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martes, 2 de octubre de 2018

Paula y Eric: Primera vez

Nunca me habían desnudado tan rápido...

Buenos días!!


Ese era el mensaje que me estaba esperando cuando me desperté a la mañana siguiente.

Puedo inventarme algo para no ir a trabajar


Te desnudaría mucho más despacio esta vez

Buenos días guapísima!

Te invito a un café si te da tiempo...

Adjuntó su ubicación.

En 15min estoy allí!

Me lancé a la ducha y salí volando de casa. La cafetería en la que estaba me pillaba justo al lado del trabajo, así que hice el mismo trayecto de todos los días. Mientras aparcaba la moto, la busqué dentro de la cafetería y me quedé mirándola, asombrado. Se había propuesto matarme, eso estaba claro. Desde luego, así es como iba vestida, para matar. En plan secretaria sexy, la viva imagen del sexo. Joder.

El sitio estaba repleto de gente a esas horas. Entré y me dirigí hacia ella, estaba de pie delante de una mesa alta. Me acerqué rápidamente y la sujeté de la cintura, sintiendo la suavidad de su camisa pero pensando sólo en el tacto de su piel. Me di cuenta de que estaba hasta nervioso. Aunque me había propuesto darle un beso de tornillo, no quise pasarme de listo y empecé a darle dos besos. Se dejó hacer, con una sonrisilla, y cuando iba a separarme ligeramente de ella, me agarró de la nuca y me dio uno de los besos más húmedos y más sensuales que me habían dado nunca. Me dejó prácticamente jadeando. Sin separarse de mí, dijo:

- Te habrás dado cuenta, ¿no? ¡Hoy no tengo que ponerme de puntillas!

Y dobló su pierna hacia atrás, mostrándome los tacones que llevaba y, de paso, llamando la atención sobre sus piernas enfundadas en unas medias negras transparentes.

- Sólo llegan hasta el muslo, por si te lo estabas preguntando...

- Te has propuesto matarme, ¿verdad?

- Es que no me pareció justo lo de ayer, Eric. Hiciste todo el trabajo. Así que pensé en invitarte al menos a un café... -se sonrojó de esa forma tan dulce y sexy a la vez- bueno, y así nos veíamos.

- Vaya, y yo que esperaba otro tipo de retribución.

Se puso aún más colorada y empezó a decir algo, casi atascándose con las palabras, pero no la dejé hablar. Puse mi mano sobre sus labios y me acerqué todo lo que pude a ella. Era cierto que hoy no tenía que ponerse de puntillas para besarme, pero seguía teniendo que inclinar su cabeza cuando estábamos a esta distancia. Pequeñita y sexy como una diablesa. Una bomba, vamos.

- No hice todo el trabajo, como tú dices. Escribí algunas palabras. Y disfruté tanto o más que tú. Estoy deseando repetirlo pero en persona. Y esta mañana me despierto, veo tu whatsapp y me provocas una erección instantánea. Dices que me invitas a un café y apareces así vestida. Me parece que el lobo vas a acabar siendo tú...

Soltó una carcajada, se separó de mí y me hizo un gesto con la mano para que la esperase allí mientras se acercaba a la barra. Vi cómo intentaba recomponerse un poco y pidió un par de cafés a la camarera, que la atendió antes que al resto de personas que esperaba. Mientras le ponía los cafés, le comentó algo que la hizo reír.

Se acercó con los cafés muy despacio, para no derramar ni una gota. La dejé acercarse para disfrutar de la vista que me brindaba y vi que la camarera nos observaba sin disimulo. Supuse que sería su amiga y que me había citado aquí para "enseñarme" a su amiga.

- ¿Qué te apetece para comer?

- Pensé que eso ya lo habíamos hablado. Tú.

Me lanzó una mirada que, sin decirlo, me mandaba ponerme serio. Pero nunca he sido de obedecer a la primera.

- Ya sabes a qué me refiero, tontito.

- Y tú ya sabes a qué me refiero yo, tontita.

- Verás tú, el listo... -y volvió a alejarse hacia la barra. Esta vez se entretuvo un poco más hablando con la camarera y ambas me miraban sin disimulo. Hice un gesto de saludo que las hizo reír un poco más.

- Te he traído tostadas con aceite y tomate. Desayuno saludable, que hay que empezar bien el día. Y si no te gustan, ¡te aguantas! ¡No haberte puesto en plan difícil!

Mientras desayunábamos, dejamos un poco de lado el intercambio de insinuaciones y dobles sentidos. Intenté contestar en serio las preguntas que me hacía, creo que era una especie de entrevista para ver si cumplía sus expectativas. Me gustaron las respuestas que ella dio a mis preguntas, pero no podía dejar de distraerme mirándola. Su simple presencia me tenía muy excitado.

Sin pagar, nos fuimos. Ya lo tenía ella solucionado, me dijo.

- ¡Así que eres motero de verdad! Y yo que pensaba que era una pose...

- No suelo cargar con el casco sólo para impresionar a chicas guapas.

- ¿Me darás una vuelta un día?

No quería despedirme tan pronto.

- Ahora si quieres... ¡te acerco al trabajo!

- Estaría bien, pero no creo que vaya vestida para la ocasión —comentó señalando la falda ajustada que llevaba—... ¿Me puedo guardar la invitación?

Me dio un beso a medio camino entre la mejilla y el labio. Se sonrojó profundamente de nuevo. Suspiró y riéndose me dijo:

- Es que soy un poco torpe...

Esta vez sí, me dio un beso en los labios. Corto, seco, pero empezaba a resultarme familiar su forma de despedirse. Miré como se alejaba, se giró, me pilló mirándola y me lanzó un beso.

Llegué tarde, tardísimo a trabajar, pero mereció la pena. Todo lo que tiene que ver con Paula merece la pena.


Mi amiga ha quedado impresionada

Vaya... y yo que quería impresionarte a ti

A mí ya me habías impresionado!

Pero puedo seguir intentándolo, no?

Claro ;)

Qué tal el día?

De puta madre

He desayunado con un pivón

Y luego me he pasado el día soñando contigo

O eres real?

Si eres real, era pensando en ti

Jajajaja

Truquitos, truquitos...

Qué haces ahora?

Acabo de llegar de trabajar

Iba a ducharme

Espérame y te froto la espalda

Sexting de nuevo?!

A las 7 de la tarde?!

Jajaja no sabía que había un horario para el sexting

Yo tampoco! Jejeje

Te dije que me habías desvirgado...

Vale, no sexting, entonces

Quiero estar presente la próxima vez que te desnudes para mí

Y cuándo quieres que sea esa próxima vez?

Ya

Ahora

Ven

O voy yo

Pero dime que podemos vernos un rato...

Mi amiga va a tener razón

En qué?

Dice que eres un conquistador, un bajabragas...

Jajajaja

Se intenta... (carita con gafas de sol)

Dónde quedamos?

Quieres venir a mi casa?

Ponte pantalones y luego te llevo en moto!

Ok

Mandé mi ubicación y justo después me di cuenta de que no había sido muy caballeroso que digamos.

Si lo prefieres, puedo pasarte a buscar!

No te preocupes!

Me doy una ducha y voy!

No me había dicho cuánto tardaría, así que me metí a la ducha a toda velocidad. Me sequé un poco por encima y me puse a cambiar las sábanas. Tenía intención de meterla en mi cama y quería que sintiera la frescura de sábanas nuevas. Recogí como pude rápidamente, con el volumen del móvil a tope, por si me llamaba o escribía. Después de hacer la cama y dejar la habitación presentable, limpié el baño. La cocina ya estaba limpia, así que adecenté como pude el cuarto de estar.

Me había puesto unos vaqueros y una camiseta de manga corta, algo normal y rápido de quitar cuando fuera necesario. Miré el whatsapp cada minuto, pero nada, no decía nada. Su última conexión era cuando habíamos hablado. Ya había pasado más de una hora. No sabía si debería escribirla, no quería parecer pesado e impaciente. Igual se había arrepentido. Esperaba que no, pero decidí esperar otra media hora, más o menos, para darle un poco más de tiempo.

Mientras pasaba ese rato, busqué algunos catálogos de comida a domicilio que tenía por casa, imaginango que cenaríamos algo, y los dejé encima de la mesa del salón. La décima vez que miré el whatsapp, entró una llamada. Era ella, al fin.

- ¡No me has dicho cuál es tu piso!

Me asomé a la ventana y allí estaba, llevando de nuevo uno de esos leggins que tan bien le sentaban. Un abrigo rojo y una bolsa negra completaban su atuendo.

- ¿Qué llevas en la bolsa?

Empezó a reírse y a mirar en todas direcciones. Abrí la ventana, sintiendo el frío de inmediato. Cuando por fin me vio, se dirigió, algo indecisa, hacia el portal de mi casa.

- ¿Me vas a decir qué piso es o tengo que llamar a todos hasta que alguien me abra?

- Es el portal 14, justo enfrente de donde estás. 3ºC.

- Así que eres el vecinito del tercero, ¿eh? Ya sabes lo que dicen...

- ¿Qué dicen?

- Que las trae a todas loquitas...

Y al tiempo que colgaba, llamó al telefonillo. Abrí sin preguntar y esperé con la puerta abierta de par en par. Subió por las escaleras en vez de coger el ascensor y me pilló casi desprevenido.

- ¡Qué silenciosa!

- Sí, como un ninja... —me contestó riéndose.

Calló la que iba a ser mi respuesta con un beso. Mis manos rodearon su cintura, arrastrándola para que entrara en mi casa, al fin. Cerré la puerta y la apoyé contra ella, pero se escabulló de mi trampa.

- ¿Dónde está la cocina? He traído el postre, ¿te gusta el brownie? Oye, no serás alérgico a algo, ¿no? Joder, tenía que haberte preguntado antes...

- No, no soy alérgico a nada, me encantan los brownies y me encanta que me hayas traído uno. ¿Dónde lo has comprado?

- ¿Que dónde lo he comprado? ¿Pero quién te piensas que soy? ¡Lo he hecho yo!

- Así que aparte de sexy y provocadora, sabes hacer brownies.

- Pórtate bien y luego te dejo probar mi brownie...

Riéndose por el juego de palabras, dejó el brownie en la encimera y se volvió para mirarme con esos ojos brillantes que me tenían embelesado. Me ofreció su mano y la cogí con galantería. La dirigí al cuarto de estar primero, aunque me moría por tenerla en mi cama.

- Puedes dejar el abrigo donde quieras.

Dudó unos segundos, pero se bajó la cremallera con decisión y se lo quitó sin dejar de mirarme. Definitivamente, se había propuesto matarme.

- ¿Esa mirada significa que te gusta? -preguntó, coqueta.

Si el otro día había llevado un discreto jersey ancho con leggins, hoy llevaba un jersey muy ancho también, pero de discreto no tenía nada. Era completamente transparente, debajo se veía claramente el sujetador negro de encaje que apenas ocultaba sus pezones. Me resultaba imposible dejar de mirarla. O cerrar la boca. Y ya de articular un pensamiento coherente, mejor no hablamos.

Sonrió inocentemente, sabedora del efecto que me había causado, y se fue al sofá, atrayéndome hacia ella. Se sentó sobre su propia pierna, doblada bajo su cuerpo, y yo me senté a su lado, esforzándome por encontrar un piropo que hiciera justicia a lo que mis ojos estaban disfrutando.

- ¿Querías que pidiéramos comida? Vaya, y yo que pensaba que iba a ser el plato principal... -dijo poniendo morritos, como si estuviera disgustada.

Hasta ahí aguanté antes de lanzarme sobre ella. Si soy sincero, creo que resistí bastante. La acerqué a mí y empecé a besarla por fin. Maniobré con sus piernas (con su ayuda inmediata) para colocarla a horcajadas sobre mí y el gemido que emitió cuando restregué su cuerpo contra mi polla me puso aún más burro de lo que estaba.

Como os había contado, Paula era una chica normal. Excepto en las distancias cortas, que se convertía en una diosa y me hacía perder totalmente la cabeza.

Dejé sus labios momentáneamente para recorrer su cuello, aprendiéndome su aroma. Sus gemidos y pequeños grititos no eran eróticos en sí, para nada como en una película porno. Lo que era increíblemente erótico era su forma de dejarse ir, de disfrutar, de entregarse a mí.

Se quitó el jersecito que tan poco ocultaba y lo tiró al suelo. Y allí estaban sus pechos, frente a mí. A unos centímetros de mis labios. Coloqué mis manos con suavidad justo debajo, sopesándolos. Con el pulgar, hurgué dentro de la tela buscando su pezón, que reaccionó de inmediato y me saludó sin dilación. Usando el mismo pulgar, lo liberé de su prisión de encaje y allí quedó, frente a mí, llamándome a gritos. Lo rodeé con mis labios y lo golpeé varias veces con mi lengua. Eso pareció gustarle especialmente a su dueña, que acabariciaba mi pelo y en ese momento, mientras agarraba unos mechones con algo más de fuerza, se estremeció y empezó a frotarse más rápido contra mí. Le di un mordisquito a ese pezón tan juguetón, con más ganas que fuerza, y liberé el otro pezón para darle un tratamiento similar.

Paula se inclinó sobre mí y acercó sus labios a mi oreja.

- Para, cabrón, que vas a hacer que me corra...

Si en ese momento ya la tenía bastante dura, esa frase hizo que me palpitase. Con una mano sujeté sus muñecas a la altura de su espalda, haciendo que se arqueara un poco más y me ofreciera sin tapujos esos pechos tan deliciosos que tenía. Al mismo tiempo, le daba golpecitos de cadera, mi polla a punto de explotar sintiendo claramente su calor, su humedad. Uno de sus pezones entre mis labios y el otro entre mis dedos. Me volvía loco que se entregara de esa forma a mí.

Sus gemidos constantes ya eran una indicación, pero cuando empezó a botar sobre mi polla, quedó claro que estaba a punto y, buscando su orgasmo, incrementé la intensidad de mis caricias. Mis dientes rodeaban su pezón, apretando ligeramente, cuando la sentí correrse, diciendo mi nombre entre gemidos.

Me dirigió una mirada ardiente. En su cara se reflejaba el placer intenso que había sufrido. Imagino que en la mía se veía la lujuria que seguía sintiendo. Solté sus muñecas y rodeó mis hombros de inmediato con sus brazos, besándome con más dulzura esta vez. Bajó sus manos a mi vaquero y antes de que pudiera darme cuenta mi polla estaba ahí, entre nosotros. Se deslizó hasta quedar arrodillada en el suelo y sin esperar más, empezó a chupármela. Si yo ya me encontraba en un punto de no retorno, sentir sus labios, su lengua, su boca envolviéndome la polla, sus manos acariciando muy ligeramente mis huevos... ufff... Sé que es un gesto terriblemente machista, pero coloqué mi mano en su cabeza para sentir así sus movimientos de arriba abajo, y se dejó hacer. Hice una ligera presión de prueba y Paula dejó que mi polla entrara un poco más en su boca. En ese momento me dije que por probar, no iba a pasar nada, así que volví a presionar ligeramente, y ella, Paula, mi diosa particular, volvió a conseguir que entrara otro poquito más. Me tenía jadeando. Tenía casi mi polla entera en la boca, se ayudaba con una mano sujetando la base, subiendo y bajando sus labios. Volviéndome loco de placer.

- Paula, voy a...

Pasó con suavidad sus dientes por mi piel, haciendo que me estremeciera, acercándome aún más al orgasmo. Bombeó mi polla con su mano suave y delicada, esperándome con la boca abierta y la lengua ligeramente fuera. Esa visión, más erótica que cualquier escena porno que hubiera visto nunca, me hizo estallar y me corrí con fuerza. El primer y glorioso chorro cayó en su lengua y sus labios, y los siguientes en sus pechos. Estaba aún más preciosa manchada con mi semen.

No podía ni moverme.

- Creo que me has dejado sin fuerzas...

Soltó otra carcajada, no sé cómo pero su risa cada vez me sonaba más sexy.

- Será mejor que vaya a limpiarme, ¡mira cómo me has dejado! -dijo guiñándome un ojo, con una sonrisa que amenazó con ponérmela dura de nuevo.

Lo que hizo que se me pusiera como una piedra de nuevo fue verla recoger una gota de mi leche de su pezón y chupar su dedo con lujuria, mirándome directamente a los ojos. Se le escapó otra carcajada al ver mi cara y se marchó en busca del baño.

Cuando volvió, ya con el sujetador colocado y limpia de mi leche, yo había conseguido al menos metérmela dentro de los calzones, aunque seguía con el pantalón desabrochado. Me miró con una sonrisa burlona.

- Bueno, ¿cenamos o qué? ¡Me muero de hambre!

Se puso a hojear los catálogos sin parar de hablar. Yo asentía a todo lo que decía. Escogió una pizzería y llamó para pedir la cena. Luego se sentó a mi lado con las piernas cruzadas y hablamos (creo que con algo más de coherencia por mi parte, al menos podía hacer frases enteras) sin parar. Llamaron al timbre y se levantó con naturalidad, habló un par de segundos con el repartidor por el telefonillo y le abrió la puerta del portal. Se me nubló la mirada por completo al escucharla decir que fuera subiendo, que ya estaba abierto, y espeté:

- ¡No vas a abrir así!

Nada más decirlo, odié el tono de voz que había empleado. Autoritario, celoso, como si ella fuera de mi propiedad. Me levanté, inmediatamente arrepentido de mi elección de palabras, y en su mirada vi que había metido la pata. Me observaba con frialdad, sopesándome. Con una ceja levantada, esperando una explicación.

- Joder, lo siento. Soy gilipollas. Me he expresado mal. Es sólo que no quiero que nadie pueda verte así, con ese sujetador tan sexy, con tan poca ropa, tan guapa, sólo quiero verte yo así...

Su mirada se suavizó un poco y no debió parecerle del todo mal mi explicación, porque me dio una palmadita en el culo y me puso un billete de 20€ en la mano para que pagara.

Abrí la puerta al repartidor, preocupado por la cagada que acababa de hacer, aunque algo aliviado por esa última mirada. Cuando llevé la pizza al cuarto de estar, Paula no estaba, imaginé que estaría en el baño. Fui a la cocina a coger el cortador de pizzas y unos vasos.

- ¿Qué te apetece beber? -dije en voz alta, sabiendo que me escucharía. Mi casa no es muy grande. Tanteando el ambiente, a ver si seguía enfadada.

- Agua, gracias -me contestó, mucho más cerca de lo que yo pensaba-. ¿Sabes que no tienes pijama?

Se había puesto una de mis camisetas y se había quitado los leggins. Llevó su mano a mi bragueta abierta murmurando algo de estar más cómodo, pero yo sólo podía pensar en sus manos dirigiéndose a mi polla, mi imaginación hizo el resto y se me puso dura de nuevo. Cuando me medio obligó a quitarme el vaquero, mi calzoncillo era una tienda de campaña. Se empezó a reír y me preguntó:

- ¿Tú qué pasa, no necesitas coger fuerzas? Venga, vamos a cenar, dame esos vasos y recuerda que ibas a coger agua. ¿Qué vas a beber tú? ¿También agua?

Asentí mientras la miraba alejarse. Aproveché para echar un buen vistazo a sus piernas. En teoría, normales. En la práctica, como todo en Paula, de infarto. Era el conjunto lo que resultaba tan explosivo.

Me gustó verla tan natural, con una de mis camisetas y un tanga negro de encaje que conseguí entrever cuando se sentó de nuevo con las piernas cruzadas. Se la veía agusto. Me gustaba escucharla reír.

- Oye, Eric... -se puso algo más seria- No quiero que pienses que esto lo hago con cualquiera. Que no nos conocemos de nada, pero es como si en realidad sí que te conociera, ¿sabes a qué me refiero? Ya te lo dije el otro día, no soy facilona. No sé qué me pasa contigo, que me descolocas, y me haces perder, literalmente, la ropa -aquí se le escapó una carcajada que delataba su nerviosismo y sentí la necesidad de besarla, de barrer de golpe sus inseguridades.

- Ya que nos ponemos sinceros... quiero pedirte perdón por lo de antes, he sido un gilipollas integral, espero que puedas perdonarme.

- No te preocupes, está olvidado.

- Ya, pero quiero explicarte. Siempre he odiado a los tíos que les dicen a sus parejas lo que pueden o no hacer o decir. Pero tú a mí también me descolocas, Paula. Como ahora, te veo con mi camiseta y sólo puedo pensar que eres la mujer más bonita del mundo, y no quiero que nadie pueda verte así, ¡y mucho menos con el sujetador tan sexy que llevas!

- Te equivocas.

- Lo sé, sé que no tengo derecho a ser posesivo, que es prepotente por mi parte, de verdad que...

- Eric, para. Te equivocas en lo del sujetador, ya no lo llevo. Me lo quité para estar más cómoda. Y sólo me has dicho, aunque en un tono equivocado, que no saliera a abrir en sujetador. La verdad, me hubiera sorprendido que no te hubiera importado.

Y con esa sonrisa tan cálida que tiene, olvidó mi cagada y me dio otra imagen para el recuerdo. Con mi camiseta y sin sujetador. Ya sólo podía pensar en sus pechos, obviamente.

- Por cierto, hay otra cosa que me has dicho que no es verdad. No somos pareja.

- Lo sé, joder, qué tarde llevo... no quería sonar presuntuoso ni posesivo, era una forma de hablar...

Me interrumpió, con una sonrisa burlona.

- ¿Pero tú quieres o no quieres?

- ¿Me estás pidiendo salir?

- Esperaba que me lo pidieras tú, pero como no te arrancabas...

La miré sin saber realmente por dónde salir, no sabía si debía disculparme de nuevo. En realidad, yo quería que fuera mía. Al parecer ella también lo quería, quería que fuera suyo. Pero no sabía si decirlo ahora sería lo apropiado, igual pensaba que sólo se lo decía porque parecía que ella lo había insinuado.

- Déjame que te lo pida bien...

Volví a taparle la boca con mi mano, igual que esta mañana. Me acerqué todo lo que pude y deslicé mi otra mano debajo de la camiseta que llevaba. Su piel se erizó de inmediato al sentir mis caricias. Sus ojos me retaban aún sin palabras. La empujé ligeramente sobre el sofá y aparté mi mano de sus labios, esperando que no dijera nada. Parece que entendió mi juego porque, sonriendo, se dejó hacer. Subí la camiseta y se la saqué por la cabeza con delicadeza. La tenía prácticamente desnuda tumbada en mi sofá.

- Eres un sueño húmedo -dije, antes de empezar a lamer sus pezones de nuevo.

Cuando los tenía muy duros y muy húmedos de mi saliva, me tumbé sobre ella y la besé. La besé con todo lo que tenía, quería dejarla muda. Mi polla encajó sin problemas en su sexo, sólo la tela de nuestra ropa interior separándonos.

Tomando la iniciativa de nuevo, deslizó mi calzoncillo un poco, lo justo para liberar mi polla. Apartó su tanga y empezó a acariciarse con mi polla. Estaba muy mojada, y me estaba volviendo loco. Pero no quería perder el control. Aparté sus manos mirándola a los ojos, pidiéndola permiso. Las colocó sobre mis hombros, preparada. Empecé a deslizar mi polla dentro de cuerpo, sintiendo cómo sus músculos se contraían, sujetando deliciosamente mi polla.

- Aaaahhhh, Paula...

Sus manos me urgían a metérsela hasta el fondo, pero no quería todavía. La saqué prácticamente entera, y me incorporé sobre ella. Ella intentó subir su cuerpo, consiguiendo así que la penetrara del todo. Pero no la dejé.

- Eric, ¡por favor!

- Me gusta que me lo pidas, pero aún no...

- ¿Por qué? Anda, por favor...

La metí un poco más y ella se arqueó con astucia, haciendo que mi polla se enterrara casi por completo en su cuerpo. Soltó un gemido que me haría pensar en ella cada noche. Era una diosa del sexo. Pero aún no podía dejarme ir. Volví a sacarla hasta que sólo mi capullo estaba dentro de ella.

- Tramposa...

Se rió entre dientes y volvió a arquearse, pero esta vez sabía lo que intentaba y no la dejé salirse con la suya, por mucho que yo quisiera lo mismo que ella.

- Primero... -empecé a decir.

- ¡No! De primero, nada. Necesito que me la metas, Eric...

Se la metí un poco como premio a su contestación y jadeó cerrando los ojos. Me incliné como pude, de una forma algo incómoda, y succioné su pezón, rodeándolo con mis dientes de nuevo, apretando ligeramente. Ella se arqueaba sibilina, intentando conseguir que mi polla la llenara de una vez.

- Paula, primero tengo que pedirte algo.

- Eric, no jodas, déjate de jueguecitos, luego hablamos, ahora métemela...

- Paula, ¿quieres ser mía?

Me mordió el hombro con fuerza y la penetré sin restricciones por fin. Duro, fuerte. Y parecía ser también lo que ella necesitaba porque con una mirada de lujuria acompañaba cada uno de mis movimientos. Sólo podía escuchar su contestación, repetida con cada uno de mis embites. 'Sí, sí, sí, sí, sí, sí'. Nuestros cuerpos se habían acoplado perfectamente, nos movíamos al mismo ritmo, a un ritmo de locura, sin dejar de mirarnos a los ojos, los suyos me estaban derritiendo. Hasta que, casi ida del placer, mordiendo el lóbulo de mi oreja casi al mismo tiempo que hablaba, murmuró 'córrete dentro, córrete ya'. Ni me lo pensé y me corrí dentro sin pensar las consecuencias, sin pensar en lo poco cuidadosos que habíamos sido. Luego me dijo que tomaba la píldora, y que tenía que habérmelo dicho antes. Pero en ese momento, estaba totalmente cegado por la lujuria que parecía que nos provocábamos mutuamente.

Nos quedamos en el sofá, jadeando con fuerza. No quería aplastarla con el peso de mi cuerpo, pero no podía levantarme. Cuando cogí algo de fuerza para incorporarme, me sujetó como pudo contra su pecho y seguimos en la misma postura. Estoy seguro de que era incómodo para ella, no podía estar agusto con todo mi peso sobre su cuerpo. Pero no sólo no se quejó sino que me abrazó más fuerte.


Cuando me desperté, estábamos tumbados de lado en la cama, lo que me sorprendió bastante, ya que ni siquiera recordaba cuándo nos habíamos ido del sofá. Su espalda estaba pegada a mi pecho y acaricié la curva de su cintura. La única prenda que llevaba era ese tanga negro que no llegué a quitarle antes. Anoche. Ni siquiera sabía qué hora podía ser. Quería levantarme sin hacer que se despertara, intenté maniobrar lo más sutilmente que pude, sacando mi brazo de debajo de su cuerpo. Pero no lo conseguí y empezó a desperezarse como una gatita al sol. Sonriendo, me dio un beso y se levantó con agilidad.

Se metió en la ducha a toda velocidad murmurando algo de un café, así que fui a prepararlo para que lo tuviera listo al salir. La estaba esperando con una taza de café caliente bien cargado cuando salió del baño, oliendo a mi gel de ducha, guapísima, gloriosa en el modo más terrenal posible.

Tomó la taza de mi mano con un educado gracias que no consiguió distraerme de su desnudez. La miré, sopesando el tiempo que teníamos. Su carcajada me hizo darme cuenta de lo descarado que estaba siendo.

- Venga, perezoso, que dijiste que me llevarías a casa... ¿O quieres que vaya a trabajar con el jersecito transparente?

La verdad es que esa posibilidad me hizo darme más prisa. Me metí en la ducha de nuevo a toda velocidad y cuando salí, estaba ya vestida y preparada. Me había partido un trozo de brownie para que lo probara, por fin. Joder, estaba buenísimo. Y ella también.

Bajamos por las escaleras, acoplándonos al ritmo del otro. Me gustó tenerla en mi moto, apretada contra mí, agarrándome muy fuerte en las curvas. La dejé frente a su casa, con su abrigo rojo y sus bailarinas, perdiéndose dentro del portal.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Marcos y Carlota (cuarta parte)

Sus manos cubrían mis ojos, moviéndonos de una habitación a otra con torpeza, ya que no saber qué sorpresa me tenía preparada me estaba poniendo nerviosa y eso hacía que mis movimientos fueran algo lentos e inseguros.

Esa sería nuestra última noche de vacaciones y Marcos solo me había dicho que quería darme una sorpresa, pero se había negado a darme ningún detalle más. Habían sido unas vacaciones estupendas, mucha playa, mucha tranquilidad, mucho deporte acuático, mucho sexo.

No sé si solo me pasa a mí o el resto de las personas torpes del mundo se pueden identificar, pero en los deportes acuáticos me favorece esa ingravidez que aporta el mar para tener movimientos más seguros, más certeros. Y para qué os lo voy a negar, a Marcos le pone muchísimo verme con un bikini haciendo deporte, cada vez más bronceada, con la piel dorada por el sol y brillante por la crema, así que nos pasábamos el día aprendiendo a coger olas y tonteando en el agua. Una caricia por aquí, un beso por allá. Vamos, que llevábamos quince días cachondos perdidos. Y cuando llegábamos al apartamento que habíamos alquilado, nos desfogábamos del calentón de todo el día. Siempre hemos funcionado muy bien en la cama, pero en estas vacaciones nos estábamos superando.

Sentí mis piernas chocar contra el pie de la cama y supuse que la sorpresa sería muy sensual. Retiró sus manos de mis ojos y las apoyó en mis caderas, esperando mi reacción. Sobre la cama había una camisa blanca de las que se atan sobre el ombligo, en plan colegiala sexy, y una faldita negra de vuelo que tenía pinta de ser bastante corta.

- Para mi sorpresa de esta noche, necesito que te pongas esta ropita...

No le dejé acabar la frase y me adelanté a decir:

- ¿De barbie cachonda? —solté entre risas.

Ambos rememoramos el día que nos conocimos y la primera vez que él había pronunciado esas palabras, haciéndome enfadar aunque tuviera algo de razón. Lo cierto es que yo ahora ya no me vestía de barbie cachonda y él había dejado de actuar como un chulo perdonavidas, pero a ambos nos gustaba recordarlo.

- Vas a estar muy sexy —dijo mientras empezaba a repartir besos por mi cuello y sus manos rodeaban mi cintura. 

- Sabes que tus deseos son órdenes para mí —le respondí, dándole más acceso a mi cuello, disfrutando de sus caricias mientras repetía esa otra frase que él utilizaba con frecuencia cuando quería ponerme cachonda.

Con un pequeño mordisco en mi hombro derecho, se apartó de mí y me dio una palmada en el culo. Se desnudó frente a mí, haciendo un baile ridículo que siempre utilizaba para hacerme reír y que me encantaba. Me plantó un beso en los labios y se metió en la ducha canturreando. Aproveché mientras se duchaba para preparar mi ropa interior y unas sandalias de tacón para completar el atuendo que Marcos había preparado para mí. Elegí un bralette de encaje blanco que hacía que se me transparentaran los pezones y un tanga a juego.

Me metí en la ducha antes de que él acabara y me pegué a su cuerpo, aspirando el aroma de su piel mezclado con el gel de ducha que ambos utilizábamos. Sus manos fueron derechas a mis pechos, caricias certeras y excitantes que consiguieron poner mis pezones duros en un par de segundos. Mirándome a los ojos, agarró el gel y vertió una generosa cantidad sobre sus manos. Las frotó entre sí y empezó acariciando mis hombros, bajó por mis brazos lentamente, sus caricias despertando mi piel. Después se centró en mis pechos, haciendo espuma con sus manos y amasándomelos, sopesándolos, pellizcando ligeramente mis pezones, haciendo que un pequeño gemido se escapara de mis labios.

Sus manos bajaron por mi vientre, rodearon mi espalda, bajaron a mi culo, masajeándolo con lentitud. Una de sus manos se dirigió a mi coñito y empezó a hacerme algunas caricias superficiales, mezclando el gel con mis flujos, ya que me tenía cachonda perdida. Su dedo corazón, como si tuviera vida propia, me penetró con familiaridad, buscando mi placer. Mis músculos se contrajeron sintiéndole dentro. Tenía los ojos cerrados, la cabeza caída hacia atrás, mis manos reposando en sus brazos, dejándome hacer. Su dedo salió de mí y sus manos abandonaron mi cuerpo, agarrando la alcachofa de la ducha para ir retirando la espuma que había ido creando con agua tibia. Una de sus manos me sostenía por la cadera mientras la otra dirigía la presión del agua, llegando a mi entrepierna. Con pequeños gestos me indicó que abriera un poco más las piernas y me dejé hacer. Siempre me entregaba por completo a él, sabía que podía hacer conmigo lo que quisiera.

Comenzó a dirigir la presión del agua contra mi coñito, golpeando mi clítoris con el agua y haciendo que me deshiciera de placer.

- Ummmmmmm... Marcos, qué rico... ahora solo me falta tu polla...

No me contestó pero sin dejar de dirigir el chorro de agua hacia mi clítoris metió uno de sus dedos en mi coñito. Mis manos se agarraban a sus hombros para no perder el equilibrio porque me temblaban las rodillas. Metía y sacaba el dedo buscando mi desahogo, sabiendo el ritmo y la presión exacta que necesitaba.

- Marcos, cariño... mmmmmmmmmmmm qué bueno pero... métemela...

Seguía sin contestarme, centrado como estaba en darme placer. Metió un segundo dedo y renuncié a pedir, ya que sabía que si había decidido que me corriera entre sus dedos no iba a cambiar de opinión. Tendría sus razones. Sus dedos cada vez entraban y salían de mí con más velocidad y la presión del agua sobre mi clítoris me estaba volviendo loca. Sentía cómo me acercaba al orgasmo, con fuerza. El metesaca de sus dedos era implacable y mis gemidos resonaban con fuerza. Dirigió su pulgar a mi clítoris al mismo tiempo que seguía ‘atacándome’ con el agua y me hice líquida para él, me corrí gimiendo su nombre y justo en ese momento aprovechó para apartar sus dedos y meterme su polla de un golpe, lo que hizo que encadenara mi orgasmo con otro de inmediato, todo mi cuerpo en tensión. Dejó que me calmara un poco, su polla dura como el acero dentro de mí, sus manos acariciando mis pechos con delicadeza, mi cara, apartándome el pelo, recorriendo mi costado, mis nalgas. Le besé con pasión, decidida a devolverle todo ese placer que me había brindado, pero salió de mí y me dijo que quería reservarse, me guiñó un ojo y salió de la ducha, agarrando su polla de forma relajada para que dejara de palpitar.

- ¡Qué tendrás preparado! —le dije mientras empezaba a esparcir champú por mi pelo. No me contestó pero le escuché reír entre dientes.

Salí de la ducha y me puse crema corporal. Me sentía bastante lánguida después del orgasmo en la ducha, pero Marcos me metió prisa, quería salir cuanto antes, por lo que decidí dejarme el pelo rizado y que se secara al viento. Cuando me puse la falda que Marcos había elegido, constaté que era bastante corta, quedaba por debajo de mis nalgas, destacando mis bronceadas piernas. La camisa era medio transparente y cuando Marcos vio el sujetador que había elegido sonrió como un niño con zapatos nuevos. Me besó, introduciendo su lengua en mi boca, jugando conmigo, presionando su erección contra mi vientre. Agarró mis manos y tiró de mí para que saliéramos de casa, se notaba que no iba a aguantar mucho más si nos quedábamos allí besándonos.

Mientras nos acercábamos al coche, aproveché para apreciar lo guapo que se había puesto. Llevaba una camisa de lino verde y unos vaqueros que le quedaban como un guante. Barba de un par de días y esos ojos color miel que me seguían teniendo hipnotizada. No conseguí que me contara el plan de esa noche, por lo que me dejé llevar sabiendo que sería algo muy placentero para los dos.

Había reservado mesa en un restaurante japonés que me encantaba. Disfrutamos de la cena, que acompañamos de un vino espumoso, nos dimos a probar comida uno al otro y Marcos me sorprendió regalándome un colgante en el que estaban nuestras iniciales entrelazadas. Me lo puse de inmediato sin poder borrar la sonrisa bobalicona que adornaba mi rostro y Marcos sonrió complacido al ver que había acertado.

- Pues yo no te he comprado nada a ti... Como normalmente celebramos nuestro aniversario desde el día en que nos fuimos a vivir juntos —me justifiqué, sintiéndome algo culpable por no haber tenido ningún detalle con él—…

- Como me lo imaginaba, tengo preparado un regalo que puedes hacerme. Pero eso será luego —me dijo subiendo y bajando sus cejas sugerentemente. Me eché a reír por su forma de querer controlar hasta los regalos que yo le hacía a él. Detrás de esa fachada de tipo duro se encontraba un osito de peluche que me mimaba hasta lo indecente, por lo que se merecía que le consintiera yo a él también de vez en cuando.

Pagamos la cuenta y salimos cogidos de la mano hasta llegar al coche. Cuando empezó a alejarse del centro, en dirección a una de las calas a las que habíamos ido estos días, le pregunté qué pretendía, pero se negó a resolver mis dudas. Aparcó lo más cerca que pudo de la cala, y aún así tuvimos que cambiar nuestro calzado por unos escarpines para poder bajar por las rocas. Marcos cogió una mochila y una nevera portátil, por lo que supuse que llevaría algo de bebida.

Cuando llegamos extendió una toalla gigante, tipo pareo y ambos nos descalzamos. Marcos sacó una botella de champán y un par de copas de cristal de la nevera.

- ¡Champán! ¿Qué celebramos? —le pregunté, ya que Marcos sabía que el champán era mi perdición.

- Que hace 6 años saliste de una discoteca por la puerta equivocada y me volviste loco con tus andares, tu carita de ángel y tus curvas —mientras decía esto, descorchó la botella de champán, empezando a servirnos una a cada uno—. Que esa noche decidiste confiar en mí y aceptaste venir a mi casa a cumplir mis fantasías eróticas. Que un año después aceptaste venirte a vivir conmigo y volviste mi vida del revés —me entregó una de las copas y colocó su mano libre sobre la piel de mi cintura, traspasándome su calor—. Que desde entonces sigues a mi lado, enamorándome con cada beso, cada mirada, cada broma cargada de sarcasmo y, no lo voy a negar, con cada mamada —aunque tenía los ojos empañados con lágrimas de emoción que pugnaban por salir, se me escapó una carcajada—. Quiero darte las gracias por hacer mi vida mejor cada día.

Me besó con fuerza, enredando su lengua con la mía. Cogió mi mano y me llevó hasta la toalla, donde nos sentamos de medio lado, muy juntos. Con languidez, empezó a desabotonar mi camisa. La apartó y yo la saqué por mis brazos, tirándola sin mirar dónde caía.

Marcos acercó su copa a mis labios, dejando caer unas gotas de champán sobre ellos. Separándola unos milímetros más, dejó caer un chorro sobre mi escote, mojando mi piel e impregnando la tela del sujetador. No conforme, volvió a derramar otro chorrito sobre mis pechos, empapando del todo esta vez el sujetador. Bajó su cabeza y empezó a perseguir las gotitas de champán que adornaban mi piel, recogiéndolas una a una. Acercó sus labios a mi pezón, visible a través del encaje y comenzó a succionarlo junto con el líquido que empapaba la tela. La sensación era indescriptiblemente placentera. Bebí un trago de champán y tiré de su cabeza delicadamente para que acercara sus labios a los míos. Le besé y su sabor estaba mezclado con el de la burbujeante bebida. Me sentía embriagada y no era precisamente por el alcohol.

Deshaciendo el beso, me pidió que me quitara la falda. Sin dudarlo ni un segundo, lo hice. Estábamos completamente solos, al ser una cala a la que hay que llegar bajando por unas rocas, no era un lugar al que la gente fuera por la noche. Imagino que eso también debía haber pensado Marcos y por eso la había elegido.

Me pidió que me tumbara y que me dejara hacer. Como si no le dejara siempre hacerme todo lo que le apetecía. Adivinando lo que estaba pensando, me dijo:

- Sí, ya sé que siempre me dejas cumplir mis fantasías… —ambos nos reíamos sin parar, mezcla del momento y del alcohol. Le vi rellenar la copa y acercarse a mi entrepierna. Flexionó ligeramente mis piernas y empezó a volcar el contenido lentamente sobre mi tanga. El líquido traspasó la tela y entró en contacto con mi coñito, que ya estaba receptivo de por sí, pero al sentir las burbujas dejé escapar un gemido de placer que supe que vendría seguido por otros muchos.

Se arrodilló entre mis piernas y empezó a succionar la tela y mi piel igual que había hecho con mis pechos. Si antes me había gustado, ahora me estaba encantando. Entre el orgasmo que me había regalado antes y las atenciones que me estaba prestando ahora, me tenía completamente deshecha. Empecé a sentir su lengua colándose entre mis pliegues, sus dedos apartando la tela, acariciándome también. Mis gemidos se escuchaban amplificados por el silencio de la noche, acompasándose a las olas que rompían en la orilla a escasos metros de donde nos encontrábamos.

Viendo en qué punto me tenía, Marcos se levantó con rapidez y se desnudó con movimientos precisos e impacientes. Estábamos dejando un reguero de ropa a nuestro alrededor.

Volviendo a ponerse entre mis piernas, comenzó a acariciarme el clítoris con su glande. No hace falta decir que con los preliminares que me había dedicado su polla estaba más que apunto. Pero el tanga nos estaba molestando. Así que Marcos, ni corto ni perezoso, dio un par de tirones y rasgó la tela de mi (precioso) tanga blanco de encaje. Una vez libres de impedimentos, apoyó una mano junto a mi hombro para sujetarse y con la otra dirigió su polla a mi entrada. Comenzó a penetrarme lenta pero inexorablemente, abriéndome para él. Nunca dejaría de fascinarme lo bien que encajamos físicamente. Él desnudo por completo, yo con el sujetador y el colgante que me acababa de regalar por única vestimenta.

Empezó a ir más deprisa, sus labios sobre los míos, respirando el uno en la boca del otro, un mordisquito casual de vez en cuando, mis manos situadas sobre su culo, instándole a darme más, más rápido, más fuerte, más, Marcos, más, por favor… Esa era mi retahíla cuando paró sus embestidas. Mi cuerpo gritaba, quería que siguiera, que siguiera buscando nuestros orgasmos, que me llenara de su leche, que continuara dándome placer.

- Carlota, ha llegado el momento de que me des tu regalo —me dijo con una sonrisita de medio lado que me encanta.

- ¡Lo que quieras! —le contesté—, lo que quieras, pero sigue… —como recompensa a una respuesta que le había gustado, movió su cuerpo sobre el mío haciéndome gemir y dejando que se le escapara un gruñidito de satisfacción.

- Es fácil… solo tienes que contestarme a una pregunta.

- Sí, Marcos, ya sabes que sea lo que sea, la respuesta va a ser que sí.

Su sonrisa iluminaba más que la luna en ese momento. No sé cómo no me di cuenta antes de lo que estaba intentando decirme.

- ¿Quieres casarte conmigo? —soltó de golpe, retándome con la mirada. A ambos nos parecía una gilipollez el matrimonio, por eso no nos lo habíamos planteado nunca hasta ese momento.

Empezó a mover su cuerpo de nuevo, follándome con fuerza, hasta el fondo, uniendo nuestros cuerpos hasta que éramos prácticamente uno. Tenía clara mi respuesta.

- Mmmmm… sí… sí… claro que sí —acompañé cada una de sus embestidas con una respuesta afirmativa—, sí, sí, sí, sí, sí, sí, ¡sí!

- ¡¿Sí?! —preguntó sin bajar el ritmo—, joder, Carlota, eres una diosa… aaaahhhhh… sí, vuelve a hacerlo, vuelve a apretarme dentro de ti… mmmmmmmmmmm…

Jadeábamos escandalosamente, sus manos rodeaban mi cara, se agarraban a mis caderas, anclándome a él, sus labios me besaban, me mordían, me exigían que diera todo y se lo daba, acompañando sus movimientos, apretando mis músculos internos para darle el mayor placer posible. Sudábamos champán y la humedad del mar se apreciaba en nuestra piel. Su polla me taladraba a una velocidad imposible y no podíamos dejar de gemir en la boca del otro. Cada músculo de nuestros cuerpos estaba en tensión, esperando la liberación que estaba tan cercana. Quería esperarle pero no podía aguantar más, así que le advertí que me iba a correr y susurró que él también, que no podía parar, que quería llenarme de su leche porque era una diosa, su diosa, y… no aguantó más y se corrió abundantemente dentro de mí mientras mis músculos sentían los espasmos del orgasmo y eso y sus palabras me hicieron subir al cielo. Sus gemidos de placer eran música para mí.

Se dejó caer hacia un lado, llevándome con él y acoplándome con su cuerpo, colocando su brazo bajo mi cabeza para que estuviera más cómoda. Nos quedamos uno frente al otro, abrazados, nuestra piel pegada por el sudor, la humedad y el champán. No podía dejar de sonreír. Él tampoco. Sus dedos no podían dejar de acariciarme y yo tampoco podía apartar mis manos de su cuerpo. Había sido una experiencia irrepetible.

Cuando me recuperé lo suficiente como para poder hablar le dije:

- ¿No podías habérmelo pedido en el restaurante como hacen los novios normales? —le recriminé en broma y se echó a reír, negando con la cabeza—. Claro que no, ¿desde cuando hemos hecho tú y yo algo como personas normales?

- Quería recrear esa primera noche. Aunque he sustituido el parking por esta calita, espero que no te importe que me haya tomado esa licencia poética.

- ¿Que si me ha importado que me prepares la cita más romántica y sensual de la historia?

Le besé sin poder dejar de sonreír y nos quedamos allí un rato tumbados, haciendo manitas, acariciándonos lentamente. Una ligera brisa comenzó a hacernos sentir incómodos con la temperatura, por lo que nos vestimos (yo sin tanga, ya que estaba completamente roto) y subimos por las rocas hasta el coche.

La mezcla entre el cansancio físico y el emocional nos hizo ir en silencio el camino de vuelta. Nos desnudamos y nos metimos en la cama todavía acariciándonos. Me di cuenta que no quería dejar de tocarle, de sentirle.

- ¡Já! Me acabo de dar cuenta de que vas a ser mío… ¡para siempre! —le dije, subiendo y bajando las cejas como un villano de película.

- ¡Já! Y tú vas a ser mía, preciosa… esa era la intención.

- Vamos a dormir ya, futuro maridito, estoy agotada.

- Sí, yo también, futura esposa. Por cierto, Carlota… ¿qué te parece si nos casamos dentro de un mes?

Para ser sincera, al principio pensaba que estaba bromeando. Pero al día siguiente en el viaje de vuelta a Madrid me explicó que lo decía totalmente en serio. Si a ninguno de los dos nos apetecía hacer la típica ceremonia ñoña seguida del previsible cocktail en el jardín y la aburrida cena en mesas redondas de diez personas, no teníamos por qué hacer tantos preparativos. Solo necesitábamos reunir a nuestras familias, los amigos más allegados y conseguir un juzgado o ayuntamiento que nos casara con tan poca anticipación. Una ceremonia íntima y una comida o cena con los más cercanos, algo sencillo.


Así que aquí estoy un mes y dos días después. En la parte de atrás de la limusina que hemos alquilado para ‘el día especial’, con el vestido largo y blanco arremolinado en torno a mis caderas sentada a horcajadas sobre Marcos y disfrutando de un orgasmo que no sé cómo voy a disimular cuando lleguemos ante nuestros invitados.

Pero eso pertenece a otro relato que ya os contaré más adelante.

Como siempre, espero vuestros comentarios y sugerencias.

Muchas gracias por leerme.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Marcos y Carlota (tercera parte)

TERCERA PARTE


Ésa era mi oportunidad de tomar el control. ¿Qué debía hacer? Me debatía entre despertarle chupándole la polla o meterme su polla y cabalgarle para darle los buenos días. ¡Difícil decisión! Decidí empezar chupándosela y luego ya veríamos que pasaba después…

Intenté zafarme de su abrazo para llevar a cabo mi plan pero me tenía agarrada con demasiada fuerza, ¡incluso dormido necesitaba llevar el control! Resoplé y me removí, pero con mis movimientos sólo conseguí que se abrazara más fuerte a mi cuerpo. Al darme cuenta de que no podría escapar de la cárcel de sus brazos, la situación empezó a parecerme bastante graciosa y sonreí. Una pequeña carcajada se me escapó, seguida de otra que intenté suprimir, y como siempre me pasa en esas situaciones en las que tienes que estar en silencio, empecé a reírme a carcajadas sin poder parar, aunque intenté ser lo más silenciosa que pude. Las carcajadas hacían que mi cuerpo se estremeciera y creo que eso fue lo que le despertó.

Se desperezó sin soltar mi cuerpo, aspiró el olor de mi pelo, inclinó su cabeza ligeramente y me dio un besito de buenos días en el cuello. Sus manos se dirigieron sin dilación a mis pezones, que ya estaban erectos, y con languidez se puso a pellizcarlos ligeramente, a acariciar mis pechos, parecía que quería memorizarlos. Mis pezones no podían ponerse más duros y sentí cómo su polla pegaba un pequeño saltito cuando acomodó su cuerpo para que pudiera sentirla contra mi culito. Era una sensación muy placentera, pero intenté zafarme, ya que mis planes eran otros. Aunque ya estuviera despierto, quería llevarlos a cabo igualmente. Me mantenía inmóvil con sus brazos y yo no estaba segura de si se daba cuenta de que quería moverme, así que le dije:

- Necesito que me dejes salir –seguí moviéndome, intentando alejar mi cuerpo del suyo para tener espacio y poder maniobrar, pero ignoró mis palabras y continuó acariciando mi cuerpo, que parecía querer ignorarme también, porque respondía a sus caricias como si tuviera vida propia.

Había acercado sus labios a mi cuello y lo estaba recorriendo con besos y mordisquitos que estaban consiguiendo que olvidara mi propósito… subía y bajaba por mi cuello sin descanso, sus manos ya tenían a su completa disposición mis pechos y su polla no podía ponerse más dura contra mi culito. Para mí, era cada vez más difícil pensar. Quería dejarme llevar, disfrutar de sus caricias y sus besos y ¡ay! De ese mordisquito que me acababa de dar en el lóbulo de la oreja como si hubiese adivinado que era uno de mis puntos débiles…

Una de sus manos bajó por mi estómago con unas intenciones bastante claras. En ese momento, por primera vez desde que le había conocido, me fijé en sus manos. Era raro que no me hubiera fijado antes, porque es una de las primeras cosas en las que me fijo en un hombre, pero imagino que los acontecimientos me habían distraído… Tenía unas manos muy sexys, grandes, con dedos largos y uñas cortas, algo ásperas de una forma extrañamente agradable, y muy habilidosas. Eso había quedado claro por la noche en la ducha. Muuuuuy claro.

Mientras yo divagaba, su mano había encontrado su objetivo y había empezado unas caricias suaves sobre mi clítoris que aumentaban de velocidad lentamente. Colocó uno de sus dedos en la entrada de mi agujerito y empezó a darme ligeros golpecitos para comprobar si estaba mojadita. Creo que no hace falta deciros que lo estaba, ¡vaya si lo estaba! Me tenía completamente doblegada, hacía lo que quería con mi cuerpo. Me rendí ante sus caricias, eché mi cabeza para atrás y la apoyé en su hombro, dejándole hacer, ladeando un poco mi cuerpo para que pudiera acariciarme a su antojo y abriendo ligeramente las piernas para disfrutar de lo que sus dedos me estaban haciendo.

Siguió acariciando mi coñito por fuera, haciéndome gemir mientras sus labios no se separaban de mi cuello. No había dicho ni una palabra, ni una sola desde que se había despertado, pero no hacía falta. Estaba acostumbrado a salirse con la suya, eso estaba claro. Lo que yo ya no tenía tan claro es si lo que yo había planeado habría sido mejor, porque estaba disfrutando enormemente de sus caricias.

Con un movimiento rápido, giró nuestros cuerpos, sin separarlos ni un segundo, colocándome boca abajo mientras él aplastaba mi cuerpo con el suyo contra el colchón. Apoyó sus manos a ambos lados de mi cuerpo y elevó ligeramente su cuerpo. Ahora seguía cubriendo todo mi cuerpo, pero yo ya no tenía que soportar su peso.

Giré mi cara y le miré. Estaba resplandeciente, sus ojos miraban con anhelo en dirección a mi culo, sus músculos estaban en tensión y sentía su polla acomodada entre los cachetes de mi culo. Bajó su cuerpo, apoyándose ahora solamente sobre uno de sus codos. No entendía el por qué de este cambio hasta que sentí cómo su mano me levantaba ligeramente agarrándose a mi cadera, que yo elevé para ayudarle, y situaba su polla a la entrada de mi coñito. Me metió la puntita y volvió a apoyarse sobre sus dos brazos. Al estar en esa posición, con mis piernas casi cerradas del todo, podía sentirle mucho más. Quería que me la metiera hasta el fondo, que me dejara sentirle dentro de mí. Pero no se movió. Meneé mi culito un par de veces para hacerle ver lo que quería, ya que si él no iba a hablar, yo tampoco quería hacerlo. Escuché como se le escapaba una risita entre dientes y volví a mover mi culito para que quedara aún más claro mientras una sonrisa aparecía en mi rostro. Era consciente de que él no podía ver esa sonrisa, pero parecía que la notaba, porque se inclinó un poco más sobre mi cuerpo mientras deslizó su polla hasta lo más profundo de mi ser, llenándome completamente. Dejé salir el aire que, sin darme cuenta, había estado conteniendo, y él se quedó inmóvil, dejando que ambos nos acostumbrásemos a la sensación de tener su polla enterrada en mi cuerpo. Era una sensación indescriptible, maravillosa, sentía que su polla me llenaba de una forma absoluta.

Entrelazó sus dedos con los míos, apretó sus piernas contra las mías y empezó a hacer un movimiento de vaivén con el que creí que me volvería absolutamente loca. Sentía cada milímetro de su polla dentro de mi cuerpo y cuando la tenía completamente dentro de mí, podía sentir sus huevos chocando con mi culo. La metía y la sacaba a un ritmo constante, de pronto paraba, la sacaba casi del todo y de una estocada me la volvía a meter entera.

En esa posición, yo no podía moverme. Así que estaba allí tumbada, recibiendo sus embestidas y concentrándome en disfrutar. Bajo mi cuerpo, las sábanas, de seda negra, acariciaban mis pechos. Tenía los pezones muy sensibles por los pellizquitos que me había estado dando antes, así que con el movimiento de su cuerpo sobre el mío, conseguía que las sábanas rozaran mis pechos, haciendo que las sensaciones se amplificaran.

Empezó a aumentar el ritmo, todo su cuerpo estaba en tensión, sus manos estaban entrelazadas con las mías y vi que tenía los nudillos blancos por la fuerza con la que se agarraba a mí, como si yo le estuviera anclando a la cama y no quisiera dejarme ir. Ahora sus embestidas eran más violentas, sin miramientos, sin delicadeza, buscando un desahogo que los dos necesitábamos. Yo llevaba un rato gimiendo y no estaba segura de si había gritado en algún momento, así que mordí la almohada para que mis gritos no escandalizaran a sus vecinos.

- ¿Dónde? –me preguntó entre jadeos, y no hizo falta que elaborase más su pregunta, ya que le entendí perfectamente.

- Dentro –le contesté, mi voz sonaba ahogada por la posición en la que me encontraba y porque seguía mordiendo la almohada. Por un momento su cuerpo ralentizó el ritmo y noté la tensión en sus músculos, así que me expliqué- Tomo la píldora –y ésas fueran las únicas palabras que intercambiamos.

Volvió a acelerar el ritmo, ahora ya con un propósito determinado. Yo estaba a punto de correrme, me encontraba al borde del precipicio, casi no podía esperar, sentía cómo el orgasmo crecía en mi interior, buscando la salida. Pero quería esperarle, quería correrme al sentir su leche dentro de mí. Todo mi cuerpo esperaba con tensión, creo que gritaba, gemía, jadeaba, pero no era consciente de nada de todo eso. De lo único que era consciente era de sus movimientos, de su polla, increíblemente dura, empalándome sin piedad, de su pecho apretado contra mi espalda, de sus huevos golpeando, cada vez más frecuentemente, mi culo… hasta que por fin empezó a correrse dentro de mi coñito y yo me dejé llevar, dejé que mi orgasmo explotara, recorriera todo mi cuerpo. Marcos, al sentirlo, dejó escapar un gruñido de satisfacción.

Nos quedamos unos minutos (o eso creo, no había forma de controlar el tiempo que pasaba) en la misma posición, su cuerpo aplastando al mío, pero no me importaba, me gustaba sentir su peso sobre mí, su pecho subiendo y bajando mientras su respiración se ralentizaba, sus labios rozaban mi oreja, sus manos seguían entrelazadas con las mías. Sentí cómo su polla perdía su dureza dentro de mi cuerpo y esa pareció ser la clave para que empezáramos a movernos.

Marcos rodó hacia el otro lado de la cama, llevándome consigo, colocándome encima de su cuerpo, y al movernos su polla salió de mi coñito. Con mis dedos entre los suyos, acariciaba muy ligeramente mi piel, de una forma superficial, casi sin rozarme. Estaba muy relajada, sintiendo sus caricias, cuando me mordió en el hombro.

- ¡Aaaay! –Me quejé, y sí, reconozco que exageré un poco-. ¡Qué daño!

- Vamos, levanta, perezosa, y no seas quejica, que no te he mordido tan fuerte… -me respondió.

Me dejé caer sobre la cama, boca abajo, y le miré con una mirada seria.

- Por cierto, tenemos que discutir una cosita, porque anoche dijiste algo que me pareció fatal. Dijiste que llevaba ‘ropita de barbie cachonda’ –al decírselo, recordé que me había sentado muy mal y quería aclarárselo- y yo no llevo ropa de barbie cachonda, yo…

- Para empezar, no llevas ropa –me interrumpió, con una sonrisa de oreja a oreja-. Y anoche ibas vestida de barbie cachonda. ¿O me vas a decir que no estabas cachonda?

- No le des la vuelta a lo que digo –empecé a quejarme-, deberías aprender a tratar a una mujer, porque no deberías…

- ¿No te gusta cómo te trato? Lo disimulas muy bien… –Me interrumpió de nuevo, esta vez riéndose sin tapujos.

- Sabes que no he dicho eso, ¡ya lo estás haciendo otra vez! –Me desesperé porque sentía que la situación se me iba de las manos. Quería controlar esta conversación y él otra vez estaba tergiversando mis palabras.

- ¿El qué?

Se sentó con la espalda apoyada en el cabecero de la cama y miraba mi cuerpo con lujuria. Yo sabía que lo hacía para distraerme, pero esta vez no iba a dejarle que se saliera con la suya.

- Tergiversas mis palabras.

No me contestó. Simplemente, siguió mirándome, comiéndome con la mirada. Me quedé esperando a que rebatiera mi acusación, pero no dijo nada. Enarqué mis cejas para indicarle que estaba esperando, pero no sirvió de nada.

- ¡Marcos! –le dije.

- Carlota… –me contestó.

- ¿¿Por qué no me contestas?? –le pregunté. Intenté ponerme seria, pero era imposible mirarle allí sentado, tan relajado, sonriendo y hablarle de forma más seria. Intenté al menos no reírme con él, para que tuviera que tomarme en serio.

- Porque tienes razón –contestó, algo más serio-. Sí, es cierto, lo admito. Tergiverso tus palabras.

- Pero… ¿por qué? –le dije. Y ahora sí que no pude evitar reírme-. ¡Es desesperante!

Se tumbó junto a mí, me besó muy despacio y, justo cuando ya pensé que nunca tendría respuesta a mi pregunta, me dijo:

- Te pones muy guapa cuando te desesperas…

Dijo eso y no me dejó quedarme en la cama, recreándome con sus palabras, porque me tranquilizaba que fuera por eso, sino que se levantó y me arrastró con él. Buscó en un cajón y me dio una camiseta y unos calzoncillos suyos para que pudiera ponerme, cogió unos bóxer para él y me condujo hasta la cocina. Mientras íbamos hacia allí, pude contemplar lo bien que le quedaban esos calzoncillos. Muy muy bien. No pude resistirme y le di un pellizquito. Se volvió asombrado, empezó a reírse y me dio un beso en los labios.

- Vamos, no intentes hechizarme otra vez como antes, ¡estoy que me muero de hambre! –dijo, dándome una palmadita en el culo para que entrase a la cocina yo primero.

- ¿Hechizarte? –Solté una carcajada- ¡Pero si has sido tú el que me ha atacado! Jaja

- Ah, ¿sí? –Me respondió- ¿Y qué estabas haciendo mientras pensabas que yo seguía dormido?

Me ruboricé, porque pensaba que no se había dado cuenta de lo que había estado planeando. Me había hecho pensar que seguía dormido…

- Ya lo discutiremos en la cama, anda… ¿cómo tomas el café?

Me dejó un poco alucinada su (excesiva) confianza. ¿Cómo que “lo discutiremos en la cama”? Iba a responderle, algo enfadada, pero no me dejó hablar. Me dijo:

- Carlota, el café. ¿Cómo? –Me miraba con las cejas enarcadas, esperando mi respuesta. Suspiré y le contesté.

- Caliente, con leche y mucho azúcar. No sé si luego querré irme a la cama contigo, así que mejor lo discutimos ahora.

Él trasteaba por la cocina, preparando los cafés. Sin girarse, me preguntó:

- ¿Dulce o salado?

- ¿Qué?

- Que si prefieres comer algo dulce o salado –me repitió pacientemente.

- Dulce, ¿por qué?

Se echó a reír.

- ¡Porque tendremos que coger fuerzas! Con un café sólo, no me vas a rendir, preciosa…

Eso me enfadó de verdad.

- ¡Eres un gilipollas! –le solté. No sabía que más decirle, estaba tan enfadada que no podía ni insultarle.

- Y dale con lo de gilipollas… -murmuró entre dientes, sonriendo. Se puso frente a mí, me cogió por las muñecas y se agachó un poco para que estuviéramos a la misma altura y poder mirarme a los ojos-. Sí, Carlota, quiero volver a acostarme contigo. ¿Es eso tan malo?

La verdad es que dicho así… no me parecía tan prepotente. Mi enfado se disipó casi por completo, pero entonces arrugué el entrecejo y le dije:

- ¿Me vas a dejar que YO te haga cosas a TI? –le pregunté muy enérgica.

Empezó a reírse, me dio un beso en la frente, soltó mis muñecas y volvió a centrarse en preparar el desayuno mientras me decía:

- Pórtate bien y luego vemos…

Decidí dejarlo pasar, porque estaba claro que disfrutaba cabreándome. Me senté en un taburete y le observé mientras preparaba el café y sacaba un montón de comida, bizcochos, galletas, cereales y bollos. Hizo unas tostadas y empezó a untarlas con mantequilla y mermelada.

- Deja una sin mantequilla para mí, ¿vale? –le pedí.

Levantó la mirada y me miró a los ojos, como sorprendido, medio riéndose.

- Ya te dije ayer que tus deseos eran órdenes para mí…

Me ruboricé al recordar que esa frase me la había dicho cuando le pedí, le supliqué, que me metiera la polla en el parking de la discoteca en la que habíamos estado.

Puso un plato en el centro con la comida, me puso mi café frente a mí y él, llevando su café en las manos, se sentó a mi lado. Empezamos a comer y me di cuenta de que me hacía falta, que necesitaba reponer fuerzas. Comimos en silencio, concentrándonos en el desayuno, pero mirándonos de reojo de vez en cuando. Terminé antes que él, que parecía no tener fondo y no poder parar de comer, y me dediqué a observarle, la forma de sus cejas, la forma en que se contraían sus músculos cuando se movía, el pequeño rizo que se le había formado detrás de la oreja… Al sentir mi mirada, sus gestos se hicieron algo más forzados. Parecía que mi mirada le estaba poniendo nervioso. Y eso me gustó.

Pasé mi dedo índice por ese rizo de su nuca y se estremeció ligeramente, pero no dijo nada. Acaricié suavemente la piel de su nuca con mis uñas y ahora sí que reaccionó. Encogió de forma casi imperceptible los hombros y cerró los ojos mientras una sonrisilla le iluminaba el rostro. Continué acariciando la piel de su nuca con mis uñas mientras él se concentraba en terminarse el café. Su piel estaba erizada y decidí continuar poniéndole nervioso. Acerqué mi taburete al suyo y con la otra mano empecé a acariciarle el bíceps. En un gesto reflejo, flexionó el bíceps para que yo notara su músculo.

- Qué presumido… -murmuré, acercando mis labios a su oreja y soplando delicadamente sobre su cuello. Sacando la puntita de mi lengua, la pasé, casi sin rozarle, por el lóbulo de su oreja, y seguí bajando por su cuello. Ahora ya sonreía sin tapujos y ladeó su cabeza para que tuviera un mejor acceso a la piel de su cuello.

Al verme con vía libre, decidí aprovechar y continué mis besos por su cuello mientras mis manos exploraban ahora su torso y su estómago. Tenía los abdominales ligeramente marcados, perfectos, como a mí me gustan, definidos pero no excesivos. Cuando le acaricié el estómago, noté que lo contraía y que hacía una mueca que no supe interpretar. Volví a acariciárselo y esta vez sujetó rápidamente mi mano, girándose en el taburete para mirarme.

- Cosquillas, no, guapa… -dijo, intentando controlar la risa.

Así que tenía un punto débil… Le miré fingiendo inocencia mientras liberaba, de forma sutil, mi mano de la suya. Cogí mi taza para llevarla al fregadero mientras él terminaba de beberse su café y al volver me situé detrás de él, pasé mis manos por debajo de sus brazos, como si fuera a abrazarle, y empecé a hacerle cosquillas por su estómago. Se le escapó una carcajada e intentó sujetarme las manos, pero yo fui más rápida y continué con mis cosquillas. Se revolvía intentando escaparse de mis manos, pero al estar yo detrás de él y con mis brazos bajo los suyos, no tenía tanta libertad de movimientos. Ya que estaba puesta, decidí vengarme, agaché mi cabeza y le di un mordisco en el hombro. Aprovechó que había aflojado la presión de mis brazos para escaparse de mis caricias, girar el taburete, agarrar mi brazo derecho a la altura de la muñeca, hacerme dar un medio giro y sentarme encima de él. Yo tenía los brazos cruzados a la altura de mi cintura, sus manos sujetando mis muñecas, mi espalda pegada a su pecho.

- Y ahora, ¿qué? ¿Qué debería hacer contigo? Ahora no puedes escaparte…

Lo intenté y era verdad, no podía. Me tenía muy sujeta, sin hacerme daño, ni apretarme, pero me mantenía inmovilizada con firmeza.

- Estás obsesionado con el control, ¿lo sabías? –le dije. Obviamente no fue la estrategia adecuada, porque sujetó mis muñecas con una sola mano y con la otra empezó a hacerme cosquillas. ¡Mi plan se había vuelto contra mí!

- Vale… jajaja… Espera, por favor… Hagamos un trato –le ofrecí. No me contestó, simplemente soltó una carcajada. Sabía que estaba en una posición de fuerza y que no necesitaba negociar conmigo-. Vaaaale, está bien, ya no te haré más cosquillas. Lo prometo. Jajaja por favor, paraaa… Vale, por favoooor… ¿qué quieres a cambio?

Ésas parecieron ser las palabras mágicas, porque dejó de hacerme cosquillas. Se quedó pensativo unos segundos y me dijo:

- Quiero que quedes conmigo. Que salgamos a cenar. Que te pongas espectacular. Que te vistas de barbie cachonda, pero esta vez sólo para mí…

Era lo último que me esperaba escuchar de sus labios en esa situación, pero me pareció tierno que me lo pidiera. Sin necesidad de contestarle, giré mi cuerpo y él soltó mis muñecas para darme libertad de movimientos. Sin retirar mi mirada de la suya, y todavía situada entre sus piernas, acerqué mis labios a los suyos y saqué la puntita de mi lengua para pasarla por su labio superior. Sus manos acariciaban la parte superior de mis muslos, rozando con sus dedos los labios superiores de mi coñito, haciendo que la caricia resultara increíblemente sensual. Me estiré como una gatita entre sus brazos, disfrutando de sus caricias, le cogí una de sus manos y tiré de él para que me siguiera. Enarcó una de sus cejas, pero accedió a levantarse y me siguió por ese pasillo que ya me resultaba extrañamente familiar. Entré en la sala de estar y me dirigí hasta el sofá. Marcos puso sus manos alrededor de mi cintura y me detuvo, imagino que tendría otros planes para mí, pero no le dejé hablar. Puse mi dedo índice sobre sus labios, negando con la cabeza. Ladeé ligeramente mi cabeza y le lancé una sonrisa algo dudosa. Le empujé con delicadeza hacia el sofá negro de cuero y finalmente cedió y se sentó en él, con una sonrisa. Me invadió una sensación de déjàvu y recordé lo que había empezado en ese sillón la noche anterior. Un escalofrío de anticipación recorrió todo mi cuerpo.

Con un movimiento fluido, me quité su camiseta y se la lancé. Su mirada volvió a tornarse calculadora y cogió la camiseta, jugando con ella entre sus manos mientras me miraba.

- Ven –me dijo.

Negué con la cabeza, pasando mis manos por mis pechos, haciendo que mis pezones respondieran rápidamente a las caricias. Subí mi pie derecho hasta su rodilla, equilibrando mi cuerpo, acercándome a él sin dejar de tocarme. Fui subiendo mi pie por su muslo hasta que llegué a mi objetivo, que parecía que ya estaba en pie de guerra. Pasé mi pie por encima de su bóxer, acariciando su polla, ejerciendo una ligera presión, comprobando su dureza. Ya estaba listo para mí. Le sonreí apreciativamente. Retiré mi pie y cuando fui a girar mi pierna para volver a apoyarla en el suelo, agarró mi tobillo y se deslizó sobre el sofá hasta estar sentado sobre el borde. En esa posición, su cabeza quedaba a la altura de mi estómago. Me dio un mordisquito en el estómago y continuó recorriéndolo, besándolo, lamiéndolo… Empecé a reírme y le acaricié el pelo. Él liberó mi pierna, que yo bajé al suelo para acercarme aún más a él. Con suaves tirones de pelo, intenté separarle de mi piel, pero no me lo permitió. La mano que le quedaba libre la utilizó para ir dando tirones a su propio calzoncillo, que cubría mi piel, intentando conseguir que me quedase completamente desnuda. Al no ajustarse a mi cuerpo, no le resultó difícil que el calzoncillo se deslizase por mis piernas y quedase abandonado sobre mis pies. Levanté mis piernas, una tras otra, para dejarlo en el suelo y que no me molestase en lo que tenía pensado hacer a continuación.

Apoyé mis manos en su pecho y le obligué (aunque debo admitir que me dejó hacer, ya que si él no hubiera querido, yo no habría podido moverle ni un centímetro) a recostarse en el sofá. Durante unos segundos, me dediqué simplemente a admirar su cuerpo. Su estómago, duro y suave a la vez. Sus brazos fuertes y esas manos que sabían volverme loca. Sus piernas musculosas. Y, por fin, esa parte de su anatomía que había hecho que perdiera la cabeza.

Incliné mi cuerpo hacia delante, con las piernas estiradas, acercando mis pechos a su boca, pero sin dárselos directamente. Mientras sus ojos y sus manos se dirigían a esa zona de mi anatomía, mis manos acariciaban su polla por encima de la tela de su bóxer. Sus labios atraparon uno de mis pezones, jugando con su lengua sobre mi piel. Deslicé su bóxer hacia abajo para liberar su polla, que agarré con mis manos y empecé a recorrer con mis dedos, acariciándole, haciendo que se pusiera aún más dura entre mis manos.

Marcos había agarrado uno de mis pezones con los labios y el otro con los dedos, y no parecía querer soltarlos. Cuando solté su polla y utilicé mis manos para empujarle contra el respaldo, me miró con cara de pocos amigos pero me dejó hacer. Me coloqué sobre él, mis rodillas a ambos lados de sus muslos, mis pechos a la altura de cara. Cogí su polla y la coloqué a la altura de mi clítoris, acariciándome con ella, masturbándome para él con su propia polla. Me miraba con los labios entre abiertos y las manos apoyadas en mi cadera. Ejercía presión sobre mi cadera para que bajara mi cuerpo, para que le dejara que me penetrase. Yo, sin hacerle caso, seguía acariciando mi clítoris con su glande, disfrutando enormemente de esa caricia inesperada. Su polla estaba increíblemente dura, el líquido preseminal había lubricado su glande y mis caricias estaban haciendo que Marcos quisiera metérmela sin dilación.

- Ya puedes, cariño… -le susurré, y eso fue todo lo que hizo falta. Soltó una de sus manos de mi cadera, agarró su polla y la colocó entre mis labios mayores. Me miró a los ojos con una mirada de determinación que hizo que me estremeciera de anticipación, puso sus labios alrededor de uno de mis pezones y empezó a succionar. Su polla estaba quieta, firmemente sujeta por su mano. Moví mi cintura para que empezara a metérmela, la quería dentro de mí, pero no me hizo caso.

De pronto, me dio un mordisquito en el pezón. No fue un mordisco fuerte, no me hizo daño realmente, fue más la sorpresa lo que hizo que contrajera mis músculos del ‘susto’. Y justo en ese momento, deslizó su polla dentro de mí, haciendo que la sintiera muchísimo más al tener todos los músculos en tensión. Arqueé la espalda disfrutando de esa sensación de plenitud mientras él se quedaba quieto dentro de mí y su boca seguía acariciando mis pechos. Ahora los había juntado con sus manos y alternaba sus atenciones de un pezón al otro. Su polla seguía dura, caliente, palpitante dentro de mí.

Sus manos abandonaron mis pechos (pero no su boca) y se dirigieron a mis caderas. Me agarró con firmeza, con la clara intención de controlar el ritmo al que iba a moverme, pero no le dejé. Agarré sus manos con las mías y las coloqué sobre mi culito.

- Sé un buen chico y deja que te cabalgue…

Sin añadir más, empecé a moverme. Subía y bajaba por su polla como si la vida me fuera en ello. Lo hacía despacio, deprisa, despacio otra vez. Contraía los músculos para hacer que lo sintiera muchísimo más, ambos lo sentíamos muchísimo más intenso de esa forma. Yo estaba totalmente concentrada en él, en lo que debía estar sintiendo. Quería que disfrutara, quería devolverle todo el placer que él me había dado a mí. Mis pechos botaban frente a su cara y yo se los acercaba de vez en cuando, pasaba mis pezones por sus labios y él intentaba cogerlos, sacaba la lengua, los lamía cuando pasaban. Sus ojos recorrían mi cuerpo sin parar y con satisfacción me di cuenta de que, por fin, había cedido el control. Se estaba centrando simplemente en disfrutar, en dejarme hacer con él lo que quisiera.

Y yo ahora quería una cosa: quería que disfrutara más que nunca. Subía y bajaba mi cuerpo, me contoneaba para él, hacía círculos lentos con mi cadera, le tenía a punto, a punto de correrse, a punto de llegar al orgasmo. Su cara me lo decía, su mirada, sus gestos, sus jadeos de placer. En ese momento, decidió volver a tomar el control. Sus manos agarraron posesivamente mis caderas y empezaron a dictarme el ritmo. Yo seguía cabalgándole, pero ahora el ritmo lo decidía él. Impuso un ritmo de locura, muy rápido, con movimientos fuertes y precisos. Su respiración era errática, sus jadeos eran cada vez más escandalosos. Había unos gemidos que le acompañaban y en ese momento me di cuenta de que salían de mis labios. Había estado tan concentrada en proporcionarle placer que no me había dado cuenta de lo excitada que yo estaba.

Sentí que su control empezaba a flaquear porque el orgasmo le llegaba y continué cabalgándole al mismo ritmo de locura que él había establecido. Sentí cómo se corría en mi interior, cómo su leche caliente me llenaba, me quemaba, me llevaba al borde del orgasmo. Y me dejé llevar, dejé que el placer recorriera cada centímetro de mi cuerpo, que me sacudiera, que dejara completamente agotada.

Me quedé exhausta sobre su cuerpo, mi pecho apoyado contra el suyo. Sus manos acariciaban mi espalda, haciendo dibujos sobre mi piel con sus dedos. Su cuello quedaba a la altura de mis labios y de vez en cuando le daba unos besos lánguidos, sin fuerzas. Marcos agarró mi cara con sus manos y nos miramos fijamente unos segundos. Me besó con fuerza, me miraba muy serio, parecía que quería decirme algo pero no se atrevía. Al final, parece que se decidió.

- No desaparezcas… -me dijo al tiempo que me abrazaba con fuerza.

- Tenemos una cita, ¿recuerdas? –le dije y empecé a darle besitos juguetones por toda su cara. Su seriedad desapareció de inmediato y respondió a mis besos mientras sus manos acariciaban mi piel. De pronto, sentí que teníamos una complicidad que no me esperaba.

Nos levantamos del sofá, me preparó una ducha y me dejó sola en el baño para que tuviera intimidad. Después de la ducha, me puse la ropa del día anterior (aunque sin ropa interior, creo que mi sujetador seguía perdido en su coche, y él se había guardado mi tanga no sabía dónde) y al salir, me encontré que se había puesto unos vaqueros y una camiseta y se había puesto a leer mientras me esperaba. Al verme, cerró rápidamente el libro y me silbó mientras me miraba de arriba abajo, con una sonrisa burlona.

- ¿Me dejas tu móvil para llamar a un taxi? Anoche no tenía mucha batería y no sé si mi móvil seguirá encendido… -le expliqué.

- Anda, no seas tonta –dijo cogiendo mi mano, entrelazando sus dedos con los míos-, te llevo.

No sé por qué, pero que se ofreciera a llevarme me gustó. No sabía casi nada de ese chico, pero me parecía que le conocía perfectamente.

Mientras salíamos de su casa, llevaba su mano agarrada a mi cintura, sin permitir que me alejara mucho de su cuerpo. Él no se había duchado y olía deliciosamente a hombre, a sudor limpio. Respiré con los ojos cerrados, aspirando su fragancia, mientras esperábamos al ascensor. Me dio un beso en la frente y nos metimos en el ascensor. No podía apartar mis manos de su cuerpo y creo que él se sentía exactamente igual.

Cuando nos montamos en su coche, encendí el móvil. Parece que aún podría aguantar unos minutos, busqué el nombre de su calle y lo apunté. Grabé su teléfono en el mío y le hice una llamada perdida para que él también tuviera el mío. Sonrió cuando vio lo que estaba haciendo. Le expliqué dónde vivía y él se dirigió hacia allí sin problemas, aunque yo no supe indicarle hasta que estábamos bastante cerca de mi casa. Íbamos hablando con facilidad, de cualquier cosa, de todo y de nada. Llegamos a mi casa y sentí que la timidez me embargaba de pronto. Me miró fijamente, con esa mirada y esa media sonrisa que tan nerviosa me ponían. Se inclinó a través de su asiento y me dio un beso ligero en los labios, abriendo los míos con su lengua. Cada una de sus caricias la sentía multiplicada por mil, mi piel estaba completamente electrizada. No nos despedimos, simplemente me bajé del coche. Me dirigí a mi portal y giré la cabeza, esperando ver cómo se alejaba en su coche. Pero seguía allí. Inclinado sobre el asiento. Esperando a que entrara. Le lancé un beso con la mano y entré. A través del cristal, vi cómo se reía mientras se alejaba.

Subí a mi piso, me cambié de ropa, cargué el móvil, cogí un sobre, garabateé con rapidez una nota y la metí en el sobre junto con un pequeño objeto cuadrado. Salí a la calle, cogí un taxi y le di la dirección de la casa de Marcos. Al llegar, le pedí al taxista que me esperase, que sería sólo un momento. Metí el sobre (con algo de dificultad debido al objeto que iba dentro del sobre) por la ranura de su buzón y volví a montarme en el taxi.

Le escribí un whatsapp a Marcos con la poca batería que había conseguido cargar en tan poco tiempo diciéndole que había algo esperándole en su buzón. De inmediato me contestó, extrañado, preguntándome si estaba en su casa. Le dije que ya no, que estaba volviendo a la mía. Pasaron un par de minutos, durante los cuales imaginé que Marcos bajaría a recuperar de su buzón el paquete que yo había dejado para él. Me llegó otro mensaje suyo, diciendo ‘Eres malvada… pero me encantas’.

En el sobre había una nota que decía ‘Para la próxima vez que nos veamos’, y un pequeño control remoto, muy sencillo, con una única palanquita que podía ponerse en cuatro posiciones.

Contestando a su mensaje, le pregunté qué hacía el siguiente viernes y no tardó ni un segundo en responder, ‘Disfrutar de tu cuerpo’. Me reí al leerlo y el taxista me miró con curiosidad a través del espejo retrovisor, pero yo casi ni me di cuenta. Estaba como en una nube. Sonreía sin poder evitarlo. Subí a mi casa y el día se me pasó con desesperante lentitud, pero me consolé pensando en que pronto volvería a verle.

(CONTINUARÁ)