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viernes, 14 de septiembre de 2018

Marcos y Carlota (cuarta parte)

Sus manos cubrían mis ojos, moviéndonos de una habitación a otra con torpeza, ya que no saber qué sorpresa me tenía preparada me estaba poniendo nerviosa y eso hacía que mis movimientos fueran algo lentos e inseguros.

Esa sería nuestra última noche de vacaciones y Marcos solo me había dicho que quería darme una sorpresa, pero se había negado a darme ningún detalle más. Habían sido unas vacaciones estupendas, mucha playa, mucha tranquilidad, mucho deporte acuático, mucho sexo.

No sé si solo me pasa a mí o el resto de las personas torpes del mundo se pueden identificar, pero en los deportes acuáticos me favorece esa ingravidez que aporta el mar para tener movimientos más seguros, más certeros. Y para qué os lo voy a negar, a Marcos le pone muchísimo verme con un bikini haciendo deporte, cada vez más bronceada, con la piel dorada por el sol y brillante por la crema, así que nos pasábamos el día aprendiendo a coger olas y tonteando en el agua. Una caricia por aquí, un beso por allá. Vamos, que llevábamos quince días cachondos perdidos. Y cuando llegábamos al apartamento que habíamos alquilado, nos desfogábamos del calentón de todo el día. Siempre hemos funcionado muy bien en la cama, pero en estas vacaciones nos estábamos superando.

Sentí mis piernas chocar contra el pie de la cama y supuse que la sorpresa sería muy sensual. Retiró sus manos de mis ojos y las apoyó en mis caderas, esperando mi reacción. Sobre la cama había una camisa blanca de las que se atan sobre el ombligo, en plan colegiala sexy, y una faldita negra de vuelo que tenía pinta de ser bastante corta.

- Para mi sorpresa de esta noche, necesito que te pongas esta ropita...

No le dejé acabar la frase y me adelanté a decir:

- ¿De barbie cachonda? —solté entre risas.

Ambos rememoramos el día que nos conocimos y la primera vez que él había pronunciado esas palabras, haciéndome enfadar aunque tuviera algo de razón. Lo cierto es que yo ahora ya no me vestía de barbie cachonda y él había dejado de actuar como un chulo perdonavidas, pero a ambos nos gustaba recordarlo.

- Vas a estar muy sexy —dijo mientras empezaba a repartir besos por mi cuello y sus manos rodeaban mi cintura. 

- Sabes que tus deseos son órdenes para mí —le respondí, dándole más acceso a mi cuello, disfrutando de sus caricias mientras repetía esa otra frase que él utilizaba con frecuencia cuando quería ponerme cachonda.

Con un pequeño mordisco en mi hombro derecho, se apartó de mí y me dio una palmada en el culo. Se desnudó frente a mí, haciendo un baile ridículo que siempre utilizaba para hacerme reír y que me encantaba. Me plantó un beso en los labios y se metió en la ducha canturreando. Aproveché mientras se duchaba para preparar mi ropa interior y unas sandalias de tacón para completar el atuendo que Marcos había preparado para mí. Elegí un bralette de encaje blanco que hacía que se me transparentaran los pezones y un tanga a juego.

Me metí en la ducha antes de que él acabara y me pegué a su cuerpo, aspirando el aroma de su piel mezclado con el gel de ducha que ambos utilizábamos. Sus manos fueron derechas a mis pechos, caricias certeras y excitantes que consiguieron poner mis pezones duros en un par de segundos. Mirándome a los ojos, agarró el gel y vertió una generosa cantidad sobre sus manos. Las frotó entre sí y empezó acariciando mis hombros, bajó por mis brazos lentamente, sus caricias despertando mi piel. Después se centró en mis pechos, haciendo espuma con sus manos y amasándomelos, sopesándolos, pellizcando ligeramente mis pezones, haciendo que un pequeño gemido se escapara de mis labios.

Sus manos bajaron por mi vientre, rodearon mi espalda, bajaron a mi culo, masajeándolo con lentitud. Una de sus manos se dirigió a mi coñito y empezó a hacerme algunas caricias superficiales, mezclando el gel con mis flujos, ya que me tenía cachonda perdida. Su dedo corazón, como si tuviera vida propia, me penetró con familiaridad, buscando mi placer. Mis músculos se contrajeron sintiéndole dentro. Tenía los ojos cerrados, la cabeza caída hacia atrás, mis manos reposando en sus brazos, dejándome hacer. Su dedo salió de mí y sus manos abandonaron mi cuerpo, agarrando la alcachofa de la ducha para ir retirando la espuma que había ido creando con agua tibia. Una de sus manos me sostenía por la cadera mientras la otra dirigía la presión del agua, llegando a mi entrepierna. Con pequeños gestos me indicó que abriera un poco más las piernas y me dejé hacer. Siempre me entregaba por completo a él, sabía que podía hacer conmigo lo que quisiera.

Comenzó a dirigir la presión del agua contra mi coñito, golpeando mi clítoris con el agua y haciendo que me deshiciera de placer.

- Ummmmmmm... Marcos, qué rico... ahora solo me falta tu polla...

No me contestó pero sin dejar de dirigir el chorro de agua hacia mi clítoris metió uno de sus dedos en mi coñito. Mis manos se agarraban a sus hombros para no perder el equilibrio porque me temblaban las rodillas. Metía y sacaba el dedo buscando mi desahogo, sabiendo el ritmo y la presión exacta que necesitaba.

- Marcos, cariño... mmmmmmmmmmmm qué bueno pero... métemela...

Seguía sin contestarme, centrado como estaba en darme placer. Metió un segundo dedo y renuncié a pedir, ya que sabía que si había decidido que me corriera entre sus dedos no iba a cambiar de opinión. Tendría sus razones. Sus dedos cada vez entraban y salían de mí con más velocidad y la presión del agua sobre mi clítoris me estaba volviendo loca. Sentía cómo me acercaba al orgasmo, con fuerza. El metesaca de sus dedos era implacable y mis gemidos resonaban con fuerza. Dirigió su pulgar a mi clítoris al mismo tiempo que seguía ‘atacándome’ con el agua y me hice líquida para él, me corrí gimiendo su nombre y justo en ese momento aprovechó para apartar sus dedos y meterme su polla de un golpe, lo que hizo que encadenara mi orgasmo con otro de inmediato, todo mi cuerpo en tensión. Dejó que me calmara un poco, su polla dura como el acero dentro de mí, sus manos acariciando mis pechos con delicadeza, mi cara, apartándome el pelo, recorriendo mi costado, mis nalgas. Le besé con pasión, decidida a devolverle todo ese placer que me había brindado, pero salió de mí y me dijo que quería reservarse, me guiñó un ojo y salió de la ducha, agarrando su polla de forma relajada para que dejara de palpitar.

- ¡Qué tendrás preparado! —le dije mientras empezaba a esparcir champú por mi pelo. No me contestó pero le escuché reír entre dientes.

Salí de la ducha y me puse crema corporal. Me sentía bastante lánguida después del orgasmo en la ducha, pero Marcos me metió prisa, quería salir cuanto antes, por lo que decidí dejarme el pelo rizado y que se secara al viento. Cuando me puse la falda que Marcos había elegido, constaté que era bastante corta, quedaba por debajo de mis nalgas, destacando mis bronceadas piernas. La camisa era medio transparente y cuando Marcos vio el sujetador que había elegido sonrió como un niño con zapatos nuevos. Me besó, introduciendo su lengua en mi boca, jugando conmigo, presionando su erección contra mi vientre. Agarró mis manos y tiró de mí para que saliéramos de casa, se notaba que no iba a aguantar mucho más si nos quedábamos allí besándonos.

Mientras nos acercábamos al coche, aproveché para apreciar lo guapo que se había puesto. Llevaba una camisa de lino verde y unos vaqueros que le quedaban como un guante. Barba de un par de días y esos ojos color miel que me seguían teniendo hipnotizada. No conseguí que me contara el plan de esa noche, por lo que me dejé llevar sabiendo que sería algo muy placentero para los dos.

Había reservado mesa en un restaurante japonés que me encantaba. Disfrutamos de la cena, que acompañamos de un vino espumoso, nos dimos a probar comida uno al otro y Marcos me sorprendió regalándome un colgante en el que estaban nuestras iniciales entrelazadas. Me lo puse de inmediato sin poder borrar la sonrisa bobalicona que adornaba mi rostro y Marcos sonrió complacido al ver que había acertado.

- Pues yo no te he comprado nada a ti... Como normalmente celebramos nuestro aniversario desde el día en que nos fuimos a vivir juntos —me justifiqué, sintiéndome algo culpable por no haber tenido ningún detalle con él—…

- Como me lo imaginaba, tengo preparado un regalo que puedes hacerme. Pero eso será luego —me dijo subiendo y bajando sus cejas sugerentemente. Me eché a reír por su forma de querer controlar hasta los regalos que yo le hacía a él. Detrás de esa fachada de tipo duro se encontraba un osito de peluche que me mimaba hasta lo indecente, por lo que se merecía que le consintiera yo a él también de vez en cuando.

Pagamos la cuenta y salimos cogidos de la mano hasta llegar al coche. Cuando empezó a alejarse del centro, en dirección a una de las calas a las que habíamos ido estos días, le pregunté qué pretendía, pero se negó a resolver mis dudas. Aparcó lo más cerca que pudo de la cala, y aún así tuvimos que cambiar nuestro calzado por unos escarpines para poder bajar por las rocas. Marcos cogió una mochila y una nevera portátil, por lo que supuse que llevaría algo de bebida.

Cuando llegamos extendió una toalla gigante, tipo pareo y ambos nos descalzamos. Marcos sacó una botella de champán y un par de copas de cristal de la nevera.

- ¡Champán! ¿Qué celebramos? —le pregunté, ya que Marcos sabía que el champán era mi perdición.

- Que hace 6 años saliste de una discoteca por la puerta equivocada y me volviste loco con tus andares, tu carita de ángel y tus curvas —mientras decía esto, descorchó la botella de champán, empezando a servirnos una a cada uno—. Que esa noche decidiste confiar en mí y aceptaste venir a mi casa a cumplir mis fantasías eróticas. Que un año después aceptaste venirte a vivir conmigo y volviste mi vida del revés —me entregó una de las copas y colocó su mano libre sobre la piel de mi cintura, traspasándome su calor—. Que desde entonces sigues a mi lado, enamorándome con cada beso, cada mirada, cada broma cargada de sarcasmo y, no lo voy a negar, con cada mamada —aunque tenía los ojos empañados con lágrimas de emoción que pugnaban por salir, se me escapó una carcajada—. Quiero darte las gracias por hacer mi vida mejor cada día.

Me besó con fuerza, enredando su lengua con la mía. Cogió mi mano y me llevó hasta la toalla, donde nos sentamos de medio lado, muy juntos. Con languidez, empezó a desabotonar mi camisa. La apartó y yo la saqué por mis brazos, tirándola sin mirar dónde caía.

Marcos acercó su copa a mis labios, dejando caer unas gotas de champán sobre ellos. Separándola unos milímetros más, dejó caer un chorro sobre mi escote, mojando mi piel e impregnando la tela del sujetador. No conforme, volvió a derramar otro chorrito sobre mis pechos, empapando del todo esta vez el sujetador. Bajó su cabeza y empezó a perseguir las gotitas de champán que adornaban mi piel, recogiéndolas una a una. Acercó sus labios a mi pezón, visible a través del encaje y comenzó a succionarlo junto con el líquido que empapaba la tela. La sensación era indescriptiblemente placentera. Bebí un trago de champán y tiré de su cabeza delicadamente para que acercara sus labios a los míos. Le besé y su sabor estaba mezclado con el de la burbujeante bebida. Me sentía embriagada y no era precisamente por el alcohol.

Deshaciendo el beso, me pidió que me quitara la falda. Sin dudarlo ni un segundo, lo hice. Estábamos completamente solos, al ser una cala a la que hay que llegar bajando por unas rocas, no era un lugar al que la gente fuera por la noche. Imagino que eso también debía haber pensado Marcos y por eso la había elegido.

Me pidió que me tumbara y que me dejara hacer. Como si no le dejara siempre hacerme todo lo que le apetecía. Adivinando lo que estaba pensando, me dijo:

- Sí, ya sé que siempre me dejas cumplir mis fantasías… —ambos nos reíamos sin parar, mezcla del momento y del alcohol. Le vi rellenar la copa y acercarse a mi entrepierna. Flexionó ligeramente mis piernas y empezó a volcar el contenido lentamente sobre mi tanga. El líquido traspasó la tela y entró en contacto con mi coñito, que ya estaba receptivo de por sí, pero al sentir las burbujas dejé escapar un gemido de placer que supe que vendría seguido por otros muchos.

Se arrodilló entre mis piernas y empezó a succionar la tela y mi piel igual que había hecho con mis pechos. Si antes me había gustado, ahora me estaba encantando. Entre el orgasmo que me había regalado antes y las atenciones que me estaba prestando ahora, me tenía completamente deshecha. Empecé a sentir su lengua colándose entre mis pliegues, sus dedos apartando la tela, acariciándome también. Mis gemidos se escuchaban amplificados por el silencio de la noche, acompasándose a las olas que rompían en la orilla a escasos metros de donde nos encontrábamos.

Viendo en qué punto me tenía, Marcos se levantó con rapidez y se desnudó con movimientos precisos e impacientes. Estábamos dejando un reguero de ropa a nuestro alrededor.

Volviendo a ponerse entre mis piernas, comenzó a acariciarme el clítoris con su glande. No hace falta decir que con los preliminares que me había dedicado su polla estaba más que apunto. Pero el tanga nos estaba molestando. Así que Marcos, ni corto ni perezoso, dio un par de tirones y rasgó la tela de mi (precioso) tanga blanco de encaje. Una vez libres de impedimentos, apoyó una mano junto a mi hombro para sujetarse y con la otra dirigió su polla a mi entrada. Comenzó a penetrarme lenta pero inexorablemente, abriéndome para él. Nunca dejaría de fascinarme lo bien que encajamos físicamente. Él desnudo por completo, yo con el sujetador y el colgante que me acababa de regalar por única vestimenta.

Empezó a ir más deprisa, sus labios sobre los míos, respirando el uno en la boca del otro, un mordisquito casual de vez en cuando, mis manos situadas sobre su culo, instándole a darme más, más rápido, más fuerte, más, Marcos, más, por favor… Esa era mi retahíla cuando paró sus embestidas. Mi cuerpo gritaba, quería que siguiera, que siguiera buscando nuestros orgasmos, que me llenara de su leche, que continuara dándome placer.

- Carlota, ha llegado el momento de que me des tu regalo —me dijo con una sonrisita de medio lado que me encanta.

- ¡Lo que quieras! —le contesté—, lo que quieras, pero sigue… —como recompensa a una respuesta que le había gustado, movió su cuerpo sobre el mío haciéndome gemir y dejando que se le escapara un gruñidito de satisfacción.

- Es fácil… solo tienes que contestarme a una pregunta.

- Sí, Marcos, ya sabes que sea lo que sea, la respuesta va a ser que sí.

Su sonrisa iluminaba más que la luna en ese momento. No sé cómo no me di cuenta antes de lo que estaba intentando decirme.

- ¿Quieres casarte conmigo? —soltó de golpe, retándome con la mirada. A ambos nos parecía una gilipollez el matrimonio, por eso no nos lo habíamos planteado nunca hasta ese momento.

Empezó a mover su cuerpo de nuevo, follándome con fuerza, hasta el fondo, uniendo nuestros cuerpos hasta que éramos prácticamente uno. Tenía clara mi respuesta.

- Mmmmm… sí… sí… claro que sí —acompañé cada una de sus embestidas con una respuesta afirmativa—, sí, sí, sí, sí, sí, sí, ¡sí!

- ¡¿Sí?! —preguntó sin bajar el ritmo—, joder, Carlota, eres una diosa… aaaahhhhh… sí, vuelve a hacerlo, vuelve a apretarme dentro de ti… mmmmmmmmmmm…

Jadeábamos escandalosamente, sus manos rodeaban mi cara, se agarraban a mis caderas, anclándome a él, sus labios me besaban, me mordían, me exigían que diera todo y se lo daba, acompañando sus movimientos, apretando mis músculos internos para darle el mayor placer posible. Sudábamos champán y la humedad del mar se apreciaba en nuestra piel. Su polla me taladraba a una velocidad imposible y no podíamos dejar de gemir en la boca del otro. Cada músculo de nuestros cuerpos estaba en tensión, esperando la liberación que estaba tan cercana. Quería esperarle pero no podía aguantar más, así que le advertí que me iba a correr y susurró que él también, que no podía parar, que quería llenarme de su leche porque era una diosa, su diosa, y… no aguantó más y se corrió abundantemente dentro de mí mientras mis músculos sentían los espasmos del orgasmo y eso y sus palabras me hicieron subir al cielo. Sus gemidos de placer eran música para mí.

Se dejó caer hacia un lado, llevándome con él y acoplándome con su cuerpo, colocando su brazo bajo mi cabeza para que estuviera más cómoda. Nos quedamos uno frente al otro, abrazados, nuestra piel pegada por el sudor, la humedad y el champán. No podía dejar de sonreír. Él tampoco. Sus dedos no podían dejar de acariciarme y yo tampoco podía apartar mis manos de su cuerpo. Había sido una experiencia irrepetible.

Cuando me recuperé lo suficiente como para poder hablar le dije:

- ¿No podías habérmelo pedido en el restaurante como hacen los novios normales? —le recriminé en broma y se echó a reír, negando con la cabeza—. Claro que no, ¿desde cuando hemos hecho tú y yo algo como personas normales?

- Quería recrear esa primera noche. Aunque he sustituido el parking por esta calita, espero que no te importe que me haya tomado esa licencia poética.

- ¿Que si me ha importado que me prepares la cita más romántica y sensual de la historia?

Le besé sin poder dejar de sonreír y nos quedamos allí un rato tumbados, haciendo manitas, acariciándonos lentamente. Una ligera brisa comenzó a hacernos sentir incómodos con la temperatura, por lo que nos vestimos (yo sin tanga, ya que estaba completamente roto) y subimos por las rocas hasta el coche.

La mezcla entre el cansancio físico y el emocional nos hizo ir en silencio el camino de vuelta. Nos desnudamos y nos metimos en la cama todavía acariciándonos. Me di cuenta que no quería dejar de tocarle, de sentirle.

- ¡Já! Me acabo de dar cuenta de que vas a ser mío… ¡para siempre! —le dije, subiendo y bajando las cejas como un villano de película.

- ¡Já! Y tú vas a ser mía, preciosa… esa era la intención.

- Vamos a dormir ya, futuro maridito, estoy agotada.

- Sí, yo también, futura esposa. Por cierto, Carlota… ¿qué te parece si nos casamos dentro de un mes?

Para ser sincera, al principio pensaba que estaba bromeando. Pero al día siguiente en el viaje de vuelta a Madrid me explicó que lo decía totalmente en serio. Si a ninguno de los dos nos apetecía hacer la típica ceremonia ñoña seguida del previsible cocktail en el jardín y la aburrida cena en mesas redondas de diez personas, no teníamos por qué hacer tantos preparativos. Solo necesitábamos reunir a nuestras familias, los amigos más allegados y conseguir un juzgado o ayuntamiento que nos casara con tan poca anticipación. Una ceremonia íntima y una comida o cena con los más cercanos, algo sencillo.


Así que aquí estoy un mes y dos días después. En la parte de atrás de la limusina que hemos alquilado para ‘el día especial’, con el vestido largo y blanco arremolinado en torno a mis caderas sentada a horcajadas sobre Marcos y disfrutando de un orgasmo que no sé cómo voy a disimular cuando lleguemos ante nuestros invitados.

Pero eso pertenece a otro relato que ya os contaré más adelante.

Como siempre, espero vuestros comentarios y sugerencias.

Muchas gracias por leerme.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Marcos y Carlota (tercera parte)

TERCERA PARTE


Ésa era mi oportunidad de tomar el control. ¿Qué debía hacer? Me debatía entre despertarle chupándole la polla o meterme su polla y cabalgarle para darle los buenos días. ¡Difícil decisión! Decidí empezar chupándosela y luego ya veríamos que pasaba después…

Intenté zafarme de su abrazo para llevar a cabo mi plan pero me tenía agarrada con demasiada fuerza, ¡incluso dormido necesitaba llevar el control! Resoplé y me removí, pero con mis movimientos sólo conseguí que se abrazara más fuerte a mi cuerpo. Al darme cuenta de que no podría escapar de la cárcel de sus brazos, la situación empezó a parecerme bastante graciosa y sonreí. Una pequeña carcajada se me escapó, seguida de otra que intenté suprimir, y como siempre me pasa en esas situaciones en las que tienes que estar en silencio, empecé a reírme a carcajadas sin poder parar, aunque intenté ser lo más silenciosa que pude. Las carcajadas hacían que mi cuerpo se estremeciera y creo que eso fue lo que le despertó.

Se desperezó sin soltar mi cuerpo, aspiró el olor de mi pelo, inclinó su cabeza ligeramente y me dio un besito de buenos días en el cuello. Sus manos se dirigieron sin dilación a mis pezones, que ya estaban erectos, y con languidez se puso a pellizcarlos ligeramente, a acariciar mis pechos, parecía que quería memorizarlos. Mis pezones no podían ponerse más duros y sentí cómo su polla pegaba un pequeño saltito cuando acomodó su cuerpo para que pudiera sentirla contra mi culito. Era una sensación muy placentera, pero intenté zafarme, ya que mis planes eran otros. Aunque ya estuviera despierto, quería llevarlos a cabo igualmente. Me mantenía inmóvil con sus brazos y yo no estaba segura de si se daba cuenta de que quería moverme, así que le dije:

- Necesito que me dejes salir –seguí moviéndome, intentando alejar mi cuerpo del suyo para tener espacio y poder maniobrar, pero ignoró mis palabras y continuó acariciando mi cuerpo, que parecía querer ignorarme también, porque respondía a sus caricias como si tuviera vida propia.

Había acercado sus labios a mi cuello y lo estaba recorriendo con besos y mordisquitos que estaban consiguiendo que olvidara mi propósito… subía y bajaba por mi cuello sin descanso, sus manos ya tenían a su completa disposición mis pechos y su polla no podía ponerse más dura contra mi culito. Para mí, era cada vez más difícil pensar. Quería dejarme llevar, disfrutar de sus caricias y sus besos y ¡ay! De ese mordisquito que me acababa de dar en el lóbulo de la oreja como si hubiese adivinado que era uno de mis puntos débiles…

Una de sus manos bajó por mi estómago con unas intenciones bastante claras. En ese momento, por primera vez desde que le había conocido, me fijé en sus manos. Era raro que no me hubiera fijado antes, porque es una de las primeras cosas en las que me fijo en un hombre, pero imagino que los acontecimientos me habían distraído… Tenía unas manos muy sexys, grandes, con dedos largos y uñas cortas, algo ásperas de una forma extrañamente agradable, y muy habilidosas. Eso había quedado claro por la noche en la ducha. Muuuuuy claro.

Mientras yo divagaba, su mano había encontrado su objetivo y había empezado unas caricias suaves sobre mi clítoris que aumentaban de velocidad lentamente. Colocó uno de sus dedos en la entrada de mi agujerito y empezó a darme ligeros golpecitos para comprobar si estaba mojadita. Creo que no hace falta deciros que lo estaba, ¡vaya si lo estaba! Me tenía completamente doblegada, hacía lo que quería con mi cuerpo. Me rendí ante sus caricias, eché mi cabeza para atrás y la apoyé en su hombro, dejándole hacer, ladeando un poco mi cuerpo para que pudiera acariciarme a su antojo y abriendo ligeramente las piernas para disfrutar de lo que sus dedos me estaban haciendo.

Siguió acariciando mi coñito por fuera, haciéndome gemir mientras sus labios no se separaban de mi cuello. No había dicho ni una palabra, ni una sola desde que se había despertado, pero no hacía falta. Estaba acostumbrado a salirse con la suya, eso estaba claro. Lo que yo ya no tenía tan claro es si lo que yo había planeado habría sido mejor, porque estaba disfrutando enormemente de sus caricias.

Con un movimiento rápido, giró nuestros cuerpos, sin separarlos ni un segundo, colocándome boca abajo mientras él aplastaba mi cuerpo con el suyo contra el colchón. Apoyó sus manos a ambos lados de mi cuerpo y elevó ligeramente su cuerpo. Ahora seguía cubriendo todo mi cuerpo, pero yo ya no tenía que soportar su peso.

Giré mi cara y le miré. Estaba resplandeciente, sus ojos miraban con anhelo en dirección a mi culo, sus músculos estaban en tensión y sentía su polla acomodada entre los cachetes de mi culo. Bajó su cuerpo, apoyándose ahora solamente sobre uno de sus codos. No entendía el por qué de este cambio hasta que sentí cómo su mano me levantaba ligeramente agarrándose a mi cadera, que yo elevé para ayudarle, y situaba su polla a la entrada de mi coñito. Me metió la puntita y volvió a apoyarse sobre sus dos brazos. Al estar en esa posición, con mis piernas casi cerradas del todo, podía sentirle mucho más. Quería que me la metiera hasta el fondo, que me dejara sentirle dentro de mí. Pero no se movió. Meneé mi culito un par de veces para hacerle ver lo que quería, ya que si él no iba a hablar, yo tampoco quería hacerlo. Escuché como se le escapaba una risita entre dientes y volví a mover mi culito para que quedara aún más claro mientras una sonrisa aparecía en mi rostro. Era consciente de que él no podía ver esa sonrisa, pero parecía que la notaba, porque se inclinó un poco más sobre mi cuerpo mientras deslizó su polla hasta lo más profundo de mi ser, llenándome completamente. Dejé salir el aire que, sin darme cuenta, había estado conteniendo, y él se quedó inmóvil, dejando que ambos nos acostumbrásemos a la sensación de tener su polla enterrada en mi cuerpo. Era una sensación indescriptible, maravillosa, sentía que su polla me llenaba de una forma absoluta.

Entrelazó sus dedos con los míos, apretó sus piernas contra las mías y empezó a hacer un movimiento de vaivén con el que creí que me volvería absolutamente loca. Sentía cada milímetro de su polla dentro de mi cuerpo y cuando la tenía completamente dentro de mí, podía sentir sus huevos chocando con mi culo. La metía y la sacaba a un ritmo constante, de pronto paraba, la sacaba casi del todo y de una estocada me la volvía a meter entera.

En esa posición, yo no podía moverme. Así que estaba allí tumbada, recibiendo sus embestidas y concentrándome en disfrutar. Bajo mi cuerpo, las sábanas, de seda negra, acariciaban mis pechos. Tenía los pezones muy sensibles por los pellizquitos que me había estado dando antes, así que con el movimiento de su cuerpo sobre el mío, conseguía que las sábanas rozaran mis pechos, haciendo que las sensaciones se amplificaran.

Empezó a aumentar el ritmo, todo su cuerpo estaba en tensión, sus manos estaban entrelazadas con las mías y vi que tenía los nudillos blancos por la fuerza con la que se agarraba a mí, como si yo le estuviera anclando a la cama y no quisiera dejarme ir. Ahora sus embestidas eran más violentas, sin miramientos, sin delicadeza, buscando un desahogo que los dos necesitábamos. Yo llevaba un rato gimiendo y no estaba segura de si había gritado en algún momento, así que mordí la almohada para que mis gritos no escandalizaran a sus vecinos.

- ¿Dónde? –me preguntó entre jadeos, y no hizo falta que elaborase más su pregunta, ya que le entendí perfectamente.

- Dentro –le contesté, mi voz sonaba ahogada por la posición en la que me encontraba y porque seguía mordiendo la almohada. Por un momento su cuerpo ralentizó el ritmo y noté la tensión en sus músculos, así que me expliqué- Tomo la píldora –y ésas fueran las únicas palabras que intercambiamos.

Volvió a acelerar el ritmo, ahora ya con un propósito determinado. Yo estaba a punto de correrme, me encontraba al borde del precipicio, casi no podía esperar, sentía cómo el orgasmo crecía en mi interior, buscando la salida. Pero quería esperarle, quería correrme al sentir su leche dentro de mí. Todo mi cuerpo esperaba con tensión, creo que gritaba, gemía, jadeaba, pero no era consciente de nada de todo eso. De lo único que era consciente era de sus movimientos, de su polla, increíblemente dura, empalándome sin piedad, de su pecho apretado contra mi espalda, de sus huevos golpeando, cada vez más frecuentemente, mi culo… hasta que por fin empezó a correrse dentro de mi coñito y yo me dejé llevar, dejé que mi orgasmo explotara, recorriera todo mi cuerpo. Marcos, al sentirlo, dejó escapar un gruñido de satisfacción.

Nos quedamos unos minutos (o eso creo, no había forma de controlar el tiempo que pasaba) en la misma posición, su cuerpo aplastando al mío, pero no me importaba, me gustaba sentir su peso sobre mí, su pecho subiendo y bajando mientras su respiración se ralentizaba, sus labios rozaban mi oreja, sus manos seguían entrelazadas con las mías. Sentí cómo su polla perdía su dureza dentro de mi cuerpo y esa pareció ser la clave para que empezáramos a movernos.

Marcos rodó hacia el otro lado de la cama, llevándome consigo, colocándome encima de su cuerpo, y al movernos su polla salió de mi coñito. Con mis dedos entre los suyos, acariciaba muy ligeramente mi piel, de una forma superficial, casi sin rozarme. Estaba muy relajada, sintiendo sus caricias, cuando me mordió en el hombro.

- ¡Aaaay! –Me quejé, y sí, reconozco que exageré un poco-. ¡Qué daño!

- Vamos, levanta, perezosa, y no seas quejica, que no te he mordido tan fuerte… -me respondió.

Me dejé caer sobre la cama, boca abajo, y le miré con una mirada seria.

- Por cierto, tenemos que discutir una cosita, porque anoche dijiste algo que me pareció fatal. Dijiste que llevaba ‘ropita de barbie cachonda’ –al decírselo, recordé que me había sentado muy mal y quería aclarárselo- y yo no llevo ropa de barbie cachonda, yo…

- Para empezar, no llevas ropa –me interrumpió, con una sonrisa de oreja a oreja-. Y anoche ibas vestida de barbie cachonda. ¿O me vas a decir que no estabas cachonda?

- No le des la vuelta a lo que digo –empecé a quejarme-, deberías aprender a tratar a una mujer, porque no deberías…

- ¿No te gusta cómo te trato? Lo disimulas muy bien… –Me interrumpió de nuevo, esta vez riéndose sin tapujos.

- Sabes que no he dicho eso, ¡ya lo estás haciendo otra vez! –Me desesperé porque sentía que la situación se me iba de las manos. Quería controlar esta conversación y él otra vez estaba tergiversando mis palabras.

- ¿El qué?

Se sentó con la espalda apoyada en el cabecero de la cama y miraba mi cuerpo con lujuria. Yo sabía que lo hacía para distraerme, pero esta vez no iba a dejarle que se saliera con la suya.

- Tergiversas mis palabras.

No me contestó. Simplemente, siguió mirándome, comiéndome con la mirada. Me quedé esperando a que rebatiera mi acusación, pero no dijo nada. Enarqué mis cejas para indicarle que estaba esperando, pero no sirvió de nada.

- ¡Marcos! –le dije.

- Carlota… –me contestó.

- ¿¿Por qué no me contestas?? –le pregunté. Intenté ponerme seria, pero era imposible mirarle allí sentado, tan relajado, sonriendo y hablarle de forma más seria. Intenté al menos no reírme con él, para que tuviera que tomarme en serio.

- Porque tienes razón –contestó, algo más serio-. Sí, es cierto, lo admito. Tergiverso tus palabras.

- Pero… ¿por qué? –le dije. Y ahora sí que no pude evitar reírme-. ¡Es desesperante!

Se tumbó junto a mí, me besó muy despacio y, justo cuando ya pensé que nunca tendría respuesta a mi pregunta, me dijo:

- Te pones muy guapa cuando te desesperas…

Dijo eso y no me dejó quedarme en la cama, recreándome con sus palabras, porque me tranquilizaba que fuera por eso, sino que se levantó y me arrastró con él. Buscó en un cajón y me dio una camiseta y unos calzoncillos suyos para que pudiera ponerme, cogió unos bóxer para él y me condujo hasta la cocina. Mientras íbamos hacia allí, pude contemplar lo bien que le quedaban esos calzoncillos. Muy muy bien. No pude resistirme y le di un pellizquito. Se volvió asombrado, empezó a reírse y me dio un beso en los labios.

- Vamos, no intentes hechizarme otra vez como antes, ¡estoy que me muero de hambre! –dijo, dándome una palmadita en el culo para que entrase a la cocina yo primero.

- ¿Hechizarte? –Solté una carcajada- ¡Pero si has sido tú el que me ha atacado! Jaja

- Ah, ¿sí? –Me respondió- ¿Y qué estabas haciendo mientras pensabas que yo seguía dormido?

Me ruboricé, porque pensaba que no se había dado cuenta de lo que había estado planeando. Me había hecho pensar que seguía dormido…

- Ya lo discutiremos en la cama, anda… ¿cómo tomas el café?

Me dejó un poco alucinada su (excesiva) confianza. ¿Cómo que “lo discutiremos en la cama”? Iba a responderle, algo enfadada, pero no me dejó hablar. Me dijo:

- Carlota, el café. ¿Cómo? –Me miraba con las cejas enarcadas, esperando mi respuesta. Suspiré y le contesté.

- Caliente, con leche y mucho azúcar. No sé si luego querré irme a la cama contigo, así que mejor lo discutimos ahora.

Él trasteaba por la cocina, preparando los cafés. Sin girarse, me preguntó:

- ¿Dulce o salado?

- ¿Qué?

- Que si prefieres comer algo dulce o salado –me repitió pacientemente.

- Dulce, ¿por qué?

Se echó a reír.

- ¡Porque tendremos que coger fuerzas! Con un café sólo, no me vas a rendir, preciosa…

Eso me enfadó de verdad.

- ¡Eres un gilipollas! –le solté. No sabía que más decirle, estaba tan enfadada que no podía ni insultarle.

- Y dale con lo de gilipollas… -murmuró entre dientes, sonriendo. Se puso frente a mí, me cogió por las muñecas y se agachó un poco para que estuviéramos a la misma altura y poder mirarme a los ojos-. Sí, Carlota, quiero volver a acostarme contigo. ¿Es eso tan malo?

La verdad es que dicho así… no me parecía tan prepotente. Mi enfado se disipó casi por completo, pero entonces arrugué el entrecejo y le dije:

- ¿Me vas a dejar que YO te haga cosas a TI? –le pregunté muy enérgica.

Empezó a reírse, me dio un beso en la frente, soltó mis muñecas y volvió a centrarse en preparar el desayuno mientras me decía:

- Pórtate bien y luego vemos…

Decidí dejarlo pasar, porque estaba claro que disfrutaba cabreándome. Me senté en un taburete y le observé mientras preparaba el café y sacaba un montón de comida, bizcochos, galletas, cereales y bollos. Hizo unas tostadas y empezó a untarlas con mantequilla y mermelada.

- Deja una sin mantequilla para mí, ¿vale? –le pedí.

Levantó la mirada y me miró a los ojos, como sorprendido, medio riéndose.

- Ya te dije ayer que tus deseos eran órdenes para mí…

Me ruboricé al recordar que esa frase me la había dicho cuando le pedí, le supliqué, que me metiera la polla en el parking de la discoteca en la que habíamos estado.

Puso un plato en el centro con la comida, me puso mi café frente a mí y él, llevando su café en las manos, se sentó a mi lado. Empezamos a comer y me di cuenta de que me hacía falta, que necesitaba reponer fuerzas. Comimos en silencio, concentrándonos en el desayuno, pero mirándonos de reojo de vez en cuando. Terminé antes que él, que parecía no tener fondo y no poder parar de comer, y me dediqué a observarle, la forma de sus cejas, la forma en que se contraían sus músculos cuando se movía, el pequeño rizo que se le había formado detrás de la oreja… Al sentir mi mirada, sus gestos se hicieron algo más forzados. Parecía que mi mirada le estaba poniendo nervioso. Y eso me gustó.

Pasé mi dedo índice por ese rizo de su nuca y se estremeció ligeramente, pero no dijo nada. Acaricié suavemente la piel de su nuca con mis uñas y ahora sí que reaccionó. Encogió de forma casi imperceptible los hombros y cerró los ojos mientras una sonrisilla le iluminaba el rostro. Continué acariciando la piel de su nuca con mis uñas mientras él se concentraba en terminarse el café. Su piel estaba erizada y decidí continuar poniéndole nervioso. Acerqué mi taburete al suyo y con la otra mano empecé a acariciarle el bíceps. En un gesto reflejo, flexionó el bíceps para que yo notara su músculo.

- Qué presumido… -murmuré, acercando mis labios a su oreja y soplando delicadamente sobre su cuello. Sacando la puntita de mi lengua, la pasé, casi sin rozarle, por el lóbulo de su oreja, y seguí bajando por su cuello. Ahora ya sonreía sin tapujos y ladeó su cabeza para que tuviera un mejor acceso a la piel de su cuello.

Al verme con vía libre, decidí aprovechar y continué mis besos por su cuello mientras mis manos exploraban ahora su torso y su estómago. Tenía los abdominales ligeramente marcados, perfectos, como a mí me gustan, definidos pero no excesivos. Cuando le acaricié el estómago, noté que lo contraía y que hacía una mueca que no supe interpretar. Volví a acariciárselo y esta vez sujetó rápidamente mi mano, girándose en el taburete para mirarme.

- Cosquillas, no, guapa… -dijo, intentando controlar la risa.

Así que tenía un punto débil… Le miré fingiendo inocencia mientras liberaba, de forma sutil, mi mano de la suya. Cogí mi taza para llevarla al fregadero mientras él terminaba de beberse su café y al volver me situé detrás de él, pasé mis manos por debajo de sus brazos, como si fuera a abrazarle, y empecé a hacerle cosquillas por su estómago. Se le escapó una carcajada e intentó sujetarme las manos, pero yo fui más rápida y continué con mis cosquillas. Se revolvía intentando escaparse de mis manos, pero al estar yo detrás de él y con mis brazos bajo los suyos, no tenía tanta libertad de movimientos. Ya que estaba puesta, decidí vengarme, agaché mi cabeza y le di un mordisco en el hombro. Aprovechó que había aflojado la presión de mis brazos para escaparse de mis caricias, girar el taburete, agarrar mi brazo derecho a la altura de la muñeca, hacerme dar un medio giro y sentarme encima de él. Yo tenía los brazos cruzados a la altura de mi cintura, sus manos sujetando mis muñecas, mi espalda pegada a su pecho.

- Y ahora, ¿qué? ¿Qué debería hacer contigo? Ahora no puedes escaparte…

Lo intenté y era verdad, no podía. Me tenía muy sujeta, sin hacerme daño, ni apretarme, pero me mantenía inmovilizada con firmeza.

- Estás obsesionado con el control, ¿lo sabías? –le dije. Obviamente no fue la estrategia adecuada, porque sujetó mis muñecas con una sola mano y con la otra empezó a hacerme cosquillas. ¡Mi plan se había vuelto contra mí!

- Vale… jajaja… Espera, por favor… Hagamos un trato –le ofrecí. No me contestó, simplemente soltó una carcajada. Sabía que estaba en una posición de fuerza y que no necesitaba negociar conmigo-. Vaaaale, está bien, ya no te haré más cosquillas. Lo prometo. Jajaja por favor, paraaa… Vale, por favoooor… ¿qué quieres a cambio?

Ésas parecieron ser las palabras mágicas, porque dejó de hacerme cosquillas. Se quedó pensativo unos segundos y me dijo:

- Quiero que quedes conmigo. Que salgamos a cenar. Que te pongas espectacular. Que te vistas de barbie cachonda, pero esta vez sólo para mí…

Era lo último que me esperaba escuchar de sus labios en esa situación, pero me pareció tierno que me lo pidiera. Sin necesidad de contestarle, giré mi cuerpo y él soltó mis muñecas para darme libertad de movimientos. Sin retirar mi mirada de la suya, y todavía situada entre sus piernas, acerqué mis labios a los suyos y saqué la puntita de mi lengua para pasarla por su labio superior. Sus manos acariciaban la parte superior de mis muslos, rozando con sus dedos los labios superiores de mi coñito, haciendo que la caricia resultara increíblemente sensual. Me estiré como una gatita entre sus brazos, disfrutando de sus caricias, le cogí una de sus manos y tiré de él para que me siguiera. Enarcó una de sus cejas, pero accedió a levantarse y me siguió por ese pasillo que ya me resultaba extrañamente familiar. Entré en la sala de estar y me dirigí hasta el sofá. Marcos puso sus manos alrededor de mi cintura y me detuvo, imagino que tendría otros planes para mí, pero no le dejé hablar. Puse mi dedo índice sobre sus labios, negando con la cabeza. Ladeé ligeramente mi cabeza y le lancé una sonrisa algo dudosa. Le empujé con delicadeza hacia el sofá negro de cuero y finalmente cedió y se sentó en él, con una sonrisa. Me invadió una sensación de déjàvu y recordé lo que había empezado en ese sillón la noche anterior. Un escalofrío de anticipación recorrió todo mi cuerpo.

Con un movimiento fluido, me quité su camiseta y se la lancé. Su mirada volvió a tornarse calculadora y cogió la camiseta, jugando con ella entre sus manos mientras me miraba.

- Ven –me dijo.

Negué con la cabeza, pasando mis manos por mis pechos, haciendo que mis pezones respondieran rápidamente a las caricias. Subí mi pie derecho hasta su rodilla, equilibrando mi cuerpo, acercándome a él sin dejar de tocarme. Fui subiendo mi pie por su muslo hasta que llegué a mi objetivo, que parecía que ya estaba en pie de guerra. Pasé mi pie por encima de su bóxer, acariciando su polla, ejerciendo una ligera presión, comprobando su dureza. Ya estaba listo para mí. Le sonreí apreciativamente. Retiré mi pie y cuando fui a girar mi pierna para volver a apoyarla en el suelo, agarró mi tobillo y se deslizó sobre el sofá hasta estar sentado sobre el borde. En esa posición, su cabeza quedaba a la altura de mi estómago. Me dio un mordisquito en el estómago y continuó recorriéndolo, besándolo, lamiéndolo… Empecé a reírme y le acaricié el pelo. Él liberó mi pierna, que yo bajé al suelo para acercarme aún más a él. Con suaves tirones de pelo, intenté separarle de mi piel, pero no me lo permitió. La mano que le quedaba libre la utilizó para ir dando tirones a su propio calzoncillo, que cubría mi piel, intentando conseguir que me quedase completamente desnuda. Al no ajustarse a mi cuerpo, no le resultó difícil que el calzoncillo se deslizase por mis piernas y quedase abandonado sobre mis pies. Levanté mis piernas, una tras otra, para dejarlo en el suelo y que no me molestase en lo que tenía pensado hacer a continuación.

Apoyé mis manos en su pecho y le obligué (aunque debo admitir que me dejó hacer, ya que si él no hubiera querido, yo no habría podido moverle ni un centímetro) a recostarse en el sofá. Durante unos segundos, me dediqué simplemente a admirar su cuerpo. Su estómago, duro y suave a la vez. Sus brazos fuertes y esas manos que sabían volverme loca. Sus piernas musculosas. Y, por fin, esa parte de su anatomía que había hecho que perdiera la cabeza.

Incliné mi cuerpo hacia delante, con las piernas estiradas, acercando mis pechos a su boca, pero sin dárselos directamente. Mientras sus ojos y sus manos se dirigían a esa zona de mi anatomía, mis manos acariciaban su polla por encima de la tela de su bóxer. Sus labios atraparon uno de mis pezones, jugando con su lengua sobre mi piel. Deslicé su bóxer hacia abajo para liberar su polla, que agarré con mis manos y empecé a recorrer con mis dedos, acariciándole, haciendo que se pusiera aún más dura entre mis manos.

Marcos había agarrado uno de mis pezones con los labios y el otro con los dedos, y no parecía querer soltarlos. Cuando solté su polla y utilicé mis manos para empujarle contra el respaldo, me miró con cara de pocos amigos pero me dejó hacer. Me coloqué sobre él, mis rodillas a ambos lados de sus muslos, mis pechos a la altura de cara. Cogí su polla y la coloqué a la altura de mi clítoris, acariciándome con ella, masturbándome para él con su propia polla. Me miraba con los labios entre abiertos y las manos apoyadas en mi cadera. Ejercía presión sobre mi cadera para que bajara mi cuerpo, para que le dejara que me penetrase. Yo, sin hacerle caso, seguía acariciando mi clítoris con su glande, disfrutando enormemente de esa caricia inesperada. Su polla estaba increíblemente dura, el líquido preseminal había lubricado su glande y mis caricias estaban haciendo que Marcos quisiera metérmela sin dilación.

- Ya puedes, cariño… -le susurré, y eso fue todo lo que hizo falta. Soltó una de sus manos de mi cadera, agarró su polla y la colocó entre mis labios mayores. Me miró a los ojos con una mirada de determinación que hizo que me estremeciera de anticipación, puso sus labios alrededor de uno de mis pezones y empezó a succionar. Su polla estaba quieta, firmemente sujeta por su mano. Moví mi cintura para que empezara a metérmela, la quería dentro de mí, pero no me hizo caso.

De pronto, me dio un mordisquito en el pezón. No fue un mordisco fuerte, no me hizo daño realmente, fue más la sorpresa lo que hizo que contrajera mis músculos del ‘susto’. Y justo en ese momento, deslizó su polla dentro de mí, haciendo que la sintiera muchísimo más al tener todos los músculos en tensión. Arqueé la espalda disfrutando de esa sensación de plenitud mientras él se quedaba quieto dentro de mí y su boca seguía acariciando mis pechos. Ahora los había juntado con sus manos y alternaba sus atenciones de un pezón al otro. Su polla seguía dura, caliente, palpitante dentro de mí.

Sus manos abandonaron mis pechos (pero no su boca) y se dirigieron a mis caderas. Me agarró con firmeza, con la clara intención de controlar el ritmo al que iba a moverme, pero no le dejé. Agarré sus manos con las mías y las coloqué sobre mi culito.

- Sé un buen chico y deja que te cabalgue…

Sin añadir más, empecé a moverme. Subía y bajaba por su polla como si la vida me fuera en ello. Lo hacía despacio, deprisa, despacio otra vez. Contraía los músculos para hacer que lo sintiera muchísimo más, ambos lo sentíamos muchísimo más intenso de esa forma. Yo estaba totalmente concentrada en él, en lo que debía estar sintiendo. Quería que disfrutara, quería devolverle todo el placer que él me había dado a mí. Mis pechos botaban frente a su cara y yo se los acercaba de vez en cuando, pasaba mis pezones por sus labios y él intentaba cogerlos, sacaba la lengua, los lamía cuando pasaban. Sus ojos recorrían mi cuerpo sin parar y con satisfacción me di cuenta de que, por fin, había cedido el control. Se estaba centrando simplemente en disfrutar, en dejarme hacer con él lo que quisiera.

Y yo ahora quería una cosa: quería que disfrutara más que nunca. Subía y bajaba mi cuerpo, me contoneaba para él, hacía círculos lentos con mi cadera, le tenía a punto, a punto de correrse, a punto de llegar al orgasmo. Su cara me lo decía, su mirada, sus gestos, sus jadeos de placer. En ese momento, decidió volver a tomar el control. Sus manos agarraron posesivamente mis caderas y empezaron a dictarme el ritmo. Yo seguía cabalgándole, pero ahora el ritmo lo decidía él. Impuso un ritmo de locura, muy rápido, con movimientos fuertes y precisos. Su respiración era errática, sus jadeos eran cada vez más escandalosos. Había unos gemidos que le acompañaban y en ese momento me di cuenta de que salían de mis labios. Había estado tan concentrada en proporcionarle placer que no me había dado cuenta de lo excitada que yo estaba.

Sentí que su control empezaba a flaquear porque el orgasmo le llegaba y continué cabalgándole al mismo ritmo de locura que él había establecido. Sentí cómo se corría en mi interior, cómo su leche caliente me llenaba, me quemaba, me llevaba al borde del orgasmo. Y me dejé llevar, dejé que el placer recorriera cada centímetro de mi cuerpo, que me sacudiera, que dejara completamente agotada.

Me quedé exhausta sobre su cuerpo, mi pecho apoyado contra el suyo. Sus manos acariciaban mi espalda, haciendo dibujos sobre mi piel con sus dedos. Su cuello quedaba a la altura de mis labios y de vez en cuando le daba unos besos lánguidos, sin fuerzas. Marcos agarró mi cara con sus manos y nos miramos fijamente unos segundos. Me besó con fuerza, me miraba muy serio, parecía que quería decirme algo pero no se atrevía. Al final, parece que se decidió.

- No desaparezcas… -me dijo al tiempo que me abrazaba con fuerza.

- Tenemos una cita, ¿recuerdas? –le dije y empecé a darle besitos juguetones por toda su cara. Su seriedad desapareció de inmediato y respondió a mis besos mientras sus manos acariciaban mi piel. De pronto, sentí que teníamos una complicidad que no me esperaba.

Nos levantamos del sofá, me preparó una ducha y me dejó sola en el baño para que tuviera intimidad. Después de la ducha, me puse la ropa del día anterior (aunque sin ropa interior, creo que mi sujetador seguía perdido en su coche, y él se había guardado mi tanga no sabía dónde) y al salir, me encontré que se había puesto unos vaqueros y una camiseta y se había puesto a leer mientras me esperaba. Al verme, cerró rápidamente el libro y me silbó mientras me miraba de arriba abajo, con una sonrisa burlona.

- ¿Me dejas tu móvil para llamar a un taxi? Anoche no tenía mucha batería y no sé si mi móvil seguirá encendido… -le expliqué.

- Anda, no seas tonta –dijo cogiendo mi mano, entrelazando sus dedos con los míos-, te llevo.

No sé por qué, pero que se ofreciera a llevarme me gustó. No sabía casi nada de ese chico, pero me parecía que le conocía perfectamente.

Mientras salíamos de su casa, llevaba su mano agarrada a mi cintura, sin permitir que me alejara mucho de su cuerpo. Él no se había duchado y olía deliciosamente a hombre, a sudor limpio. Respiré con los ojos cerrados, aspirando su fragancia, mientras esperábamos al ascensor. Me dio un beso en la frente y nos metimos en el ascensor. No podía apartar mis manos de su cuerpo y creo que él se sentía exactamente igual.

Cuando nos montamos en su coche, encendí el móvil. Parece que aún podría aguantar unos minutos, busqué el nombre de su calle y lo apunté. Grabé su teléfono en el mío y le hice una llamada perdida para que él también tuviera el mío. Sonrió cuando vio lo que estaba haciendo. Le expliqué dónde vivía y él se dirigió hacia allí sin problemas, aunque yo no supe indicarle hasta que estábamos bastante cerca de mi casa. Íbamos hablando con facilidad, de cualquier cosa, de todo y de nada. Llegamos a mi casa y sentí que la timidez me embargaba de pronto. Me miró fijamente, con esa mirada y esa media sonrisa que tan nerviosa me ponían. Se inclinó a través de su asiento y me dio un beso ligero en los labios, abriendo los míos con su lengua. Cada una de sus caricias la sentía multiplicada por mil, mi piel estaba completamente electrizada. No nos despedimos, simplemente me bajé del coche. Me dirigí a mi portal y giré la cabeza, esperando ver cómo se alejaba en su coche. Pero seguía allí. Inclinado sobre el asiento. Esperando a que entrara. Le lancé un beso con la mano y entré. A través del cristal, vi cómo se reía mientras se alejaba.

Subí a mi piso, me cambié de ropa, cargué el móvil, cogí un sobre, garabateé con rapidez una nota y la metí en el sobre junto con un pequeño objeto cuadrado. Salí a la calle, cogí un taxi y le di la dirección de la casa de Marcos. Al llegar, le pedí al taxista que me esperase, que sería sólo un momento. Metí el sobre (con algo de dificultad debido al objeto que iba dentro del sobre) por la ranura de su buzón y volví a montarme en el taxi.

Le escribí un whatsapp a Marcos con la poca batería que había conseguido cargar en tan poco tiempo diciéndole que había algo esperándole en su buzón. De inmediato me contestó, extrañado, preguntándome si estaba en su casa. Le dije que ya no, que estaba volviendo a la mía. Pasaron un par de minutos, durante los cuales imaginé que Marcos bajaría a recuperar de su buzón el paquete que yo había dejado para él. Me llegó otro mensaje suyo, diciendo ‘Eres malvada… pero me encantas’.

En el sobre había una nota que decía ‘Para la próxima vez que nos veamos’, y un pequeño control remoto, muy sencillo, con una única palanquita que podía ponerse en cuatro posiciones.

Contestando a su mensaje, le pregunté qué hacía el siguiente viernes y no tardó ni un segundo en responder, ‘Disfrutar de tu cuerpo’. Me reí al leerlo y el taxista me miró con curiosidad a través del espejo retrovisor, pero yo casi ni me di cuenta. Estaba como en una nube. Sonreía sin poder evitarlo. Subí a mi casa y el día se me pasó con desesperante lentitud, pero me consolé pensando en que pronto volvería a verle.

(CONTINUARÁ)


lunes, 10 de septiembre de 2018

Marcos y Carlos (segunda parte)

SEGUNDA PARTE

- ¿Vienes, Carlota?

Tenía su mano extendida hacia mí, con la palma hacia arriba, esperando a que me decidiera, al tiempo que me retaba con su mirada, con esos ojos que me tenían completamente hipnotizada. Llevaba su torso al descubierto y se le marcaban los músculos de forma sutil, se notaba que se cuidaba pero tampoco era un esclavo del gimnasio. Tenía la piel dorada de alguien que pasa tiempo al aire libre sin camiseta. Llevaba el botón del pantalón desabrochado, lo que hacía que mi mirada se dirigiera constantemente a esa zona… me humedecí los labios sin pensar en lo que hacía y empezó a reírse.

- ¿Vienes o no, Carlota? –Sus ojos se pusieron serios- Aún estás a tiempo –desvió su mirada-, aún puedo llevarte a casa y lo dejamos aquí.

- ¿Eso es un ahora o nunca? –le pregunté.

- Sólo si eliges el ahora… -me sonrió, se puso en cuclillas delante de mí y me cogió de la barbilla, para que tuviera que mirarle a los ojos mientras me hablaba-. ¿No me vas a dejar que pruebe tu boquita?

Lo que Marcos me hacía sentir no me lo había provocado nunca nadie. Era escuchar su voz y sentir que mi cuerpo tomaba el control, mis pezones se pusieron duros bajo la tela de su camisa y tenía la sensación de que mi piel ardía y podía estallar en llamas en cualquier momento. Era una combinación entre sus gestos dulces y cariñosos y sus palabras morbosas.

Sabiendo a qué se refería con esa pregunta, acerqué mis manos a su entrepierna, acariciándole por encima del pantalón, sintiendo cómo su polla se endurecía con mis caricias. Acababa de correrse sobre mi cuerpo, pero su polla ya estaba recuperada e intentaba asomar a través de su pantalón. En sus ojos pude ver un brillo de triunfo y empecé a reírme.

- No me hagas dártela aquí… -medio me amenazó para ‘forzarme’ a decidirme.

Se me escapó una carcajada y pensé que ya habíamos dado suficiente espectáculo antes en el parking de la discoteca, donde cualquiera que pasara podría habernos visto medio desnudos y follando como locos.

Me agarré a su mano y salí del coche, olvidando mis dudas. Una vez que estuve fuera del coche, él tiró de mi mano para acercar mi cuerpo al suyo y me besó de una forma muy pasional, juntando sus labios a los míos, acariciándolos con su lengua, acariciando también mi lengua con la suya, presionando sus dientes sobre mi labio… Era un beso muy sensual, un beso para provocar sensaciones a lo largo de todo mi cuerpo, para provocar mi respuesta. Y mi cuerpo se encendió como un árbol de navidad. Sentía que mi piel resplandecía, que buscaba su contacto, que lo necesitaba.

Separó sus labios de los míos, pero no dejó que mi cuerpo se separase del suyo y yo lo agradecí. Cerró el coche con el mando mientras nos dirigíamos a un portal cercano. Marcó un código, la puerta se abrió con un zumbido y entramos en un portal amplio por lo que pude intuir en la penumbra. No encendió la luz. Me cogió la mano con firmeza y me guió hasta un ascensor, que estaba allí, iluminado, esperándonos. Después de lo que había pasado en el parking, me imaginaba que el ascensor sería una buena continuación, que nos abalanzaríamos el uno sobre el otro, nos arrancaríamos la poca ropa que nos quedaba y lo pararíamos entre dos pisos para que no nos molestaran sus vecinos en caso de que alguno decidiera salir a esas horas… Pero nada de eso sucedió. Marcos presionó el botón de la sexta planta y se apoyó contra una de las paredes, sin soltar mi mano, haciendo círculos lentos con su pulgar sobre mi piel mientras nos mirábamos y yo sonreía sin poder evitarlo. Se notaba una tensión en el ambiente como la que había en el parking antes de que decidiera montarme en el coche con él, una especie de corriente que me hacía querer acercarme a él.

Llegamos a la sexta planta sin que nada sucediera, la puerta del ascensor se abrió y pude ver que sólo había dos viviendas, una enfrente de la otra. Él se dirigió hacia la de la derecha sin soltar mi mano y entramos en su piso sin encender ninguna luz. Me condujo desde el recibidor hasta lo que supuse que era una sala de estar porque distinguí un par de sofás a través de la poca luz que entraba por las ventanas de alguna farola lejana. Me soltó la mano y escuché cómo dejaba las llaves, algunas monedas y otro objeto (que imaginé que era el móvil) sobre una mesa. Yo estaba inmóvil en medio de su sala de estar, creo que sonriendo en la oscuridad, esperando a que encendiera alguna luz. Pasó junto a mí, pero no me hizo ningún gesto para que fuera con él, así que me quedé allí parada, esperando.

De pronto, la luz brillante de una lámpara que estaba a la altura de mis ojos me cegó. Entorné un poco los ojos, ligeramente sobresaltada, y cuando volví a abrirlos, observé a Marcos y me quedé sorprendida por la fuerza de mi reacción, necesitaba verle, necesitaba saber que él también quería verme. Estaba sentado en un sofá de cuero negro, con los codos apoyados en la parte más alta del sofá, los brazos relajados, su pierna izquierda cruzada sobre la derecha a la altura del tobillo y una actitud algo chulesca, mirándome, repasando mi cuerpo descaradamente.

- ¿Te gusta lo que ves? –le pregunté, enarcando las cejas y poniendo esa sonrisa coqueta que me funciona siempre para desarmar a los hombres.

- No –contestó. Eso fue todo, una sílaba en tono serio, pero sentí cómo mi confianza salía volando por la ventana. Agarré su camisa con fuerza y la crucé sobre mi cuerpo, me sentía demasiado expuesta así vestida, con mi faldita y su camisa con sólo un par de botones abrochados, sin ropa interior, mientras sus ojos me desnudaban de una forma algo fría.

- Desnúdate –me pidió. No. En realidad, no me lo pidió, me lo ordenó. Me recorrió un escalofrío y no pude decidir si era de placer o de miedo.

No sabía si se estaba riendo de mí o qué es lo que estaba pasando, así que me quedé allí de pie, sin saber que hacer, agarrada a la tela de esa camisa que olía deliciosamente a él como si fuera una tabla de salvación. No sabía si ceder a su petición (en realidad, orden) o darme la vuelta y salir de allí pegando un portazo para que aprendiera que yo no era una cualquiera a la que pudiera ordenar las cosas a su antojo.

Se levantó con rapidez y se puso delante de mí. Su expresión se había suavizado, su mirada expresaba deseo y algo más… puede que fuera ternura, pero no podría jurarlo. No me tocaba, ni siquiera nos estábamos rozando. Acercó su mano a mi cuello y empezó a bajarla muy lentamente rozando mi piel con sus dedos. Al ir bajando, fue abriendo la camisa, que yo sentía deslizarse por mis dedos, hasta que llegó a los dos botones que estaban abrochados. Con esa ligera caricia, mi piel se había erizado y a través de la tela se notaba que mis pezones también contestaban a su caricia. Mi cuerpo volvía a traicionarme rindiéndose ante él.

Inclinó su cabeza y pasó la lengua de forma rápida dos, tres veces, por encima de la tela sobre mi pezón izquierdo y le dio un pequeño mordisco, sin hacerme daño, para ponerlo aún más duro. Cerré los ojos y se me escapó un gemido de placer. Cuando abrí mis ojos, ya se había incorporado y se había separado ligeramente de mí. Tenía las manos en los bolsillos y me miraba muy serio.

- Quiero que te desnudes para mí –volvió a ordenarme. Sin esperar mi respuesta, se dirigió de nuevo al sofá y se puso cómodo, esperando a que le obedeciera. Y esta vez, quería hacerlo. No me importaba el tono perentorio que utilizaba, quería satisfacerle y darle placer, hacerle perder la cabeza por mí, hacerle perder el control.

Deslicé la cremallera de mi faldita y la empujé con mis manos ligeramente, dejándola ‘atascada’ en mis caderas. En esa posición, Marcos podía intuir la piel completamente depilada de mi coñito. Quería que me mirase, que me deseara, que viera que yo también podía provocarle a él, quería hacerle sufrir un poquito, no darle lo que quería de forma inmediata. A continuación, desabroché lentamente uno de los dos botones que tenía abrochados. De esa forma, la camisa se me abrió un poco más, descubriendo parte de mis pechos, pero mis pezones seguían ocultos tras la camisa.

Me llevé el dedo índice a la boca y me chupé la parte carnosa y pasé mi mano por debajo de la camisa, acariciando uno de mis pezones y luego el otro. Sentir mis caricias y ver cómo Marcos me miraba me hizo sentirme muy excitada, así que pasé mi otra mano por debajo de la falda para acariciar mi clítoris. Al hacerlo, la faldita resbaló por mis piernas hasta el suelo y miré a Marcos, que recorría mi cuerpo con la mirada, imagino que planeando lo que pensaba hacerme. Acaricié suavemente mi clítoris sin dejar de pellizcar uno de mis pezones. Me sentía sexy, poderosa, capaz de hacer que ese hombre se derritiera por mí.

Se levantó de nuevo y se colocó junto a mí, cogiéndome las manos, impidiendo que pudiera seguir tocándome a mí misma. Seguía serio, pero sus ojos eran puro fuego. Sujetó mis manos con una de las suyas mientras con la otra desabrochó el único botón que me quedaba, haciendo que la camisa se abriera por completo. Me soltó las manos para deslizar la camisa por mis brazos y dejarme completamente desnuda frente a él. Se separó un par de pasos para mirarme.

- La de cosas que voy a hacer contigo… -murmuró. No sé si pretendía que le escuchara o no, porque parecía que hablaba consigo mismo, pero me ruboricé al escucharle-. No te muevas.

No tardó ni un minuto. Cuando volvió, cogió mis manos de nuevo y pasó un pañuelo negro de seda por mis muñecas. Con manos expertas, hizo dos nudos para que no se deshicieran y mis manos quedaron atadas. Levanté la cabeza y le lancé una mirada cuestionando lo que acababa de hacer.

- Arrodíllate –me ordenó. Le hice caso, esta vez sin cuestionar su petición (o su orden), sin dudar. Simplemente, me arrodillé delante de él y me quedé esperando a que me dijera que quería que hiciese.

- Así me gusta –me dijo, acariciando mi pelo, apartándolo de mi cara. Se descalzó y se quitó los calcetines. Lo hacía lentamente, disfrutando viéndome allí de rodillas, esperándole. Desabrochó la cremallera de su pantalón y con movimientos rápidos y precisos se lo quitó y se quedó completamente desnudo por fin-. Chúpamela.

Me tenía completamente a su disposición, de rodillas frente a él, los dos desnudos y muy cachondos, y me había dicho la frase más ridícula de la historia. Una simple palabra: chúpamela. Siempre que un tío me la había dicho, me había parecido ridículo o prepotente, no me parecía nada sexy pedirlo de esa forma. Pero eso era con otros tíos, no se aplicaba a Marcos. Cuando él me lo dijo, se me hizo la boca agua y el coñito se me humedeció. Así, tan fácil y simple. Y no le hice esperar.

Me acerqué, andando de rodillas, lentamente, hasta él, que no se movió ni un centímetro. Estaba siendo arrogante y lo sabía, y también sabía que eso me ponía aún más cachonda. Puse los ojos en blanco y le sonreí. Él jugaba conmigo y yo también quería jugar con él. Mirando a su polla, pero asegurándome de que él seguía mirándome, abrí mucho los ojos, como sorprendida por su tamaño, abrí ligeramente la boca y me di un mordisquito en el labio inferior. Soy consciente de que cuando hago esos gestos, se me pone cara de viciosa. Por eso lo hice. Quería provocarle, hacerle perder el control. Y su cara reflejaba que lo estaba consiguiendo, había perdido la seriedad y una sonrisa iluminaba su rostro. Cogió su polla con las dos manos y la acercó a mis labios. Yo saqué rápidamente la lengua para pasarla por su glande, pero sólo pude dar dos pasadas, ya que él la alejó de mi boca. La acercó de nuevo y repetí el proceso, intentando atraparla entre mis labios, pero fallando porque su dueño la alejaba continuamente de mí. Volvió a acercármela, pero esta vez la puso sobre mis labios, dándome lo que deseaba. Conseguí meterme la puntita de su polla entera en la boca pero él me la sacó, haciendo un sonido como el que hace un tapón al descorchar una botella. Cada uno de sus gestos me ponía cachonda, cosas que nunca habría permitido a nadie hacerme o decirme.

- Abre la boca –me ordenó. Y le obedecí de inmediato y sin pensar.

Pensaba que seguiríamos con los juegos ligeros de chupeteos, pero sin darme ni un segundo me metió la polla hasta la garganta haciendo que casi me atragantara. La sacó ligeramente para dejarme respirar y la dejó quieta para que yo pudiera chupársela a gusto. Sin manos, tenía que mover mucho la cabeza y contorsionar el cuello para poder comerme esa polla que me volvía loca, pero creo que no lo hice del todo mal porque la tenía cada vez más dura y, a veces, cuando hacía algún movimiento que le gustaba especialmente, su polla saltaba dentro de mi boca como si tuviera vida propia. De vez en cuando, yo le miraba a los ojos y sentía cómo su excitación aumentaba. Imagino que tenerme en esa postura le ponía muy cachondo, porque no paraba de gemir quedamente. Al no poder sujetarle la polla con las manos ni sacarla de mi boca, la saliva se acumulaba y empapaba su polla. Marcos se agarró la polla con una mano, me acarició el pelo con la otra y sacó su polla de mi boca, pasándola por mis labios. Yo sacaba la lengua deseando seguir chupándosela, pero no me dejaba. Me daba golpecitos en las mejillas y en la boca con su polla, dejándome toda la cara húmeda de mi propia saliva.  Agarrándome por la nuca, llevó su polla hasta mis labios, pero no me la metió. Le miré a la cara, empezando a pedirle que me la metiera cuando dijo:

- Ahora te voy a follar la boca.

Y sin esperar ni un segundo, es lo que hizo. Me metió la polla hasta la campanilla y me dieron un par de arcadas, pero él continuó follándome la boca sin piedad y mi garganta se acostumbró. Nunca había entendido cómo había chicas que dejaban que les hicieran esto. Me parecía denigrante y poco excitante. Pero ahora lo comprendía perfectamente. Mi cuerpo se había acostumbrado a su polla y por eso podía metérmela con tanta facilidad hasta la garganta. Me la metía con mucha rapidez y su mano sujetaba mi cabeza para que no pudiera retirarme.

- ¡Qué puta eres! Eres mi putita, ¿verdad? –me dijo. Y yo sólo quería ser su putita, nada más. Darle placer. Que me follara la boca, que me hiciera lo que quisiera. Que me ordenara cosas. No es que aceptara serlo, es que quería ser su putita personal.

No sabía el tiempo que había pasado, pero empezaba a notar una sensación incómoda en la mandíbula. Antes de que pudiera protestar, Marcos sacó su polla de mi boca, la colocó frente a mi cara, le dio un par de meneos rápidos y firmes con su mano y un chorro de lefa me cruzó la cara. Cerré instintivamente los ojos y sentí otros tres chorros caer en mis mejillas y en mis labios.

Abrí los ojos y Marcos me miraba con una especie de fascinación y agotamiento. Yo también me sentía agotada, su lefa goteaba por mi cara hasta mis pechos, tenía la boca entreabierta, respiraba pesadamente y mis rodillas empezaban a acusar el estar tanto tiempo en esa postura, pero le sonreí.

- Nunca me habían follado la boca –fue lo único que se me ocurrió decir-. Yo se la chupaba, pero nunca me la habían follado –mis palabras no tenían mucho sentido, pero creo que él me entendió. En ese momento, no podía articular mis pensamientos en frases inteligentes, sólo podía pensar en su polla dentro de mi boca.

- ¿Te ha gustado? –me dijo mientras me ayudaba a levantarme y me conducía hasta el baño. Avanzamos a oscuras, la única luz que había en la casa era la lámpara que él había encendido antes, y según nos íbamos alejando, la oscuridad era más profunda.

Asentí con la cabeza sin darme cuenta de que no podía verme, pero él intuyó mi movimiento, porque acercando su boca a mi oreja, haciendo que me estremeciera de placer, me susurró:

- A mí me ha gustado más, pero me gusta que hayas disfrutado –dijo, y encendió la luz del baño.

Después de la oscuridad del pasillo, la claridad del baño me hizo entornar los ojos, pero los abrí de par en par cuando me vi reflejada en el espejo. Parecía una imagen sacada de una película porno. Un pañuelo negro de seda unía mis muñecas, lo que hacía que mis pechos estuvieran más juntos y algo más elevados de lo normal, con lo que parecían más grandes. Mi coñito depilado resplandecía. Tenía la cara completamente manchada de semen y con horror me di cuenta de que también se me había manchado el pelo.

- Estás preciosa –me susurró, situándose detrás de mí. Pasó sus manos por debajo de mis pechos y los sopesó delicadamente. Bajó sus manos hasta el pañuelo que retenía mis manos y me desató, dejando caer el pañuelo al suelo y cogiendo mis manos, llevándolas a mis costados.

Sin decir nada más, soltó una de mis manos, abrió la mampara y jugueteó con los mandos de la ducha hasta que el agua estuvo a la temperatura que él quería. Entró en la ducha de espaldas y tiró de mi mano para que le siguiera. El agua estaba tibia y al sentirla golpeando mi piel cerré los ojos y dejé que me limpiara la cara y los pechos. Sentí sus dedos acariciar con delicadeza mis mejillas, mi nariz, mi frente, mi barbilla, mis pechos, mi estómago. Abrí los ojos y miré su cuerpo. Mientras me acariciaba y me frotaba, haciendo que mis músculos expulsaran la tensión, me di cuenta de que ya no le consideraba un desconocido. No sabía cuando se había producido ese cambio, pero en ese momento no estaba yo como para analizar la situación.

Sus manos seguían acariciándome, ahora se dedicaban a mis brazos, a mis manos… acarició suavemente mis pechos, bajó por mi estómago, acarició mi espalda. Me empujó ligeramente para que apoyara la espalda contra los azulejos de la ducha. La diferencia de temperatura hizo que me estremeciera, pero él no dejó que me separase. Sus caricias ahora se centraban en mis piernas, subían por mis muslos. Con sus manos, me hizo abrir las piernas y yo cedí, gustosa. Sus dedos empezaron a explorar entre mis piernas, haciéndome estremecer con algunas de sus caricias. Uno de sus dedos jugaba en la entrada de mi coñito entrando unos milímetros y volviendo a salir, y volviendo a entrar, en una deliciosa tortura. Otro de sus dedos jugaba con mi clítoris, caricias suaves pero seguras. Cerré los ojos y apoyé también la cabeza contra los azulejos, dejándome hacer y disfrutando. Él me llevaba a la desesperación con la lentitud de sus caricias, yo quería más, suaves gemidos se escapaban de mis labios mientras sus manos no dejaban de acariciarme, de explorarme, de hacerme sentir placer. Cuando por fin me metió su dedo en mi coñito, aspiré aire con fuerza y todo mi cuerpo se puso en tensión. Sabía cómo hacerlo para tenerme en tensión. Acariciaba mi punto G mientras no dejaba de estimular mi clítoris. Y yo me estremecía, mis pechos subían y bajaban debido a que mi respiración era superficial y se veía interrumpida por los gemidos que me estaba arrancando. Cuando me tenía al borde del orgasmo, se arrodilló delante de mí, siguió metiendo y sacando sus dedos cada vez más deprisa dentro de mi coñito y empezó a pasar su lengua por mi clítoris. Empecé a correrme casi de inmediato, la sensación de su lengua sobre mi piel era increíblemente erótica.

Me quedé con los ojos aún cerrados apoyada contra la pared de la ducha. Respiraba profundamente, intentando regularizar mi respiración. Sentí que sus manos abandonaban mi cuerpo y que el agua dejaba de caer pero no era realmente consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Sólo podía concentrarme en respirar y en recuperar, lentamente, el control sobre mi cuerpo.

Sentí cómo Marcos me rodeaba el cuerpo con una toalla que, en ese momento, me pareció muy suave. Tenía la piel muy sensible y cada roce era sumamente placentero. Me envolvió en la toalla y me ayudó a salir de la ducha, porque todavía estaba recuperándome después del orgasmo que sus dedos y su boca me habían provocado. Abrí los ojos y me le encontré mirándome. Fui a hablar y me calló con un beso sensual, lento, profundo. Su forma de besar me hacía ser muy consciente de nuestra desnudez bajo las toallas. Me dirigió una de esas medias sonrisas suyas que ya empezaba a conocer y me llevó a su habitación. 

Tenía una cama enorme en medio de la habitación, llena de cojines. Retiró la colcha y las sábanas… ¡eran de seda negra! Se enrolló la toalla en torno a su cintura y me quitó la mía, secándome la piel con toques firmes y delicados al mismo tiempo. Mientras lo hacía, no podía retirar mi mirada de la suya. Me tenía completamente doblegada con esos ojos color miel. En ese momento, sentí miedo. Miedo de mí misma, porque no sabía si sería capaz de decirle que no a algo de lo que me pidiera. Estaba completamente expuesta y entregada a ese hombre que apenas conocía. Y él lo sabía. Estaba aterrorizada de lo que podría querer que hiciera a continuación. Aunque Marcos nunca hacía lo que yo esperaba que hiciera y no debería haberme sorprendido cuando me dirigió a su cama, tiró nuestras dos toallas sobre una silla y se metió conmigo entre esas sábanas negras de seda que acariciaban nuestros cuerpos. Nos pusimos de lado, los dos mirando en la misma dirección. Su brazo servía de soporte para mi cuello y su cuerpo se pegó al mío como si no quisiera que nada se interpusiera entre nosotros.

- Ahora duerme, Carlota, mañana seguiremos explorando –me susurró, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Explorando? Mis ojos se abrieron de golpe y me puse tensa-. Relájate. Me gusta darte órdenes y sé que te gusta obedecerlas, pero siempre podremos parar. Buscaremos una clave. ¿Vale? –mientras me hablaba, su mano acariciaba mi brazo, mi estómago, mis piernas, relajándome tanto con sus palabras como con sus caricias-. Ahora duerme, deja que te cuide…

Pensaba que me costaría quedarme dormida entre los brazos de un desconocido, porque nunca he dormido bien fuera de mi cama, pero no fue así. Me sentía cómoda, segura entre sus fuertes brazos. Mi respiración se ralentizó y sentí que la suya también. Mis ojos me pesaban y el sueño se apoderó de mí. Dormí profundamente, sin sobresaltos, sin despertarme ni una sola vez. Y cuando lo hice, cuando abrí los ojos me encontré que seguíamos en la misma postura. Sentí una sensación de intimidad, de complicidad que no había sentido nunca con ningún hombre. Y también pude sentir que, aunque Marcos siguiera dormido, su polla ya se había despertado y presionaba contra mi muslo.

Ésa era mi oportunidad de tomar el control. ¿Qué debía hacer? Me debatía entre despertarle chupándole la polla o meterme su polla y cabalgarle para darle los buenos días. ¡Difícil decisión! Decidí empezar chupándosela y luego ya veríamos que pasaba después…

(CONTINUARÁ)