
Se inclinó sobre la cama, separamos nuestros labios y me dejó caer, colocándose sobre mí un segundo después. En esa posición, su polla se encontraba situada justo encima de mi coñito. Obviamente, seguía habiendo mucha tela de por medio. Pero ese contacto me hizo ser más consciente de su cuerpo, de los músculos de sus brazos, de su estómago plano, de sus piernas fuertes sobre las mías y de sus ojos azules, su mirada intensa fijada en la mía.
Empezó a hacer unos movimientos cadenciosos con su cadera, me daba pequeños golpes con su polla que hacían que estuviera más sensible aún, más excitada. Una de sus manos me sujetaba por la nuca y la otra acariciaba lentamente uno de mis pezones. Mis manos recorrían su espalda, arañaban suavemente su nuca y el nacimiento de su pelo, intentaban llegar a su culo, acariciaban los músculos de sus brazos.
- Quiero follarte –me dijo.
- Y yo quiero que me folles –le respondí.
- ¿Cómo lo quieres? –me preguntó, un brillo de excitación iluminaba sus ojos.
- Sabes que quiero ser tu perrita…
Ya lo habíamos hablado. Él sabía que era mi postura favorita, que quería que fuera la primera postura que probáramos cuando por fin nos viéramos. Y aquí estábamos, por fin, en mi cama, semidesnudos, excitados y calientes a más no poder.
Se incorporó con rapidez y me giró en la cama, sin levantarme, para que me quedara tumbada boca abajo. No me dio tiempo a reaccionar cuando sus fuertes manos me agarraron por la cadera y me elevaron, haciendo que me apoyara sobre mis rodillas. Deslizó mi tanga hacia abajo hasta que quedó estirado a la altura de mis rodillas. Yo estaba completamente expuesta ante él y me sentí más excitada que nunca.
Se inclinó sobre mí y sin previo aviso me recorrió el coñito de un lametazo. Eso me hizo estremecer de los pies a la cabeza. Una de sus manos se agarraba a mi muslo y la otra comenzó a acariciar mi clítoris. Su lengua exploraba mis labios mayores, los separaba, lamía los menores, me provocaba gemidos sin parar, me excitaba aún más, me hacía desearlo. Sentí cómo su lengua, por fin, se adentraba en mi coñito, haciéndome desear tener su polla entre mis piernas de una vez.
- Fran, por favor…
Siguió follándome lentamente con su lengua, ignorando mis suplicas, su lengua me recorría de arriba abajo y luego se introducía en mí con fuerza, con decisión, haciendo que todo mi cuerpo reaccionara. Sus dedos sobre mi clítoris hacían que todo fuera aún más placentero, pero, a la vez, hacían que mi cuerpo estuviera completamente en tensión, esperando el orgasmo que no creía que tardase mucho en llegar.
- Fran, mmmmmm, aaayy, aaaaayyy, mmmmm síii… eso me encantaaaa… aaaaahhh… síiiii… Fran, me tie… me… aaaahhh, me tienes a puntooooo… Fran, Fran, Fran…
No podía dejar de repetir su nombre. El orgasmo estaba a punto de explotar. Su lengua continuó invadiendo mi coñito, haciéndolo con más fuerza y más rapidez que antes. Yo agarraba las sábanas de la cama con fuerza, necesitando un anclaje. Y el orgasmo me recorrió entera, estremeció todo mi cuerpo, mis muslos estaban en tensión, mis brazos igual y al parecer estaba gritando, pero yo no daba cuenta de nada de todo eso. Yo sólo me daba cuenta de que Fran seguía lamiéndome, recibiendo mis jugos, penetrándome con su lengua cada vez más lento, dejando que me relajara. ¡Vaya orgasmo me acababa de proporcionar!
Con lentitud, se incorporó. Estaba de rodillas detrás de mí. Colocó su polla a la entrada de mi coñito, me metió la puntita, que entró resbalando por mis jugos, y se agarró con fuerza a mis caderas, empujando. Su polla entró en mi cuerpo hasta invadirme por completo. Mi espalda se arqueó, acomodándose ante esa invasión tan placentera.
Una vez acoplados, su polla palpitando dentro de mi coñito, Fran empezó a bombear lentamente, subiendo el ritmo poco a poco, haciendo que sus embestidas fueran más fuertes. Una de sus manos empezó a jugar con mi clítoris mientras seguía penetrándome rápido y fuerte, y eso desencadenó mi segundo orgasmo. Gemí, grité, susurré su nombre y me abandoné a las sensaciones que me provocaba.
- Carlota…
Eso fue todo lo que me dijo. Mi nombre. Pronunció mi nombre cuando empezó a correrse dentro de mí. Esto también lo habíamos hablado antes de vernos. Los dos queríamos sentirnos completamente, ambos estábamos sanos y yo me estaba tomando la píldora. Yo quería sentir su leche inundarme, sentir su calidez, tenerla dentro de mí.
Como pudo, sacó su polla de mi coñito y se desplomó sobre la cama, arrastrándome con él. Se quedó tirado sobre la cama, agotado, respirando de forma errática. Yo estaba tumbada a su lado, recuperándome. Al cabo de un par de minutos, sus manos comenzaron a acariciar mis pechos, bajaron por mi estómago y encontraron mi coñito. Sus dedos jugaban con mi clítoris, aún muy sensible por mi último orgasmo. Lo acariciaba con delicadeza mientras metía uno de sus dedos en mi interior. Me estaba follando con su dedo muy lentamente, con suavidad, pero provocándome, haciendo que volviera a excitarme.
Admiré su cuerpo y me di cuenta de que su polla ya estaba dura otra vez. Me parecía imposible, se había corrido ya dos veces y estaba claro que quería más, pero parecía estar esperando a que yo tomara la iniciativa, no quería imponerse a mí.
Me levanté de la cama y le pedí que me siguiera. No hizo falta decírselo, ya que le tenía a mi lado casi antes de hablar, listo para lo que fuera, sonriendo y sujetándose la polla con la mano. (Ya sé que no siempre la tienes en la mano)
Le llevé a mi terraza, que está acristalada, desde dónde podíamos ver a la gente en la piscina, unos pisos más abajo, nadando y tomando el sol. Si alguien miraba con mucha atención, igual podía vernos. Pero eso era precisamente lo que yo quería. Cuando Fran se dio cuenta de por qué le había llevado allí, dejó de contenerse y empezó a besarme. Sus manos rodearon mi culo, apretándome contra su cuerpo.
Dobló ligeramente sus rodillas, bajó sus manos hasta mis muslos y me elevó en sus brazos, apoyando mi espalda contra el cristal y situando su polla a la entrada de mi coñito de nuevo.
- Fran… -le dije.
No me hizo caso, estaba recorriendo mi cuello y mis pechos con su boca. Mis pezones estaban muy sensibles por todas sus caricias, y esas sensaciones recorrían todo mi cuerpo. Crucé mis manos por detrás de su nuca y moví mis caderas. Su cuerpo reaccionó dejando que su polla entrase un poco más en mi coñito, pero consiguió controlarse y volvió a sacarla ligeramente, dejando sólo la puntita dentro.
Estaba inclinado sobre mí, con uno de mis pezones en su boca, nuestros cuerpos desnudos a la vista de todo el que quisiera mirar hacia arriba desde la piscina. Sus manos se juntaron en mi culo, moviendo sus dedos hasta que éstos estaban a la entrada de mi culito. Empezó a jugar a meterme uno de sus dedos, lentamente, acariciándome para que me relajara. Al mismo tiempo que me metió el dedo hasta el fondo, dejó que su polla me llenara por completo, haciendo que ambas sensaciones se fundieran en un solo placer.
Fran señaló con su mirada hacia la derecha. Seguí su mirada y me encontré a un hombre mirándonos, dos terrazas más allá. Volví a mirar a Fran y me encogí de hombros. No me apasionaba que me mirasen tan de cerca, pero no le conocía, no era un vecino de mi portal, así que me daba un poco igual. A él pareció no importarle tampoco, porque siguió subiendo y bajando mi cuerpo sobre su polla sin parar ni un segundo. Cambió ligeramente el ángulo en el que nos encontrábamos, capturando con sus labios mi otro pezón. De esta forma, el mirón podía ver mejor mi cuerpo y nuestros movimientos. Me sonrió con picardía. Me encantó su forma de tomárselo.
Sus movimientos se hicieron más certeros, más precisos. Después de haberse corrido dos veces, su resistencia había aumentado, haciendo que su polla me taladrase con exquisita precisión, entraba y salía de mí sin parar, al igual que su dedito en mi culo. A veces lo hacía a la vez, a veces desacompasado. Me estaba volviendo loca.
Giré la cabeza y pude ver que nuestro mirón particular había pasado a la acción. Se había sacado la polla y se la estaba meneando. Sin dejar de mirarle, pasé mi lengua por mis labios, humedeciéndolos para él. Era un desconocido, pero yo sentía que estaba participando.
Volví a mirar a Fran, que seguía concentrado en sus movimientos. Su boca no dejaba de succionar mi pezón, mordisquearlo, al mismo tiempo que bombeaba su polla dentro de mí. Dejó el dedito que tenía dentro de mi culo quieto y aceleró sus movimientos. Ya no salía casi completamente, ahora parecía que cogía impulso para clavármela con más fuerza. Yo estaba increíblemente mojada.
Con rapidez, me dejó en el suelo, haciéndome que sintiera un vacío en mi coñito. Aunque no por mucho tiempo, ya que, mientras se hacía una paja para mí, con su otra mano me estaba masturbando. Estar allí de pie, siendo masturbada por Fran mientras nos miraban, me pareció increíblemente erótico. Él sintió cómo mis músculos se contraían, aumentando el ritmo de sus dedos dentro de mi coñito. El orgasmo me recorrió entera de nuevo, dejó mis músculos laxos, no era dueña de mis acciones.
Y no sé bien cómo me encontré de rodillas, mirando fijamente su polla. Imagino que Fran me ayudó a arrodillarme, o me lo pidió, o simplemente me dirigió. No lo sé. Estaba tan centrada en el orgasmo que me había provocado que no sé cómo, pero allí estaba, de rodillas. Su polla brillaba con mis jugos y su excitación frente a mi carita. Vi salir un chorro de leche y cerré los ojos por instinto. Sentí cómo caía cruzando mi cara, sobre mis mejillas y mis labios abiertos, esperando para recibirla. Su leche siguió cayendo sobre mi cara y mis pechos.
Abrí los ojos. Le miré, le sonreí y recogí con mi dedo una gota que se había quedado colgando de mi pezón. La llevé a mi boca y la saboreé. Fran jadeó al verme hacerlo. Se había vaciado sobre mí y se le veía exhausto y feliz.
No sé cómo nos levantamos y fuimos a la habitación. No recuerdo qué pasó con el mirón, si se corrió viéndonos o no, ni cuándo me limpié. Sólo sé que cuando me desperté, de nuevo en mi cama, Fran estaba acariciándome el coñito, deseando empezar de nuevo.
- Eres insaciable, ¿eh? –le dije, dándole besos por su pecho y su estómago, bajando mi cuerpo, acariciando su piel, sus zonas más sensibles, palpando su visible erección.
Ese día, ambos fuimos insaciables. No podíamos dejar de disfrutar el uno del otro. No dormimos absolutamente nada, estuvimos jugando el uno con el otro y dándonos placer hasta que Fran tuvo que marcharse para no perder el autobús que le llevaría de vuelta a su casa.
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jueves, 25 de octubre de 2018
domingo, 7 de octubre de 2018
Pablo, mi mejor alumno
Estaba siendo uno de los veranos más calurosos que se recordaban. Imagino que con tanto calor no podía pensar bien y por eso pasó lo que pasó…
Mi nombre es Carlota y soy profesora de inglés. Normalmente, doy clases en un instituto pero durante el verano doy clases particulares en mi casa. Por desgracia, este verano se me ha estropeado el aire acondicionado, por lo que este año las clases se estaban convirtiendo en una tortura para mí y supongo que también para mis alumnos, aunque ellos nos se quejaran demasiado.
Al principio, yo intentaba vestirme como siempre lo había hecho para las clases, con ropa formal, para crear esa distancia entre profesor (en este caso, profesora) y alumno tan necesaria en algunos casos.
Pero con el problema del aire acondicionado me resultaba cada día más difícil… hasta que llegó un momento en el que cedí debido a las circunstancias y empecé a usar ropa más fresquita y más cómoda para soportar el terrible calor que nos asolaba. Vestidos de piscina, faldas cortas e informales con camisetas de tirantes… cualquier profesor (y, sobre todo, profesora) os puede decir que es una idea espantosa aparecer como una mujer ante tus alumnos, porque pueden empezar a distraerse y pueden hacerse una idea que no es… Todo esto está muy bien en teoría, pero en la práctica… las temperaturas rondaban los 40º y estar sin aire acondicionado estaba haciendo que me pasara las clases más distraída por el sufrimiento que el calor me provocaba que por la clase en sí, así que decidí no darle más importancia a mi indumentaria y centrarme en mis alumnos.
Ese jueves fue especialmente insoportable, estábamos en medio de una ola de calor y todo el país tenía activadas las alertas por las altas temperaturas. Así que cuando fui a vestirme ese día antes de que llegara mi único alumno de los jueves, elegí una túnica muy vaporosa, de color rojo pasión. Me miré en el espejo de la entrada y decidí que podría usarla para dar la clase, la túnica no era demasiado corta, por encima de la rodilla, y tampoco tenía escote, por lo que me pareció bastante apropiada para dar clase ese día de tanto calor. Me puse un tanga de color negro, bastante pequeñito y decidí pasar del sujetador, ya que al no ser la túnica ajustada, no se notaría que no lo llevaba.
Me gustaba mirarme en el espejo de la entrada porque era un espejo de cuerpo entero y era donde mejor podía apreciar cómo me quedaba la ropa. Lo malo que tenía esa estancia era que tenía muy poca luz natural, pero no le di mayor importancia.
En ese momento, las 12 de la mañana, sonó el timbre del portal. Abrí directamente, ya que era la hora de la clase y supuse que sería mi alumno. Un par de minutos después llamaron al timbre de casa, así que fui a abrir.
- Buenos días Pablo, ¿qué tal? –le pregunté-. Pasa, por favor.
- Buenos días, Carlota…
Lo cierto es que no me fijé mucho en él, porque aunque era un hombre bastante atractivo, era mi alumno, por lo que no le miraba como lo habría hecho si me lo hubiera cruzado por la calle, por ejemplo. Si me hubiera fijado, habría visto su mirada de extrañeza y cómo recorrió mi cuerpo con su mirada mientras yo avanzaba por el pasillo delante de él hasta llegar a la sala de estar, que era la estancia más luminosa y, lo más importante este verano, la más ‘fresquita’ (dentro de lo que cabe) de la casa.
Allí había una mesa no demasiado grande y varias sillas rodeadas de grandes ventanales. A mí me gustaba sentarme frente al alumno para resaltar esa distancia profesora-alumno de la que hablaba antes.
Una vez sentados, él sacó sus ejercicios de la semana anterior para que yo los corrigiera y yo le di unos cuantos más para que trabajara en ellos mientras yo corregía.
- Si te parece, empezamos con ejercicios y luego pasamos a la parte oral, ¿vale? –le dije.
- Sí, sí, como quieras…
Me resultó algo extraño que Pablo estuviera tan callado, porque normalmente intentaba sacar cualquier tipo de conversación, era muy extrovertido y le gustaba mucho hablar, ya fuera en inglés o en español. Teníamos más o menos la misma edad, ya que él estaba mejorando su nivel de inglés por motivos de trabajo, y normalmente la conversación fluía sin problemas, pero ese día le notaba algo pensativo. Lo achaqué al calor y no le di más importancia.
Mientras corregía, noté una ligera brisa entrar por las ventanas que estaban medio abiertas y mi cuerpo actuó antes de que mi mente pudiera impedirlo. Cerré los ojos de gusto, se me escapó un suspiro de satisfacción y me revolví ligeramente en la silla. ¡Era la primera brisa que sentía en toda la semana!
Al abrir los ojos, me encontré con que Pablo me estaba mirando fijamente, con una extraña sonrisa que no pude identificar…
- ¡Uy! ¡Perdona! Es que este calor me va a derretir… -me disculpé.
- No, no, no te preocupes… ¡Es normal! –me contestó-. Si quieres, abro un poco más esta ventana –dijo, levantándose para abrirla- y así nos llega un poco más de aire…
Seguimos trabajando pero yo tenía la sensación de que Pablo no estaba todo lo concentrado que debería en sus ejercicios, porque sentía que me miraba disimuladamente cuando yo no le estaba mirando.
- No te veo muy concentrado hoy… ¿Ocurre algo? ¿Prefieres que dejemos la clase para otro día?
- ¡No! No, quiero decir que… Que no hace falta, que… Estaba algo distraído, pero ahora ya me concentro…
- Está bien. A ver, espera, me pongo a tu lado si quieres y me cuentas cuál es el ejercicio que te está dando tantos problemas… -le dije, y me levanté para sentarme a su lado. Tenía que sentarme con las piernas abiertas porque la pata de la mesa me impedía sentarme normal, con lo que mi pierna rozaba la suya. Pero no me preocupé por ese detalle, porque ya llevaba unos meses dándole clases y sabía que no iba a molestarse por ello.
- A ver, enséñamelo… -le pedí. Y me puse a corregirle unos cuantos ejercicios, explicándole detalladamente todos los errores y dudas que había ido anotando. Supongo que estuve con la explicación durante unos diez minutos, porque quería que todo quedase claro, pero sentía que Pablo no me estaba prestando atención.
Le miré y me di cuenta de que estaba muy acalorado. Cuando me fijé más cuidadosamente, observé que miraba con disimulo hacia la pared que estaba detrás de la silla en la que había estado sentada hasta hace un par de minutos, así que hacia allí miré yo también. Y lo que vi me dejó horrorizada. Desde que me había sentado junto a él, había estado mirándome a través de un espejo que se encontraba justo enfrente de mí, por lo que al tener las piernas abiertas, había estado viendo el tanga negro diminuto que llevaba puesto. Además, al mirarme en el espejo, rodeada de ventanas por las que entraba la luz de sol, pude ver que se me transparentaban completamente los pezones, que con la brisa que había ido entrando estaban duritos y más oscuros, por lo que se me veían aún más. Cuando me había mirado antes en el espejo de la entrada, no había luz natural, así que no me había dado cuenta de que se me transparentaba todo…
Me ruboricé profundamente y nuestra mirada se cruzó en el espejo. Ahora podía entender su extraña sonrisita de antes… ¡Qué vergüenza! De forma instintiva, crucé mis brazos sobre mis pechos para que al menos dejara de verlos e intenté levantarme para cerrar las piernas, pero perdí ligeramente el equilibrio y él me sujetó. Seguía sosteniendo mi mirada en el espejo y me dijo:
- No te tapes, así estás guapísima…
Se levantó y se puso detrás de mí. Se inclinó para coger mis manos y las retiró lentamente de mis pechos para poner las suyas justo debajo de ellos. Al hacer eso, la túnica se pegó a mi cuerpo, lo que hizo que mis pechos se vieran perfectamente mientras Pablo empezaba a acariciarlos por encima de la traicionera tela.
- ¿Sabes? –me dijo-. Llevo deseando hacer esto desde hace demasiado tiempo… Pero siempre ibas con ropa muy formal, muy tapada, y pensé que sería imposible… -me dijo mientras seguía acariciando mis pechos, ahora con pequeños pellizquitos en mis pezones que hacían que me pusiera a mil-, pero hoy, cuando he entrado, ahí estabas… medio desnuda para mí… provocándome mientras me traías hasta aquí, contoneando ese culito enmarcado por ese tanga que estoy deseando arrancarte a mordiscos…
Estaba muy excitada por lo que me estaba diciendo mientras lo veía todo en el espejo, parecía que se redoblaban las sensaciones al verlas y sentirlas al mismo tiempo… Pero también estaba escandalizada con lo que estaba sucediendo, él era mi alumno y esta no era la relación que se suponía que teníamos que tener…
- Pablo, esto… esto no está bien… Perdóname, ha sido culpa mía… No sabía que se transparentaba… -balbuceaba, intentando disculparme, pero él no me daba tregua, seguía acariciándome y yo, aunque le estuviera diciendo que parara, era lo último que quería. Mis manos revoloteaban alrededor de las suyas, sin saber qué hacer con ellas.
Pablo cogió mi mano izquierda y la llevó a mi pecho.
- Ssshhh… Acaríciate el pezón, no dejes de acariciarlo… -me dijo, y yo le hice caso.
Cogió mi mano derecha y la llevó a mi boca, doblando mis dedos para que mi dedo índice y mi dedo corazón entraran en mi boca.
- Chupa, humedécelos bien…
Hice lo que me pedía sin pensarlo, aunque una vocecita en mi cabeza me decía que esto estaba mal… que tenía que parar en ese mismo instante… Obviamente, ignoré esa molesta vocecita.
Humedecí mis propios dedos mirándome en el espejo y lo hice de forma más sensual porque el espectáculo no era para mí, era sobre todo para Pablo… Cuando los saqué de mi boca, él volvió a coger mi mano y la dirigió a mis muslos. Fue pasando mis dedos por mis muslos, arrastrando mi túnica hasta que ésta se quedó enredada a la altura de mis caderas. En esa posición, ambos podíamos ver claramente mi tanguita negro en el espejo y, para mi vergüenza, se apreciaba con claridad que estaba mojado.
- Joder, con la imagen de seria que intentas dar y en realidad estás cachonda perdida…
Sabía que no debía continuar con esta situación, que debía detenerle y continuar con la clase, pero… Me sentía realmente excitada y Pablo estaba bastante bien. Los dos éramos adultos, sin compromiso (hace un par de semanas, me había contado que no salía con nadie) y estaba claro que nos gustábamos.
Me levanté y me puse frente a él, pegando mis labios a los suyos sin darle tiempo a protestar. Respondió a mi beso con pasión y empecé a tironear de su camiseta, intentando levantarla para que se la quitara. Nos separamos un segundo mientras se la quitaba por la cabeza. Seguimos besándonos y tocándonos con impaciencia. Mis manos pasaban de su nuca a su espalda, acariciaban sus brazos, bajaban a su culo. Las suyas se habían hecho dueñas de mi culo desde el principio y me lo masajeaba sin parar. Tiró de mi túnica para poder tocarme el culo sin tener una tela de por medio. Seguimos magreándonos como dos adolescentes un rato y era terriblemente excitante.
Sin apartar mi cuerpo del suyo, empecé a dirigirle hacia el sofá, porque quería que nos tumbásemos. Al darse cuenta de mis intenciones, se deshizo de sus chanclas por el camino y yo hice lo mismo. Agarró mi túnica y me la sacó por la cabeza con un movimiento fluido. Me quedé un poco sorprendida, la única prenda que llevaba puesta era mi tanga negro y me entró un acceso de vergüenza, intenté taparme los pechos con las manos, pero Pablo no me dejó. Inclinó ligeramente su cuerpo, acercó su boca a mi pecho izquierdo y comenzó a hacer círculos con la lengua a su alrededor. Su mano acariciaba mi pubis por encima del tanga, alcanzando mi botoncito del placer, haciendo que me estremeciera al sentir sus caricias en esas partes tan sensibles de mi anatomía. Agarró mi pezón con sus labios e hizo un movimiento de succión que hizo que tuviera que coger aire de pronto.
- La de horas que podríamos haber estado divirtiéndonos, Carlota, en vez de hablar inglés… -me dijo, cogiéndome en brazos, pasando un brazo por debajo de mis rodillas y el otro sujetándome por la espalda.
Me dejó sobre el sofá y se desabrochó el pantalón y lo dejó caer, sacando sus piernas con rapidez y dejándolo allí abandonado. Ahora estábamos los dos solamente con una prenda de ropa interior. Se abalanzó sobre mí sin esperar ni un segundo y volvimos a besarnos, pero esta vez con una urgencia mayor. Acariciaba mis pezones con sus pulgares en un movimiento rítmico y se tumbó sobre mi cuerpo, rozando su polla contra mi coñito, haciendo que me mojase aún más. Hacía un movimiento como si me penetrara, y todo mi cuerpo gritaba en silencio por conseguir que su polla estuviera en mi interior.
Tiré de su bóxer hacia abajo para tener acceso a su polla. Conseguí bajárselo y que su polla asomara por fin. Mmmmmmm ¡Vaya polla tenía! Imagino que mi cara lo decía todo, porque se levantó y de un tirón se los bajó y los dejó allí tirados.
- Te toca a ti –me pidió.
Sin levantarme, me quité el tanga. Simplemente, levanté mi culito y lo deslicé por mis piernas.
- Joder, joder, ¡qué buenas estás! ¡Encima lo llevas depilado!
Sonreí al escuchar su expresión. Me pareció graciosa la forma en que lo expresaba. Abrí las piernas, tapé mi coñito con mis manos y, mordiéndome el labio inferior, le dije:
- ¿¿No te gusta??
- Joder, joder… ¡Claro que me gusta! Por favor, dime que tomas la píldora, por favor, por favor… ¡Que no tengo condones!
Le sonreí abiertamente, retiré mis manos de mi coñito y las llevé a mis pechos. Pellizqué mis pezones, que ya estaban bastante duros, y le dije:
- Claro que la tomo. Ahora ven aquí y dame esa pedazo de polla…
No me hizo esperar, se puso de pie junto a mi cuerpo, apoyó una rodilla sobre el sofá y puso su polla a la entrada de mi coñito. Yo estaba tan mojada que no necesitaba ningún preliminar más, y estaba claro por el estado de su polla que él tampoco.
Lento pero firme, me metió la polla hasta que ambos sentimos que había llegado al tope. Tenía toda su polla completamente dentro de mi cuerpo y yo me sentía en la gloria. Nos habíamos olvidado del calor, de la clase y de todo lo que nos rodeaba. Con la misma lentitud con que la había metido, ahora la sacó, pero no del todo, dejó la puntita dentro. Se quedó unos segundos así y de una estocada, volvió a metérmela hasta el fondo. Repitió la operación varias veces, haciendo que de mis labios se escaparan gemidos y algún gritito de placer.
Ambos estábamos muy cachondos, tanto por nuestros movimientos como por el ingrediente morboso de la situación. Sin esperar más, empezó a bombear y yo me agarré a sus hombros, poniéndole mis tetas en la cara. Sin dudarlo, agarró uno de mis pezones con sus labios y hacía un movimiento de succión mientras seguía bombeándome que me estaba volviendo loca.
- ¡Aaaaah! Sí, Pablo, no pares, sí, síiiii… Así, así, fuerte, fuerteeee…
- ¿Te gusta? ¿Eh? ¿Querías polla? Pues toma polla…
Cada vez me la metía con más fuerza, con más violencia, estábamos completamente desatados, nuestros cuerpos se habían acoplado perfectamente y sus movimientos me tenían al borde del orgasmo.
- Pablo… mmmme… aaayyyyy… creo que… que me voy a…
- Córrete para mí, Carlota, córreteeee…
Y exploté en un orgasmo largo e intenso que me dejó completamente laxa bajo su cuerpo. Yo sentía que él seguía moviéndose, sentía su polla súper dura dentro de mí, taladrándome todavía, y cuando, entre dientes, me dijo –Me voy a correr –mi cuerpo volvió a explotar en un segundo orgasmo más intenso que el anterior.
Él salió de mi interior y se dejó caer junto a mí en el sofá. Y allí nos quedamos unos minutos. Sin hablar. Sin movernos. Simplemente, recuperando la respiración.
Cuando conseguí controlar de nuevo mi cuerpo, me incorporé, le miré y le dije:
- Por esta vez, no te voy a cobrar la clase…
Nos empezamos a reír a carcajadas por lo extraño de la situación. Nos vestimos sin prisas, charlando de buen rollo. Yo pensé que podríamos sentirnos incómodos, pero para nada. Le acompañé a la puerta y al despedirnos, me preguntó:
- ¿Vas a querer repetir?
Se me escapó una carcajada.
- No sé, ya veremos el próximo jueves… -le contesté. Le di un beso con lengua y cerré la puerta.
Mi nombre es Carlota y soy profesora de inglés. Normalmente, doy clases en un instituto pero durante el verano doy clases particulares en mi casa. Por desgracia, este verano se me ha estropeado el aire acondicionado, por lo que este año las clases se estaban convirtiendo en una tortura para mí y supongo que también para mis alumnos, aunque ellos nos se quejaran demasiado.
Al principio, yo intentaba vestirme como siempre lo había hecho para las clases, con ropa formal, para crear esa distancia entre profesor (en este caso, profesora) y alumno tan necesaria en algunos casos.
Pero con el problema del aire acondicionado me resultaba cada día más difícil… hasta que llegó un momento en el que cedí debido a las circunstancias y empecé a usar ropa más fresquita y más cómoda para soportar el terrible calor que nos asolaba. Vestidos de piscina, faldas cortas e informales con camisetas de tirantes… cualquier profesor (y, sobre todo, profesora) os puede decir que es una idea espantosa aparecer como una mujer ante tus alumnos, porque pueden empezar a distraerse y pueden hacerse una idea que no es… Todo esto está muy bien en teoría, pero en la práctica… las temperaturas rondaban los 40º y estar sin aire acondicionado estaba haciendo que me pasara las clases más distraída por el sufrimiento que el calor me provocaba que por la clase en sí, así que decidí no darle más importancia a mi indumentaria y centrarme en mis alumnos.
Ese jueves fue especialmente insoportable, estábamos en medio de una ola de calor y todo el país tenía activadas las alertas por las altas temperaturas. Así que cuando fui a vestirme ese día antes de que llegara mi único alumno de los jueves, elegí una túnica muy vaporosa, de color rojo pasión. Me miré en el espejo de la entrada y decidí que podría usarla para dar la clase, la túnica no era demasiado corta, por encima de la rodilla, y tampoco tenía escote, por lo que me pareció bastante apropiada para dar clase ese día de tanto calor. Me puse un tanga de color negro, bastante pequeñito y decidí pasar del sujetador, ya que al no ser la túnica ajustada, no se notaría que no lo llevaba.
Me gustaba mirarme en el espejo de la entrada porque era un espejo de cuerpo entero y era donde mejor podía apreciar cómo me quedaba la ropa. Lo malo que tenía esa estancia era que tenía muy poca luz natural, pero no le di mayor importancia.
En ese momento, las 12 de la mañana, sonó el timbre del portal. Abrí directamente, ya que era la hora de la clase y supuse que sería mi alumno. Un par de minutos después llamaron al timbre de casa, así que fui a abrir.
- Buenos días Pablo, ¿qué tal? –le pregunté-. Pasa, por favor.
- Buenos días, Carlota…
Lo cierto es que no me fijé mucho en él, porque aunque era un hombre bastante atractivo, era mi alumno, por lo que no le miraba como lo habría hecho si me lo hubiera cruzado por la calle, por ejemplo. Si me hubiera fijado, habría visto su mirada de extrañeza y cómo recorrió mi cuerpo con su mirada mientras yo avanzaba por el pasillo delante de él hasta llegar a la sala de estar, que era la estancia más luminosa y, lo más importante este verano, la más ‘fresquita’ (dentro de lo que cabe) de la casa.
Allí había una mesa no demasiado grande y varias sillas rodeadas de grandes ventanales. A mí me gustaba sentarme frente al alumno para resaltar esa distancia profesora-alumno de la que hablaba antes.
Una vez sentados, él sacó sus ejercicios de la semana anterior para que yo los corrigiera y yo le di unos cuantos más para que trabajara en ellos mientras yo corregía.
- Si te parece, empezamos con ejercicios y luego pasamos a la parte oral, ¿vale? –le dije.
- Sí, sí, como quieras…
Me resultó algo extraño que Pablo estuviera tan callado, porque normalmente intentaba sacar cualquier tipo de conversación, era muy extrovertido y le gustaba mucho hablar, ya fuera en inglés o en español. Teníamos más o menos la misma edad, ya que él estaba mejorando su nivel de inglés por motivos de trabajo, y normalmente la conversación fluía sin problemas, pero ese día le notaba algo pensativo. Lo achaqué al calor y no le di más importancia.
Mientras corregía, noté una ligera brisa entrar por las ventanas que estaban medio abiertas y mi cuerpo actuó antes de que mi mente pudiera impedirlo. Cerré los ojos de gusto, se me escapó un suspiro de satisfacción y me revolví ligeramente en la silla. ¡Era la primera brisa que sentía en toda la semana!
Al abrir los ojos, me encontré con que Pablo me estaba mirando fijamente, con una extraña sonrisa que no pude identificar…
- ¡Uy! ¡Perdona! Es que este calor me va a derretir… -me disculpé.
- No, no, no te preocupes… ¡Es normal! –me contestó-. Si quieres, abro un poco más esta ventana –dijo, levantándose para abrirla- y así nos llega un poco más de aire…
Seguimos trabajando pero yo tenía la sensación de que Pablo no estaba todo lo concentrado que debería en sus ejercicios, porque sentía que me miraba disimuladamente cuando yo no le estaba mirando.
- No te veo muy concentrado hoy… ¿Ocurre algo? ¿Prefieres que dejemos la clase para otro día?
- ¡No! No, quiero decir que… Que no hace falta, que… Estaba algo distraído, pero ahora ya me concentro…
- Está bien. A ver, espera, me pongo a tu lado si quieres y me cuentas cuál es el ejercicio que te está dando tantos problemas… -le dije, y me levanté para sentarme a su lado. Tenía que sentarme con las piernas abiertas porque la pata de la mesa me impedía sentarme normal, con lo que mi pierna rozaba la suya. Pero no me preocupé por ese detalle, porque ya llevaba unos meses dándole clases y sabía que no iba a molestarse por ello.
- A ver, enséñamelo… -le pedí. Y me puse a corregirle unos cuantos ejercicios, explicándole detalladamente todos los errores y dudas que había ido anotando. Supongo que estuve con la explicación durante unos diez minutos, porque quería que todo quedase claro, pero sentía que Pablo no me estaba prestando atención.
Le miré y me di cuenta de que estaba muy acalorado. Cuando me fijé más cuidadosamente, observé que miraba con disimulo hacia la pared que estaba detrás de la silla en la que había estado sentada hasta hace un par de minutos, así que hacia allí miré yo también. Y lo que vi me dejó horrorizada. Desde que me había sentado junto a él, había estado mirándome a través de un espejo que se encontraba justo enfrente de mí, por lo que al tener las piernas abiertas, había estado viendo el tanga negro diminuto que llevaba puesto. Además, al mirarme en el espejo, rodeada de ventanas por las que entraba la luz de sol, pude ver que se me transparentaban completamente los pezones, que con la brisa que había ido entrando estaban duritos y más oscuros, por lo que se me veían aún más. Cuando me había mirado antes en el espejo de la entrada, no había luz natural, así que no me había dado cuenta de que se me transparentaba todo…
Me ruboricé profundamente y nuestra mirada se cruzó en el espejo. Ahora podía entender su extraña sonrisita de antes… ¡Qué vergüenza! De forma instintiva, crucé mis brazos sobre mis pechos para que al menos dejara de verlos e intenté levantarme para cerrar las piernas, pero perdí ligeramente el equilibrio y él me sujetó. Seguía sosteniendo mi mirada en el espejo y me dijo:
- No te tapes, así estás guapísima…
Se levantó y se puso detrás de mí. Se inclinó para coger mis manos y las retiró lentamente de mis pechos para poner las suyas justo debajo de ellos. Al hacer eso, la túnica se pegó a mi cuerpo, lo que hizo que mis pechos se vieran perfectamente mientras Pablo empezaba a acariciarlos por encima de la traicionera tela.
- ¿Sabes? –me dijo-. Llevo deseando hacer esto desde hace demasiado tiempo… Pero siempre ibas con ropa muy formal, muy tapada, y pensé que sería imposible… -me dijo mientras seguía acariciando mis pechos, ahora con pequeños pellizquitos en mis pezones que hacían que me pusiera a mil-, pero hoy, cuando he entrado, ahí estabas… medio desnuda para mí… provocándome mientras me traías hasta aquí, contoneando ese culito enmarcado por ese tanga que estoy deseando arrancarte a mordiscos…
Estaba muy excitada por lo que me estaba diciendo mientras lo veía todo en el espejo, parecía que se redoblaban las sensaciones al verlas y sentirlas al mismo tiempo… Pero también estaba escandalizada con lo que estaba sucediendo, él era mi alumno y esta no era la relación que se suponía que teníamos que tener…
- Pablo, esto… esto no está bien… Perdóname, ha sido culpa mía… No sabía que se transparentaba… -balbuceaba, intentando disculparme, pero él no me daba tregua, seguía acariciándome y yo, aunque le estuviera diciendo que parara, era lo último que quería. Mis manos revoloteaban alrededor de las suyas, sin saber qué hacer con ellas.
Pablo cogió mi mano izquierda y la llevó a mi pecho.
- Ssshhh… Acaríciate el pezón, no dejes de acariciarlo… -me dijo, y yo le hice caso.
Cogió mi mano derecha y la llevó a mi boca, doblando mis dedos para que mi dedo índice y mi dedo corazón entraran en mi boca.
- Chupa, humedécelos bien…
Hice lo que me pedía sin pensarlo, aunque una vocecita en mi cabeza me decía que esto estaba mal… que tenía que parar en ese mismo instante… Obviamente, ignoré esa molesta vocecita.
Humedecí mis propios dedos mirándome en el espejo y lo hice de forma más sensual porque el espectáculo no era para mí, era sobre todo para Pablo… Cuando los saqué de mi boca, él volvió a coger mi mano y la dirigió a mis muslos. Fue pasando mis dedos por mis muslos, arrastrando mi túnica hasta que ésta se quedó enredada a la altura de mis caderas. En esa posición, ambos podíamos ver claramente mi tanguita negro en el espejo y, para mi vergüenza, se apreciaba con claridad que estaba mojado.
- Joder, con la imagen de seria que intentas dar y en realidad estás cachonda perdida…
Sabía que no debía continuar con esta situación, que debía detenerle y continuar con la clase, pero… Me sentía realmente excitada y Pablo estaba bastante bien. Los dos éramos adultos, sin compromiso (hace un par de semanas, me había contado que no salía con nadie) y estaba claro que nos gustábamos.
Me levanté y me puse frente a él, pegando mis labios a los suyos sin darle tiempo a protestar. Respondió a mi beso con pasión y empecé a tironear de su camiseta, intentando levantarla para que se la quitara. Nos separamos un segundo mientras se la quitaba por la cabeza. Seguimos besándonos y tocándonos con impaciencia. Mis manos pasaban de su nuca a su espalda, acariciaban sus brazos, bajaban a su culo. Las suyas se habían hecho dueñas de mi culo desde el principio y me lo masajeaba sin parar. Tiró de mi túnica para poder tocarme el culo sin tener una tela de por medio. Seguimos magreándonos como dos adolescentes un rato y era terriblemente excitante.
Sin apartar mi cuerpo del suyo, empecé a dirigirle hacia el sofá, porque quería que nos tumbásemos. Al darse cuenta de mis intenciones, se deshizo de sus chanclas por el camino y yo hice lo mismo. Agarró mi túnica y me la sacó por la cabeza con un movimiento fluido. Me quedé un poco sorprendida, la única prenda que llevaba puesta era mi tanga negro y me entró un acceso de vergüenza, intenté taparme los pechos con las manos, pero Pablo no me dejó. Inclinó ligeramente su cuerpo, acercó su boca a mi pecho izquierdo y comenzó a hacer círculos con la lengua a su alrededor. Su mano acariciaba mi pubis por encima del tanga, alcanzando mi botoncito del placer, haciendo que me estremeciera al sentir sus caricias en esas partes tan sensibles de mi anatomía. Agarró mi pezón con sus labios e hizo un movimiento de succión que hizo que tuviera que coger aire de pronto.
- La de horas que podríamos haber estado divirtiéndonos, Carlota, en vez de hablar inglés… -me dijo, cogiéndome en brazos, pasando un brazo por debajo de mis rodillas y el otro sujetándome por la espalda.
Me dejó sobre el sofá y se desabrochó el pantalón y lo dejó caer, sacando sus piernas con rapidez y dejándolo allí abandonado. Ahora estábamos los dos solamente con una prenda de ropa interior. Se abalanzó sobre mí sin esperar ni un segundo y volvimos a besarnos, pero esta vez con una urgencia mayor. Acariciaba mis pezones con sus pulgares en un movimiento rítmico y se tumbó sobre mi cuerpo, rozando su polla contra mi coñito, haciendo que me mojase aún más. Hacía un movimiento como si me penetrara, y todo mi cuerpo gritaba en silencio por conseguir que su polla estuviera en mi interior.
Tiré de su bóxer hacia abajo para tener acceso a su polla. Conseguí bajárselo y que su polla asomara por fin. Mmmmmmm ¡Vaya polla tenía! Imagino que mi cara lo decía todo, porque se levantó y de un tirón se los bajó y los dejó allí tirados.
- Te toca a ti –me pidió.
Sin levantarme, me quité el tanga. Simplemente, levanté mi culito y lo deslicé por mis piernas.
- Joder, joder, ¡qué buenas estás! ¡Encima lo llevas depilado!
Sonreí al escuchar su expresión. Me pareció graciosa la forma en que lo expresaba. Abrí las piernas, tapé mi coñito con mis manos y, mordiéndome el labio inferior, le dije:
- ¿¿No te gusta??
- Joder, joder… ¡Claro que me gusta! Por favor, dime que tomas la píldora, por favor, por favor… ¡Que no tengo condones!
Le sonreí abiertamente, retiré mis manos de mi coñito y las llevé a mis pechos. Pellizqué mis pezones, que ya estaban bastante duros, y le dije:
- Claro que la tomo. Ahora ven aquí y dame esa pedazo de polla…
No me hizo esperar, se puso de pie junto a mi cuerpo, apoyó una rodilla sobre el sofá y puso su polla a la entrada de mi coñito. Yo estaba tan mojada que no necesitaba ningún preliminar más, y estaba claro por el estado de su polla que él tampoco.
Lento pero firme, me metió la polla hasta que ambos sentimos que había llegado al tope. Tenía toda su polla completamente dentro de mi cuerpo y yo me sentía en la gloria. Nos habíamos olvidado del calor, de la clase y de todo lo que nos rodeaba. Con la misma lentitud con que la había metido, ahora la sacó, pero no del todo, dejó la puntita dentro. Se quedó unos segundos así y de una estocada, volvió a metérmela hasta el fondo. Repitió la operación varias veces, haciendo que de mis labios se escaparan gemidos y algún gritito de placer.
Ambos estábamos muy cachondos, tanto por nuestros movimientos como por el ingrediente morboso de la situación. Sin esperar más, empezó a bombear y yo me agarré a sus hombros, poniéndole mis tetas en la cara. Sin dudarlo, agarró uno de mis pezones con sus labios y hacía un movimiento de succión mientras seguía bombeándome que me estaba volviendo loca.
- ¡Aaaaah! Sí, Pablo, no pares, sí, síiiii… Así, así, fuerte, fuerteeee…
- ¿Te gusta? ¿Eh? ¿Querías polla? Pues toma polla…
Cada vez me la metía con más fuerza, con más violencia, estábamos completamente desatados, nuestros cuerpos se habían acoplado perfectamente y sus movimientos me tenían al borde del orgasmo.
- Pablo… mmmme… aaayyyyy… creo que… que me voy a…
- Córrete para mí, Carlota, córreteeee…
Y exploté en un orgasmo largo e intenso que me dejó completamente laxa bajo su cuerpo. Yo sentía que él seguía moviéndose, sentía su polla súper dura dentro de mí, taladrándome todavía, y cuando, entre dientes, me dijo –Me voy a correr –mi cuerpo volvió a explotar en un segundo orgasmo más intenso que el anterior.
Él salió de mi interior y se dejó caer junto a mí en el sofá. Y allí nos quedamos unos minutos. Sin hablar. Sin movernos. Simplemente, recuperando la respiración.
Cuando conseguí controlar de nuevo mi cuerpo, me incorporé, le miré y le dije:
- Por esta vez, no te voy a cobrar la clase…
Nos empezamos a reír a carcajadas por lo extraño de la situación. Nos vestimos sin prisas, charlando de buen rollo. Yo pensé que podríamos sentirnos incómodos, pero para nada. Le acompañé a la puerta y al despedirnos, me preguntó:
- ¿Vas a querer repetir?
Se me escapó una carcajada.
- No sé, ya veremos el próximo jueves… -le contesté. Le di un beso con lengua y cerré la puerta.
martes, 2 de octubre de 2018
Paula y Eric: Primera vez
Nunca me habían desnudado tan rápido...
Buenos días!!
Ese era el mensaje que me estaba esperando cuando me desperté a la mañana siguiente.
Te invito a un café si te da tiempo...
Adjuntó su ubicación.
Buenos días!!
Ese era el mensaje que me estaba esperando cuando me desperté a la mañana siguiente.
Puedo inventarme algo para no ir a trabajar
Te desnudaría mucho más despacio esta vez
Buenos días guapísima!
Te invito a un café si te da tiempo...
Adjuntó su ubicación.
En 15min estoy allí!
Me lancé a la ducha y salí volando de casa. La cafetería en la que estaba me pillaba justo al lado del trabajo, así que hice el mismo trayecto de todos los días. Mientras aparcaba la moto, la busqué dentro de la cafetería y me quedé mirándola, asombrado. Se había propuesto matarme, eso estaba claro. Desde luego, así es como iba vestida, para matar. En plan secretaria sexy, la viva imagen del sexo. Joder.
El sitio estaba repleto de gente a esas horas. Entré y me dirigí hacia ella, estaba de pie delante de una mesa alta. Me acerqué rápidamente y la sujeté de la cintura, sintiendo la suavidad de su camisa pero pensando sólo en el tacto de su piel. Me di cuenta de que estaba hasta nervioso. Aunque me había propuesto darle un beso de tornillo, no quise pasarme de listo y empecé a darle dos besos. Se dejó hacer, con una sonrisilla, y cuando iba a separarme ligeramente de ella, me agarró de la nuca y me dio uno de los besos más húmedos y más sensuales que me habían dado nunca. Me dejó prácticamente jadeando. Sin separarse de mí, dijo:
- Te habrás dado cuenta, ¿no? ¡Hoy no tengo que ponerme de puntillas!
Y dobló su pierna hacia atrás, mostrándome los tacones que llevaba y, de paso, llamando la atención sobre sus piernas enfundadas en unas medias negras transparentes.
- Sólo llegan hasta el muslo, por si te lo estabas preguntando...
- Te has propuesto matarme, ¿verdad?
- Es que no me pareció justo lo de ayer, Eric. Hiciste todo el trabajo. Así que pensé en invitarte al menos a un café... -se sonrojó de esa forma tan dulce y sexy a la vez- bueno, y así nos veíamos.
- Vaya, y yo que esperaba otro tipo de retribución.
Se puso aún más colorada y empezó a decir algo, casi atascándose con las palabras, pero no la dejé hablar. Puse mi mano sobre sus labios y me acerqué todo lo que pude a ella. Era cierto que hoy no tenía que ponerse de puntillas para besarme, pero seguía teniendo que inclinar su cabeza cuando estábamos a esta distancia. Pequeñita y sexy como una diablesa. Una bomba, vamos.
- No hice todo el trabajo, como tú dices. Escribí algunas palabras. Y disfruté tanto o más que tú. Estoy deseando repetirlo pero en persona. Y esta mañana me despierto, veo tu whatsapp y me provocas una erección instantánea. Dices que me invitas a un café y apareces así vestida. Me parece que el lobo vas a acabar siendo tú...
Soltó una carcajada, se separó de mí y me hizo un gesto con la mano para que la esperase allí mientras se acercaba a la barra. Vi cómo intentaba recomponerse un poco y pidió un par de cafés a la camarera, que la atendió antes que al resto de personas que esperaba. Mientras le ponía los cafés, le comentó algo que la hizo reír.
Se acercó con los cafés muy despacio, para no derramar ni una gota. La dejé acercarse para disfrutar de la vista que me brindaba y vi que la camarera nos observaba sin disimulo. Supuse que sería su amiga y que me había citado aquí para "enseñarme" a su amiga.
- ¿Qué te apetece para comer?
- Pensé que eso ya lo habíamos hablado. Tú.
Me lanzó una mirada que, sin decirlo, me mandaba ponerme serio. Pero nunca he sido de obedecer a la primera.
- Ya sabes a qué me refiero, tontito.
- Y tú ya sabes a qué me refiero yo, tontita.
- Verás tú, el listo... -y volvió a alejarse hacia la barra. Esta vez se entretuvo un poco más hablando con la camarera y ambas me miraban sin disimulo. Hice un gesto de saludo que las hizo reír un poco más.
- Te he traído tostadas con aceite y tomate. Desayuno saludable, que hay que empezar bien el día. Y si no te gustan, ¡te aguantas! ¡No haberte puesto en plan difícil!
Mientras desayunábamos, dejamos un poco de lado el intercambio de insinuaciones y dobles sentidos. Intenté contestar en serio las preguntas que me hacía, creo que era una especie de entrevista para ver si cumplía sus expectativas. Me gustaron las respuestas que ella dio a mis preguntas, pero no podía dejar de distraerme mirándola. Su simple presencia me tenía muy excitado.
Sin pagar, nos fuimos. Ya lo tenía ella solucionado, me dijo.
- ¡Así que eres motero de verdad! Y yo que pensaba que era una pose...
- No suelo cargar con el casco sólo para impresionar a chicas guapas.
- ¿Me darás una vuelta un día?
No quería despedirme tan pronto.
- Ahora si quieres... ¡te acerco al trabajo!
- Estaría bien, pero no creo que vaya vestida para la ocasión —comentó señalando la falda ajustada que llevaba—... ¿Me puedo guardar la invitación?
Me dio un beso a medio camino entre la mejilla y el labio. Se sonrojó profundamente de nuevo. Suspiró y riéndose me dijo:
- Es que soy un poco torpe...
Esta vez sí, me dio un beso en los labios. Corto, seco, pero empezaba a resultarme familiar su forma de despedirse. Miré como se alejaba, se giró, me pilló mirándola y me lanzó un beso.
Llegué tarde, tardísimo a trabajar, pero mereció la pena. Todo lo que tiene que ver con Paula merece la pena.
Mi amiga ha quedado impresionada
Vaya... y yo que quería impresionarte a ti
A mí ya me habías impresionado!
Pero puedo seguir intentándolo, no?
Claro ;)
Qué tal el día?
De puta madre
He desayunado con un pivón
Y luego me he pasado el día soñando contigo
O eres real?
Si eres real, era pensando en ti
Jajajaja
Truquitos, truquitos...
Qué haces ahora?
Acabo de llegar de trabajar
Iba a ducharme
Espérame y te froto la espalda
Sexting de nuevo?!
A las 7 de la tarde?!
Jajaja no sabía que había un horario para el sexting
Yo tampoco! Jejeje
Te dije que me habías desvirgado...
Vale, no sexting, entonces
Quiero estar presente la próxima vez que te desnudes para mí
Y cuándo quieres que sea esa próxima vez?
Ya
Ahora
Ven
O voy yo
Pero dime que podemos vernos un rato...
Mi amiga va a tener razón
En qué?
Dice que eres un conquistador, un bajabragas...
Jajajaja
Se intenta... (carita con gafas de sol)
Dónde quedamos?
Quieres venir a mi casa?
Ponte pantalones y luego te llevo en moto!
Ok
Mandé mi ubicación y justo después me di cuenta de que no había sido muy caballeroso que digamos.
Si lo prefieres, puedo pasarte a buscar!
No te preocupes!
Me doy una ducha y voy!
No me había dicho cuánto tardaría, así que me metí a la ducha a toda velocidad. Me sequé un poco por encima y me puse a cambiar las sábanas. Tenía intención de meterla en mi cama y quería que sintiera la frescura de sábanas nuevas. Recogí como pude rápidamente, con el volumen del móvil a tope, por si me llamaba o escribía. Después de hacer la cama y dejar la habitación presentable, limpié el baño. La cocina ya estaba limpia, así que adecenté como pude el cuarto de estar.
Me había puesto unos vaqueros y una camiseta de manga corta, algo normal y rápido de quitar cuando fuera necesario. Miré el whatsapp cada minuto, pero nada, no decía nada. Su última conexión era cuando habíamos hablado. Ya había pasado más de una hora. No sabía si debería escribirla, no quería parecer pesado e impaciente. Igual se había arrepentido. Esperaba que no, pero decidí esperar otra media hora, más o menos, para darle un poco más de tiempo.
Mientras pasaba ese rato, busqué algunos catálogos de comida a domicilio que tenía por casa, imaginango que cenaríamos algo, y los dejé encima de la mesa del salón. La décima vez que miré el whatsapp, entró una llamada. Era ella, al fin.
- ¡No me has dicho cuál es tu piso!
Me asomé a la ventana y allí estaba, llevando de nuevo uno de esos leggins que tan bien le sentaban. Un abrigo rojo y una bolsa negra completaban su atuendo.
- ¿Qué llevas en la bolsa?
Empezó a reírse y a mirar en todas direcciones. Abrí la ventana, sintiendo el frío de inmediato. Cuando por fin me vio, se dirigió, algo indecisa, hacia el portal de mi casa.
- ¿Me vas a decir qué piso es o tengo que llamar a todos hasta que alguien me abra?
- Es el portal 14, justo enfrente de donde estás. 3ºC.
- Así que eres el vecinito del tercero, ¿eh? Ya sabes lo que dicen...
- ¿Qué dicen?
- Que las trae a todas loquitas...
Y al tiempo que colgaba, llamó al telefonillo. Abrí sin preguntar y esperé con la puerta abierta de par en par. Subió por las escaleras en vez de coger el ascensor y me pilló casi desprevenido.
- ¡Qué silenciosa!
- Sí, como un ninja... —me contestó riéndose.
Calló la que iba a ser mi respuesta con un beso. Mis manos rodearon su cintura, arrastrándola para que entrara en mi casa, al fin. Cerré la puerta y la apoyé contra ella, pero se escabulló de mi trampa.
- ¿Dónde está la cocina? He traído el postre, ¿te gusta el brownie? Oye, no serás alérgico a algo, ¿no? Joder, tenía que haberte preguntado antes...
- No, no soy alérgico a nada, me encantan los brownies y me encanta que me hayas traído uno. ¿Dónde lo has comprado?
- ¿Que dónde lo he comprado? ¿Pero quién te piensas que soy? ¡Lo he hecho yo!
- Así que aparte de sexy y provocadora, sabes hacer brownies.
- Pórtate bien y luego te dejo probar mi brownie...
Riéndose por el juego de palabras, dejó el brownie en la encimera y se volvió para mirarme con esos ojos brillantes que me tenían embelesado. Me ofreció su mano y la cogí con galantería. La dirigí al cuarto de estar primero, aunque me moría por tenerla en mi cama.
- Puedes dejar el abrigo donde quieras.
Dudó unos segundos, pero se bajó la cremallera con decisión y se lo quitó sin dejar de mirarme. Definitivamente, se había propuesto matarme.
- ¿Esa mirada significa que te gusta? -preguntó, coqueta.
Si el otro día había llevado un discreto jersey ancho con leggins, hoy llevaba un jersey muy ancho también, pero de discreto no tenía nada. Era completamente transparente, debajo se veía claramente el sujetador negro de encaje que apenas ocultaba sus pezones. Me resultaba imposible dejar de mirarla. O cerrar la boca. Y ya de articular un pensamiento coherente, mejor no hablamos.
Sonrió inocentemente, sabedora del efecto que me había causado, y se fue al sofá, atrayéndome hacia ella. Se sentó sobre su propia pierna, doblada bajo su cuerpo, y yo me senté a su lado, esforzándome por encontrar un piropo que hiciera justicia a lo que mis ojos estaban disfrutando.
- ¿Querías que pidiéramos comida? Vaya, y yo que pensaba que iba a ser el plato principal... -dijo poniendo morritos, como si estuviera disgustada.
Hasta ahí aguanté antes de lanzarme sobre ella. Si soy sincero, creo que resistí bastante. La acerqué a mí y empecé a besarla por fin. Maniobré con sus piernas (con su ayuda inmediata) para colocarla a horcajadas sobre mí y el gemido que emitió cuando restregué su cuerpo contra mi polla me puso aún más burro de lo que estaba.
Como os había contado, Paula era una chica normal. Excepto en las distancias cortas, que se convertía en una diosa y me hacía perder totalmente la cabeza.
Dejé sus labios momentáneamente para recorrer su cuello, aprendiéndome su aroma. Sus gemidos y pequeños grititos no eran eróticos en sí, para nada como en una película porno. Lo que era increíblemente erótico era su forma de dejarse ir, de disfrutar, de entregarse a mí.
Se quitó el jersecito que tan poco ocultaba y lo tiró al suelo. Y allí estaban sus pechos, frente a mí. A unos centímetros de mis labios. Coloqué mis manos con suavidad justo debajo, sopesándolos. Con el pulgar, hurgué dentro de la tela buscando su pezón, que reaccionó de inmediato y me saludó sin dilación. Usando el mismo pulgar, lo liberé de su prisión de encaje y allí quedó, frente a mí, llamándome a gritos. Lo rodeé con mis labios y lo golpeé varias veces con mi lengua. Eso pareció gustarle especialmente a su dueña, que acabariciaba mi pelo y en ese momento, mientras agarraba unos mechones con algo más de fuerza, se estremeció y empezó a frotarse más rápido contra mí. Le di un mordisquito a ese pezón tan juguetón, con más ganas que fuerza, y liberé el otro pezón para darle un tratamiento similar.
Paula se inclinó sobre mí y acercó sus labios a mi oreja.
- Para, cabrón, que vas a hacer que me corra...
Si en ese momento ya la tenía bastante dura, esa frase hizo que me palpitase. Con una mano sujeté sus muñecas a la altura de su espalda, haciendo que se arqueara un poco más y me ofreciera sin tapujos esos pechos tan deliciosos que tenía. Al mismo tiempo, le daba golpecitos de cadera, mi polla a punto de explotar sintiendo claramente su calor, su humedad. Uno de sus pezones entre mis labios y el otro entre mis dedos. Me volvía loco que se entregara de esa forma a mí.
Sus gemidos constantes ya eran una indicación, pero cuando empezó a botar sobre mi polla, quedó claro que estaba a punto y, buscando su orgasmo, incrementé la intensidad de mis caricias. Mis dientes rodeaban su pezón, apretando ligeramente, cuando la sentí correrse, diciendo mi nombre entre gemidos.
Me dirigió una mirada ardiente. En su cara se reflejaba el placer intenso que había sufrido. Imagino que en la mía se veía la lujuria que seguía sintiendo. Solté sus muñecas y rodeó mis hombros de inmediato con sus brazos, besándome con más dulzura esta vez. Bajó sus manos a mi vaquero y antes de que pudiera darme cuenta mi polla estaba ahí, entre nosotros. Se deslizó hasta quedar arrodillada en el suelo y sin esperar más, empezó a chupármela. Si yo ya me encontraba en un punto de no retorno, sentir sus labios, su lengua, su boca envolviéndome la polla, sus manos acariciando muy ligeramente mis huevos... ufff... Sé que es un gesto terriblemente machista, pero coloqué mi mano en su cabeza para sentir así sus movimientos de arriba abajo, y se dejó hacer. Hice una ligera presión de prueba y Paula dejó que mi polla entrara un poco más en su boca. En ese momento me dije que por probar, no iba a pasar nada, así que volví a presionar ligeramente, y ella, Paula, mi diosa particular, volvió a conseguir que entrara otro poquito más. Me tenía jadeando. Tenía casi mi polla entera en la boca, se ayudaba con una mano sujetando la base, subiendo y bajando sus labios. Volviéndome loco de placer.
- Paula, voy a...
Pasó con suavidad sus dientes por mi piel, haciendo que me estremeciera, acercándome aún más al orgasmo. Bombeó mi polla con su mano suave y delicada, esperándome con la boca abierta y la lengua ligeramente fuera. Esa visión, más erótica que cualquier escena porno que hubiera visto nunca, me hizo estallar y me corrí con fuerza. El primer y glorioso chorro cayó en su lengua y sus labios, y los siguientes en sus pechos. Estaba aún más preciosa manchada con mi semen.
No podía ni moverme.
- Creo que me has dejado sin fuerzas...
Soltó otra carcajada, no sé cómo pero su risa cada vez me sonaba más sexy.
- Será mejor que vaya a limpiarme, ¡mira cómo me has dejado! -dijo guiñándome un ojo, con una sonrisa que amenazó con ponérmela dura de nuevo.
Lo que hizo que se me pusiera como una piedra de nuevo fue verla recoger una gota de mi leche de su pezón y chupar su dedo con lujuria, mirándome directamente a los ojos. Se le escapó otra carcajada al ver mi cara y se marchó en busca del baño.
Cuando volvió, ya con el sujetador colocado y limpia de mi leche, yo había conseguido al menos metérmela dentro de los calzones, aunque seguía con el pantalón desabrochado. Me miró con una sonrisa burlona.
- Bueno, ¿cenamos o qué? ¡Me muero de hambre!
Se puso a hojear los catálogos sin parar de hablar. Yo asentía a todo lo que decía. Escogió una pizzería y llamó para pedir la cena. Luego se sentó a mi lado con las piernas cruzadas y hablamos (creo que con algo más de coherencia por mi parte, al menos podía hacer frases enteras) sin parar. Llamaron al timbre y se levantó con naturalidad, habló un par de segundos con el repartidor por el telefonillo y le abrió la puerta del portal. Se me nubló la mirada por completo al escucharla decir que fuera subiendo, que ya estaba abierto, y espeté:
- ¡No vas a abrir así!
Nada más decirlo, odié el tono de voz que había empleado. Autoritario, celoso, como si ella fuera de mi propiedad. Me levanté, inmediatamente arrepentido de mi elección de palabras, y en su mirada vi que había metido la pata. Me observaba con frialdad, sopesándome. Con una ceja levantada, esperando una explicación.
- Joder, lo siento. Soy gilipollas. Me he expresado mal. Es sólo que no quiero que nadie pueda verte así, con ese sujetador tan sexy, con tan poca ropa, tan guapa, sólo quiero verte yo así...
Su mirada se suavizó un poco y no debió parecerle del todo mal mi explicación, porque me dio una palmadita en el culo y me puso un billete de 20€ en la mano para que pagara.
Abrí la puerta al repartidor, preocupado por la cagada que acababa de hacer, aunque algo aliviado por esa última mirada. Cuando llevé la pizza al cuarto de estar, Paula no estaba, imaginé que estaría en el baño. Fui a la cocina a coger el cortador de pizzas y unos vasos.
- ¿Qué te apetece beber? -dije en voz alta, sabiendo que me escucharía. Mi casa no es muy grande. Tanteando el ambiente, a ver si seguía enfadada.
- Agua, gracias -me contestó, mucho más cerca de lo que yo pensaba-. ¿Sabes que no tienes pijama?
Se había puesto una de mis camisetas y se había quitado los leggins. Llevó su mano a mi bragueta abierta murmurando algo de estar más cómodo, pero yo sólo podía pensar en sus manos dirigiéndose a mi polla, mi imaginación hizo el resto y se me puso dura de nuevo. Cuando me medio obligó a quitarme el vaquero, mi calzoncillo era una tienda de campaña. Se empezó a reír y me preguntó:
- ¿Tú qué pasa, no necesitas coger fuerzas? Venga, vamos a cenar, dame esos vasos y recuerda que ibas a coger agua. ¿Qué vas a beber tú? ¿También agua?
Asentí mientras la miraba alejarse. Aproveché para echar un buen vistazo a sus piernas. En teoría, normales. En la práctica, como todo en Paula, de infarto. Era el conjunto lo que resultaba tan explosivo.
Me gustó verla tan natural, con una de mis camisetas y un tanga negro de encaje que conseguí entrever cuando se sentó de nuevo con las piernas cruzadas. Se la veía agusto. Me gustaba escucharla reír.
- Oye, Eric... -se puso algo más seria- No quiero que pienses que esto lo hago con cualquiera. Que no nos conocemos de nada, pero es como si en realidad sí que te conociera, ¿sabes a qué me refiero? Ya te lo dije el otro día, no soy facilona. No sé qué me pasa contigo, que me descolocas, y me haces perder, literalmente, la ropa -aquí se le escapó una carcajada que delataba su nerviosismo y sentí la necesidad de besarla, de barrer de golpe sus inseguridades.
- Ya que nos ponemos sinceros... quiero pedirte perdón por lo de antes, he sido un gilipollas integral, espero que puedas perdonarme.
- No te preocupes, está olvidado.
- Ya, pero quiero explicarte. Siempre he odiado a los tíos que les dicen a sus parejas lo que pueden o no hacer o decir. Pero tú a mí también me descolocas, Paula. Como ahora, te veo con mi camiseta y sólo puedo pensar que eres la mujer más bonita del mundo, y no quiero que nadie pueda verte así, ¡y mucho menos con el sujetador tan sexy que llevas!
- Te equivocas.
- Lo sé, sé que no tengo derecho a ser posesivo, que es prepotente por mi parte, de verdad que...
- Eric, para. Te equivocas en lo del sujetador, ya no lo llevo. Me lo quité para estar más cómoda. Y sólo me has dicho, aunque en un tono equivocado, que no saliera a abrir en sujetador. La verdad, me hubiera sorprendido que no te hubiera importado.
Y con esa sonrisa tan cálida que tiene, olvidó mi cagada y me dio otra imagen para el recuerdo. Con mi camiseta y sin sujetador. Ya sólo podía pensar en sus pechos, obviamente.
- Por cierto, hay otra cosa que me has dicho que no es verdad. No somos pareja.
- Lo sé, joder, qué tarde llevo... no quería sonar presuntuoso ni posesivo, era una forma de hablar...
Me interrumpió, con una sonrisa burlona.
- ¿Pero tú quieres o no quieres?
- ¿Me estás pidiendo salir?
- Esperaba que me lo pidieras tú, pero como no te arrancabas...
La miré sin saber realmente por dónde salir, no sabía si debía disculparme de nuevo. En realidad, yo quería que fuera mía. Al parecer ella también lo quería, quería que fuera suyo. Pero no sabía si decirlo ahora sería lo apropiado, igual pensaba que sólo se lo decía porque parecía que ella lo había insinuado.
- Déjame que te lo pida bien...
Volví a taparle la boca con mi mano, igual que esta mañana. Me acerqué todo lo que pude y deslicé mi otra mano debajo de la camiseta que llevaba. Su piel se erizó de inmediato al sentir mis caricias. Sus ojos me retaban aún sin palabras. La empujé ligeramente sobre el sofá y aparté mi mano de sus labios, esperando que no dijera nada. Parece que entendió mi juego porque, sonriendo, se dejó hacer. Subí la camiseta y se la saqué por la cabeza con delicadeza. La tenía prácticamente desnuda tumbada en mi sofá.
- Eres un sueño húmedo -dije, antes de empezar a lamer sus pezones de nuevo.
Cuando los tenía muy duros y muy húmedos de mi saliva, me tumbé sobre ella y la besé. La besé con todo lo que tenía, quería dejarla muda. Mi polla encajó sin problemas en su sexo, sólo la tela de nuestra ropa interior separándonos.
Tomando la iniciativa de nuevo, deslizó mi calzoncillo un poco, lo justo para liberar mi polla. Apartó su tanga y empezó a acariciarse con mi polla. Estaba muy mojada, y me estaba volviendo loco. Pero no quería perder el control. Aparté sus manos mirándola a los ojos, pidiéndola permiso. Las colocó sobre mis hombros, preparada. Empecé a deslizar mi polla dentro de cuerpo, sintiendo cómo sus músculos se contraían, sujetando deliciosamente mi polla.
- Aaaahhhh, Paula...
Sus manos me urgían a metérsela hasta el fondo, pero no quería todavía. La saqué prácticamente entera, y me incorporé sobre ella. Ella intentó subir su cuerpo, consiguiendo así que la penetrara del todo. Pero no la dejé.
- Eric, ¡por favor!
- Me gusta que me lo pidas, pero aún no...
- ¿Por qué? Anda, por favor...
La metí un poco más y ella se arqueó con astucia, haciendo que mi polla se enterrara casi por completo en su cuerpo. Soltó un gemido que me haría pensar en ella cada noche. Era una diosa del sexo. Pero aún no podía dejarme ir. Volví a sacarla hasta que sólo mi capullo estaba dentro de ella.
- Tramposa...
Se rió entre dientes y volvió a arquearse, pero esta vez sabía lo que intentaba y no la dejé salirse con la suya, por mucho que yo quisiera lo mismo que ella.
- Primero... -empecé a decir.
- ¡No! De primero, nada. Necesito que me la metas, Eric...
Se la metí un poco como premio a su contestación y jadeó cerrando los ojos. Me incliné como pude, de una forma algo incómoda, y succioné su pezón, rodeándolo con mis dientes de nuevo, apretando ligeramente. Ella se arqueaba sibilina, intentando conseguir que mi polla la llenara de una vez.
- Paula, primero tengo que pedirte algo.
- Eric, no jodas, déjate de jueguecitos, luego hablamos, ahora métemela...
- Paula, ¿quieres ser mía?
Me mordió el hombro con fuerza y la penetré sin restricciones por fin. Duro, fuerte. Y parecía ser también lo que ella necesitaba porque con una mirada de lujuria acompañaba cada uno de mis movimientos. Sólo podía escuchar su contestación, repetida con cada uno de mis embites. 'Sí, sí, sí, sí, sí, sí'. Nuestros cuerpos se habían acoplado perfectamente, nos movíamos al mismo ritmo, a un ritmo de locura, sin dejar de mirarnos a los ojos, los suyos me estaban derritiendo. Hasta que, casi ida del placer, mordiendo el lóbulo de mi oreja casi al mismo tiempo que hablaba, murmuró 'córrete dentro, córrete ya'. Ni me lo pensé y me corrí dentro sin pensar las consecuencias, sin pensar en lo poco cuidadosos que habíamos sido. Luego me dijo que tomaba la píldora, y que tenía que habérmelo dicho antes. Pero en ese momento, estaba totalmente cegado por la lujuria que parecía que nos provocábamos mutuamente.
Nos quedamos en el sofá, jadeando con fuerza. No quería aplastarla con el peso de mi cuerpo, pero no podía levantarme. Cuando cogí algo de fuerza para incorporarme, me sujetó como pudo contra su pecho y seguimos en la misma postura. Estoy seguro de que era incómodo para ella, no podía estar agusto con todo mi peso sobre su cuerpo. Pero no sólo no se quejó sino que me abrazó más fuerte.
Cuando me desperté, estábamos tumbados de lado en la cama, lo que me sorprendió bastante, ya que ni siquiera recordaba cuándo nos habíamos ido del sofá. Su espalda estaba pegada a mi pecho y acaricié la curva de su cintura. La única prenda que llevaba era ese tanga negro que no llegué a quitarle antes. Anoche. Ni siquiera sabía qué hora podía ser. Quería levantarme sin hacer que se despertara, intenté maniobrar lo más sutilmente que pude, sacando mi brazo de debajo de su cuerpo. Pero no lo conseguí y empezó a desperezarse como una gatita al sol. Sonriendo, me dio un beso y se levantó con agilidad.
Se metió en la ducha a toda velocidad murmurando algo de un café, así que fui a prepararlo para que lo tuviera listo al salir. La estaba esperando con una taza de café caliente bien cargado cuando salió del baño, oliendo a mi gel de ducha, guapísima, gloriosa en el modo más terrenal posible.
Tomó la taza de mi mano con un educado gracias que no consiguió distraerme de su desnudez. La miré, sopesando el tiempo que teníamos. Su carcajada me hizo darme cuenta de lo descarado que estaba siendo.
- Venga, perezoso, que dijiste que me llevarías a casa... ¿O quieres que vaya a trabajar con el jersecito transparente?
La verdad es que esa posibilidad me hizo darme más prisa. Me metí en la ducha de nuevo a toda velocidad y cuando salí, estaba ya vestida y preparada. Me había partido un trozo de brownie para que lo probara, por fin. Joder, estaba buenísimo. Y ella también.
Bajamos por las escaleras, acoplándonos al ritmo del otro. Me gustó tenerla en mi moto, apretada contra mí, agarrándome muy fuerte en las curvas. La dejé frente a su casa, con su abrigo rojo y sus bailarinas, perdiéndose dentro del portal.
jueves, 20 de septiembre de 2018
La alumna y su profe
Como siempre, voy mal de tiempo. Es jueves, está medio lloviendo y el autobús se ha retrasado bastante. Hay más gente de mi clase en el autobús, así que no me preocupo excesivamente. Me pongo la capucha del abrigo al bajar y camino con el resto sin participar mucho en la conversación. Entramos en clase y alguien, no recuerdo quién, explica lo que había pasado con el autobús.
Nos haces un gesto con la cabeza asintiendo, sin darle mayor importancia. Siento un empujón del chico que venía justo detrás de mí, y me doy cuenta que me he quedado mirándote fijamente mientras el resto se había ido sentando. Me sonrojo y miro al suelo mientras me dirijo a mi sitio. Incluso sin levantar mis ojos del libro, siento tu mirada sobre mí. Me quito el jersey, quedándome sólo con la blusa. Sigues explicando algo que ni siquiera escucho. Al cabo de un rato desabrocho el primer botón de mi camisa y siento más que escucho cómo tragas saliva la siguiente vez que tus ojos se posan sobre mí.
Suena el timbre y te miro fijamente. Pareces aliviado mientras recoges tus libros. Me levanto rápidamente y salgo de clase sin mirarte ni una sola vez. Atravieso el pasillo con determinación, parándome justo al final, girándome levemente para comprobar si me sigues. Estás lejos todavía, pero mirando en mi dirección. Abro la puerta sin esperar más y, a oscuras, te espero a un par de pasos de esa puerta. Escucho el picaporte bajar lentamente y una silueta se asoma intentando distinguirme en la oscuridad. No espero a que tus ojos se acostumbren a la falta de luz, te agarro por el jersey y te obligo a meterte dentro. Meto mis manos, excesivamente frías por debajo de tu ropa, recorriendo tu estómago y tu pecho. Las tuyas van directamente a mi culo, soltando las cosas que llevan, que caen estruendosamente al suelo. Me lo sobas sin parar y me acercas más a ti, besándome por fin.
Cuando tu lengua invade mi boca, se me olvida dónde estamos y el tiempo del que disponemos. Siento tu polla creciendo contra mi cuerpo, a través de la ropa, y me frotas contra ti. Casi me levantas del suelo. Parece que hoy te pone especialmente cachondo que haya venido disfrazada de niña buena a la universidad.
Pones tus manos sobre mis hombros y me empujas hacia abajo, indicándome lo que quieres que haga a continuación. Golpeas la pared a tientas y aciertas al fin a encender la luz, que nos hace entrecerrar los ojos a ambos. Miras a tu alrededor sin mucho interés, viendo una especie de vestuario que se utiliza como almacén. Te giras para mirar la puerta y ves que tiene pestillo, así que lo giras, impidiendo así que nos interrumpan.
Sientes mis manos desabrochando tu pantalón ansiosamente. Miro hacia arriba y agarras mi cara por la barbilla.
- Vas a ser una niña buena y vas a chupármela como solo tú sabes, ¿a que sí?
Asiento, sonriendo, y dejas libre tu polla, bajando tu calzón junto con los pantalones y dejándolos caer sobre tus tobillos. Pones una mano sobre mi cabeza y empiezo a chupártela. La tienes enorme y no consigo que entre entera en mi boca, que se llena de saliva. Tu mano lleva el ritmo de la mamada que te estoy dando, en tiempo récord, porque estás cachondo pero no olvidas que tienes la próxima clase en cinco minutos. Me obligas a aumentar el ritmo. Tu polla está dura, gorda y empapada de mi saliva. Para acelerar las cosas, sujetas mi cabeza con ambas manos y yo me dejo hacer. Comienzas a follar mi boca sin contemplaciones. Los sonidos de tu polla invadiendo una y otra vez mi boca llenan el pequeño vestuario. Yo me agarro como puedo a tus piernas y me siento poderosa. Siento lo cerca que estás de correrte en mi boca y muevo como puedo mi lengua, intentando provocarte más allá de lo que ya estás. Me sujetas algo más fuerte y entre gruñidos y gemidos me avisas que te vas a correr. Siento cómo explotas en mi boca, con un chorro caliente y certero que se estrella en mi paladar. Continúas agarrándome con la misma fuerza mientras sigues corriéndote dentro de mi boca. Hago el movimiento de tragar sabiendo que sentirás cómo se contrae mi garganta, y tu polla da un saltito, indicándome que este ha sido el primer asalto pero desde luego no el último.
Sacas tu polla de mi boca y unas gotitas caen por mi barbilla. Me miras con lascivia y ves cómo, con dos de mis dedos, esparzo tu leche por debajo de mi barbilla y por mi cuello. Me levanto a toda velocidad y cojo tus dedos. Los llevo bajo mi faldita y hago que compruebes lo mojada que estoy. Empiezas a moverlos pero pareces pensarlo mejor. Con pesar, apartas tu mano y acercas tus labios a mi oído. "Tengo que ir a clase. Dame tus braguitas y espérame a la salida". Inmediatamente me bajo las braguitas y te las entrego. Con una sonrisa excitada, te las guardas, me das un beso casi al vuelo y me pides que espere unos minutos antes de salir. Tengo que saltarme la siguiente clase porque llego demasiado tarde.
Siento el frío aire sobre mi coñito cuando salgo a la calle al final de las clases. Veo cómo te montas en el coche y recibo un mensaje. Me mandas una ubicación y veo en google maps que está a menos de 500 metros. Hacia allí me dirijo cada vez más excitada. Cuando llego, me haces gestos para que me suba rápido y sales del aparcamiento a toda prisa. Me pongo el cinturón y tu mano se coloca sobre mi pierna, subiendo poco a poco mi falda. Estoy tan mojada que cuando tu dedo se mete en mi coñito, se escucha un pequeño chapoteo que me hace sonrojar. En un semáforo me besas al tiempo que comienzas un metesaca lento y profundo que me tiene hipnotizada. Aparcas frente a lo que supongo que será tu casa, y abandonas tus caricias para maniobrar con el coche. Me tapo con la falda y espero a que me digas qué quieres que hagamos. Te inclinas y me besas, más tranquilo ahora que estamos más lejos de la facultad.
Bajamos del coche y hasta que no estamos en el ascensor, no vuelves a tocarme. Metes tu dedo corazón en mi coñito de nuevo mientras me comes la boca. Te gusta que me quede algo más pasiva al principio, imagino que la emoción de la conquista y la perversión de llevarte a una alumna a casa es bastante erótico.
- ¿Quieres subir nota, putita? —preguntas mientras entramos en tu casa, mis manos ya desabrochando mi falda y mi camisa mientras asiento poniendo cara de viciosa—. Desnúdate.
Dejo caer mi falda y tiro la camisa. Desabrocho mi sujetador y te lo tiro juguetonamente. Me he quedado solo con las medias hasta medio muslo y los zapatos de tacón, pero no hago nada por quitármelos, sé que te gusta verme así. También me he recogido el pelo en una coleta alta antes de ir a tu encuentro porque sé lo cachondo que te pone.
Me observas prácticamente salivando. Cruzas la pequeña distancia que habías dejado para que me desnudara y una de tus manos va directa a mi coñito, tu dedo corazón ya preparado para darme placer, y la otra acaricia mi pecho, frotando el pezón hasta que lo tienes duro y necesitado de tu lengua. Sacando tu dedo de mi coñito, lo metes en mi boca y lo chupo con gusto, me gusta reconocer mi sabor en tus dedos.
Me llevas hasta el sofá y me haces sentarme allí, medio recostada, con las piernas muy abiertas. Antes de nada, abres la puerta del ventanal que hay justo enfrente y una ligera brisa eriza mi piel. Te arrodillas frente a mí y empiezas a pasar tu lengua por mi pubis, mis ingles hasta que por fin apresas mi clítoris con tus labios y empiezas a succionar. Gimo escandalosamente alto, mis manos sobre tu cabeza, acariciando tu pelo. Abro los ojos y veo que mientras habías ido quitándote los pantalones. Separas tu boca de mi coñito para quitarte la camiseta y te quedas por fin desnudo para mí.
- Quiero más, profe —te digo, poniendo morritos y agarrando mis pechos para pellizcar mis pezones mientras sigues dedicado a comerme—, por favor...
Vuelves a comerme el coño con ese ansia que utilizas siempre, me vuelve loca tu método. Te levantas y tiras de mis manos para levantarme contigo. Te acercas al ventanal que habías dejado abierto antes y colocas mis manos sobre el borde. Te colocas detrás mío y acercas tu polla a mi entrada. Me das un toquecito con los dedos en el clítoris, provocando un nuevo estallido de gemidos. Tienes tu polla en mi entrada, una de tus manos agarrada a ella, dirigiéndola. Con la otra me agarras por el hombro con fuerza y sé lo que se avecina. Empiezas a meter tu polla con fuerza, haciéndome sentir completamente ensartada, llena de tu polla. Noto tus huevos chocar contra mi culo y se te escapa un gruñido. Colocas la mano que dirigía tu polla en la base mi espalda y haces que me incline un poco. De esa forma, la parte superior de mi cuerpo queda fuera de la ventana, expuesta a cualquier vecino que quiera asomarse en ese momento.
- Ah… mmmmmmmm… sí… ¿te gusta follarme así, profe?
- Me pones muy burro cuando llevas esas falditas de puta a clase —me das un cachete en el culo—, por eso ahora voy a tener que darte —empiezas a sacar tu polla para coger impulso— toda mi polla —me la metes de nuevo hasta el final, haciéndome casi gritar de placer— una —vuelves a sacarla— y otra —la metes un par de veces con fuerza— y otra vez...
Gimo sin poder contenerme, me estás follando duro y fuerte, sin parar, a un ritmo imposible, jadeando en mi cuello, manoseando mis tetas una y otra vez, bajando tu mano y frotando mi clítoris, haciéndome estallar mientras grito, gimo y sollozo que me corro para todo tu patio de vecinos.
Me sujetas en el sitio mientras me corro y acaricias mi espalda suavemente, dejando que me relaje. Dejas salir tu polla de mi cuerpo y con suavidad me diriges al sofá de antes. Me tumbo boca arriba y te miro con cara de viciosa, como te gusta que haga a veces en clase.
Te tiras prácticamente sobre mí, besándome con hambre, recibiendo mis besos, mis mordiscos, mientras tu polla está palpitando entre nuestros cuerpos. Bajo mis manos y las dirijo a tu polla, llevándola hacia mi coñito. Me acaricio con ella y me pides que me la meta. Sigo besándote y acariciándome con tu polla sin hacerte caso. Tus manos acarician mis pechos, pellizcando mis pezones, bajas tu cabeza hacia ellos y empiezas a mordisquear uno de mis pezones mientras tu otra mano baja hasta mi pierna y, agarrándome por la corva, subes mi pierna para facilitar la entrada de tu polla. Decido complacerte por fin y empiezo a meter tu polla en mi coño lentamente. Prácticamente gruñes mientras sigues mordiendo mi pezón. No dejo que entre entera, la dejo ahí quieta y mis manos van a tu trasero. Ese trasero que fue lo primero que me gustó de ti, tan durito por tu afición al running y a los partidos de pádel con los amigos.
Agarro tu culo con mis manos y empiezo a presionar, pidiéndote sin palabras que me folles de nuevo. Tu boca se separa de mi pecho y empiezas a bombear dentro de mi coñito, primero con lentitud, profundamente, sacándola hasta la mitad para volver a metérmela con un golpe seco de cadera, llenándome de nuevo mientras me dices lo mucho que te gusta tener a tu alumna más puta así, abierta de piernas para que su profe se la folle como se merece, como una buena puta, como te gusta, a que sí, putita, a que te gusta… Acerco mis dedos a mi boca y los chupo mientras sigues diciéndome lo mucho que te gusta follarte a la más puta de tus alumnas. Llevo uno de mis dedos a la entrada de tu culito y empiezo a acariciarlo en círculos. Al principio, contraes los músculos, pero me dejas continuar. Consigo meter la primera falange de mi dedo y como ‘recompensa’ empiezas a bombear más rápido.
- ¿Te gusta que te meta el dedito en el culo, profe?
- Ahora te voy a meter yo a ti otra cosa…
- Mmmmmmmm… síiiii… pero primero haz que me corra...
Sigues follándome cada vez más deprisa, subo mi cadera para encontrar la tuya, me tienes desatada, estamos sudando y jadeando, nuestros cuerpos acoplados, en perfecta sincronía, cuando meto mi dedo todo lo posible en tu culo y siento como empiezas a follarme con embestidas completamente fuera de control. Pellizcas uno de mis pezones con fuerza cuando empiezo a correrme como una perra en celo y te corres con fuerza dentro de mí, llenándome con tu leche, marcándome como tuya. Dejas caer tu cuerpo sobre el mío y saco mi dedo de tu culo, dándote un azotito por el camino.
- Joder, cada vez que follamos me haces ponerme más guarro… —y me das un beso lento y profundo—. Me has dejado vacío.
Nos vestimos bastante relajados y en la puerta nos despedimos, besándonos como adolescentes mientras manoseas mis pechos de nuevo, “joder, creo que voy a soñar con tus tetas” y riéndome por tu comentario bajo por las escaleras deseando que llegue mañana para volver a verte en clase.
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